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Cristina “8 y ½”

Excesos de la centralidad. Suspenso vano, sin sorpresas. "Todo está como era entonces".

Carolina Mantegari - 7 de diciembre 2011

El Asís cultural

Cristina 8 y 1/2escribe Carolina Mantegari
Editora del Asís-Cultural,
especial para JorgeAsísDigital

Cristina «8 y ½» tiene forzados puntos de contacto con «8 y ½», la magistral película de Federico Fellini. De 1963.
Mantienen, en común, el fenómeno de la excesiva centralidad.
Nuestra César (cliquear), Cristina, gobierna, en la Argentina, desde el 2003. Lleva ya ocho años y medio.
Los primeros cuatro, fueron ejecutados a través del consorte. Néstor, El Furia, Él. Antes de la argentinada más explícita. La reelección conyugal.

Guido, el protagonista del «8 y ½» de Fellini, fue compuesto, memorablemente, por Marcello Mastroianni.
Trátase -Guido- de un genio del cine (hoy diríamos del marketing). Creador que amaga, durante años, con la filmación de la máxima obra. La película que sus seguidores, hoy los fans, esperan. Indaga Guido entre las mujeres del pasado, incorpora sus fantasías con gordas desopilantes en la playa. Construye, a su alrededor, una expectativa gigantesca. Explora los atributos de la centralidad. Cientos de periodistas, de antes de la revolución mediática, lo persiguen. Hasta que llega a ocultarse, durante una conferencia de prensa, debajo de la mesa.
En el fondo, pobre genio, Guido es víctima del cuento de la centralidad. Guido no tenía nada más para decir.

El año desperdiciado

Cristina 8 y 1/2El 2011, para Argentina, fue otro año perdido. Desperdiciado.
La sociedad entera, sin otra alternativa, debió habituarse al imperio de la oralidad. Con discursos para las cámaras de la Televisión Pública. Y para los funcionarios conmovidos que aplaudían, en la escenografía, de pié. Con los continuos asentimientos de cabezas que evocaban a los perritos que adornan la luneta trasera de los taxistas. Con ministros, secretarios, legisladores, meros adulones que producían, entre sus dedos, chispas. Por la intensidad de los aplausos. Y porque desconocían si iban mayoritariamente a quedarse. Como quedaron. O a partir. No importaba, después de todo, porque el gobierno inmóvil se sostenía por las tensiones del relato. La Argentina era gobernada por la magia del relato encantador, al que adhería una gran parte de la sociedad. Y la otra, resignada, se atragantaba y maldecía.
Mientras se aguardaban las «Elecciones amistosas» (cliquear) del 14 de agosto, que curiosamente iban a ser las definitivas. Ante el desmembramiento impotente de una oposición complementaria, que legitimaba el paseo populista de la hegemonía. Y la magnitud de la estafa que paulatinamente se preparaba, mientras se lo endiosaba a Él. Y se cerraba, con dos vueltas diarias de llave, la sepultura del «modelo». Que profundizaba, aceleradamente, la marcha hacia el colapso.

Cristina 8 y 1/2Después de agosto, la inmovilidad debió dilatarse hasta octubre. Pero mientras se elaboraba la ceremonia de la consagración, se disparaban, de a miles, cotidianamente, los dólares. Y de ningún modo la virulencia del 54 por ciento podía hacerlos regresar. Aunque fueran dólares de fuego amigo. A los que Moreno se lanzaba a apuntar. «Todo bien, Gordo, con vos, pero tu jefe va preso», le dijo Moreno, al vice electo Boudou, mortificado más por la gordura que por la prisión amenazante del «jefe».
Pero ya se habían extraviado en el desastre de «noviembre, el mes más cruel». Cuando Cristina iba solita, en medio de una ruta vacía, y volcó.

De todos modos, Nuestra César continuó con los sermones inapelablemente diarios. Con las invocaciones, los desplazamientos, como el salto de Moyano hacia Rocca. Y los retos. Con las agresiones desdichadas para los sindicalistas que la cobijaron. Y hasta, insólitamente, para el querubín que supo escoger como compañero de fórmula.
Pero aún podía recomponerse. Sobraba tela. Podía aprovechar la excesiva centralidad para brindarle, a su próximo gobierno, un poco de vigor. Vibraciones artificialmente renovadoras.

Rincón de los poetas

Cristina 8 y 1/2«¿Quién iba a decir que el destino era esto?», escribió Mario Benedetti. Poeta uruguayo, coloquial.
Tanta incertidumbre. Pasión para decodificarla. Interpretarla.
Tanto suspenso vano, entre el estancamiento imperdonable.

Al final, el desperdiciado 2011 sirvió para desplazarlo, apenas, en la renovación, al embajador Lohlé, que se había olvidado en el Brasil. Lohlé tuvo la osadía de discutir con Débora Giorgi, la que cepilló también al embajador Mayoral, de China. Le dijo Lohlé que Giorgi debía diseñar una política industrial. Porque Argentina no la tenía. Y hasta se atrevió, en la ceguera, a discrepar con Cristina, justamente cuando los camiones se amontonaban, según nuestras fuentes, en la frontera.

También el año desperdiciado sirvió para incentivar la renuncia del embajador en Estados Unidos. Chiaradía, el Sherpa de Cannes, al que, sin la menor elegancia, dejaron fuera de la cumbre, los quince minutos con Obama.
Cristina 8 y 1/2Pero el año vano sirvió para desplazar, sobre todo, a Aníbal Fernández. Corresponsable de las cuestiones de Seguridad, durante siete años. Junto a El Furia (y vayan, por las dudas, otras dos vueltas de llave al Mausoleo).

«Todo está como era entonces», escribió Nicanor Parra. Antipoeta chileno, también coloquial.
Es el encanto paralizado de lo igual. El beneplácito que brinda la administración congelada. Como las imágenes de los peores teleteatros colombianos de la tarde.
Sigue entonces, vaya a saberse hasta cuando, la hegemonía antológica de la oralidad. El esplendor kisch de la cursilería. Como si estuviera altivamente intacta, aún, la olla inacabable de dólares. A pesar de «Moreno y el apriete eficaz» (cliquear).

Jóvenes

Cristina 8 y 1/2Los que pensaban que Cristina, Nuestra César, tardaba en decidirse porque nos iba a sorprender, hoy se sorprenden.
Por la renovación de la permanencia. La dulce monotonía.
Aunque se explota, por lo presentable, el marketing de la juventud. Ya no sólo por el abordaje, el desembarco en Normandía, de la Agencia de Colocaciones La Cámpora. También es por la frescura de El Abalito, próximo Premier, que privilegiaba sinceramente El Furia. Y de Lorenzino, el crédito del querubín, que muestra que tanto Brito como Boudou, pese a las denostaciones de Moreno, siguen vivos. Resisten. Y, por si no bastara, ganan.

Pero como escribió Oberdán Rocamora, otro poeta urbano, «Cristina utiliza frescos jóvenes para demostrar que la vejez persiste».

Entonces Cristina, Nuestra César, defrauda. Como aquel Guido, el creador, en blanco y negro, de Fellini.
Pero Cristina, al contrario de Guido, nunca se va a ocultar debajo de ninguna mesa. Siempre tendrá mucho para decir.
«Seguiré contando hasta el fin», tituló Lubrano Zas. Cuentista argentino, olvidado.

Aunque el tercer gobierno que, después de ocho años y medio, Cristina inicia, huela a viejo. Se encuentre sin ideas. Opacado. Marcha como el general Quiroga del poema de Borges.
Ni siquiera su gobierno se merece, en definitiva, los 60 días de gracia.
Pero JorgeAsísDigital cumple. Y dignifica.

Carolina Mantegari
permitida la reproducción sin citación de texto.

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