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El cajón de Herminio (I)

Lo quema Horacio González, por Mario Vargas Llosa.

Jorge Asis - 16 de marzo 2011

El Asís cultural

El cajón de Herminio«Nunca Vargas Llosa vendió tantos libros en la Argentina como ahora», confirma la Garganta.
Si hasta «El sueño del Celta», que padecía un insomnio lento, de pronto comenzó a moverse. A despacharse como el pan. Como la totalidad de su producción. Para algarabía de Alfaguara. Santillana.

A esta altura del desgaste, se duda si Horacio González, intelectual notable y Director de la Biblioteca Nacional, podrá conservar su puesto. Hasta el 21 de abril. Cuando el monumental escritor Mario Vargas Llosa pronuncie la clase magistral que el bibliotecario, en su abnegada torpeza, intentó evitar.
Horacio González quemó su propio cajón de Herminio.
Es injusto que se recuerde al dirigente peronista Herminio Iglesias sólo por el error de haber quemado un cajón falso.
Como va a ser injusto que se lo recuerde, acaso, a González, por haber expresado su «profundo desagrado y malestar, ante la designación de Vargas Llosa para inaugurar la Feria del Libro».

Al examinarse el plantel de probables sucesores, los «amantes de las bellas letras» desean, de corazón, que González se reponga del traspié. De las postrimerías del incendio. Que se fortalezca. Y permanezca.
Pero se hace difícil. Porque González insiste. Acelera en la pendiente. Se obstina en aproximarse a la posible trascendencia. No está conforme con los palos recibidos. Es insaciable y aún quiere más castigo.
El cajón de HerminioEntonces González publica «Largas a Vargas». En la Secretaría de Estado de Página 12. Aquí confusamente González replica, como si fuera un par, «Piqueteros Intelectuales». Es el texto homicida que Vargas Llosa publicó en El País de Madrid. En su repetidora local, La Nación, y en decenas de diarios del mundo.
Sin atisbos de piedad, Vargas Llosa masacró a los intelectuales kirchneristas que lo impugnaron.
El papelón se exporta, se traduce y multiplica.
Sin embargo González desafía a debatir al Premio Nobel. Desde su herida condición de aspirante a un Premio Konex.
Y aún falta, para el 21 de abril, una eternidad de 35 días.

Narvaja, el visionario

Aurelio Narvaja, director gerente de Editorial Colihué, también vivió sus momentos de gloria patriótica.
Es militante del colectivo Carta Abierta. Y proveedor de textos para el Estado, en adelante el Gorro Frigio.
Por visionario, Aureliano estuvo más activo, incluso, que Horacio González. En el valiente armado del piquete literario. A los efectos de obstruir la palabra inaugural de Vargas Llosa.

El 27 de febrero, Narvaja le escribió un texto de domingo a los presidentes de la Fundación del Libro, Eduardo Canevaro, y de la Cámara del Libro, De Santos.
El cajón de HerminioSegún el esclarecido Artemio, son dos fundaciones ideales para «dar el debate». Pero «mediante la AFIP». Y así traer, para inaugurar la Feria, al conveniente Ernesto Laclau. El ensayista del modelo.
Con «perplejidad», Narvaja escribió a los Fundacionistas, para advertirlos del «grave error» de invitar a Vargas Llosa, el «propagandista», «florido», de la «derecha liberal».
Con el gran espíritu democrático, que podría envidiarle hasta Artemio, sugirió Narvaja otros nombres en su reemplazo.
«Verbitsky, Rozitchner, Feinmann, Battista, Horacio González».
Pero antes de llegar a sus destinatarios, De Santos y Canevaro, la carta llegó a las redacciones de La Nación, Página 12, El Tiempo de Szpolsky y Clarín.
Imperaba -en Narvaja- el deseo explícito de armar quilombo. Desde los medios. Aunque hubiera convenido -para Artemio- una integral de la AFIP.

Infortunio

En cambio, el infortunio incendiario de Horacio González resulta menos explicable.
La quema del cajón de Herminio se agrava por portación de cargo. Por ser el Director de la Biblioteca Nacional.
Compuso su cartita, para los mismos destinatarios, como Horacio González. A secas. Alertó sobre el «mesianismo autoritario» del narrador peruano, escogido como disertante inaugural.
Pero la ingenuidad ya había explotado en los medios de comunicación. El cajón de Herminio ardía.
Para colmo González, por pedido de Cristina -que veía con mayor profundidad de campo- retiró la carta.
Pero era tarde. Del cajón quedaban cenizas.

El cajón de HerminioPara quemar su propio cajón de Herminio, González estuvo acompañado por cinco heroicos firmantes de una solicitada.
El incombustible Aureliano Buendía Narvaja. Gerardo Goloboff, José Pablo Feinmann, y Ricardo Forster. Tres rápidos de pituitaria adiestrada que muy pronto tomarían veloces distancias. Y Vicente Battista, tradicionalmente menos despierto, aunque nació en Barracas. Battista fue a incinerarse a la televisión.
Falta mencionar a Juano Villafañe. Es un poeta soviéticamente querible. El hijo de Javier, el titiritero superior.

Nunca Menos

En el 2010, antes de ser condecorado con el Premio Nobel, Vargas Llosa ya estaba por venir a la Feria.
Impulsaba su visita David Delgado de Robles, conocido, a sus espaldas, como El Tarta. Es el representante doméstico del Grupo Santillana, la casa editora que publica a Vargas Llosa, a través del sello Alfaguara.
Pese a las dificultades entusiastas con las sílabas de repetición, Vargas Llosa no pudo participar. Problemas de agenda.
Aquella Feria del Libro del 2010 fue inaugurada finalmente por dos notables talentos literarios que ningún figurón del kirchnerismo se atrevió a impugnar. Los innovadores prosistas Víctor Heredia y Teresa Parodi.
«Nunca menos».

Al estallar el escándalo por la quema del cajón, un funcionario atropellador, industrialista de la Secretaría de Cultura, sostuvo que, para apretar a Santillana, e impedir que Vargas Llosa viniera, bastaba con que se le atrasara el pago de alguna factura. Era mejor que el envío de cartas y de solicitadas. Talento sobra.
Ocurre que Santillana es proveedor superlativo de textos para el Gorro Frigio. Y justamente tenía una factura pendiente para cobrar, del Gorro Frigio. A través del Ministerio de Educación. Por más del millón y medio de dólares.
Es injusto. Porque Colihue, la editora del vanguardista Aureliano Narvaja, le vende, al Gorro Frigio, apenas, por 400 mil pesos.
Una miseria. Comparablemente nada. Chupetines de madera. Un atropello para tratar en la próxima cumbre de Carta Abierta.
«Nunca menos».

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