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La revolución imaginaria

Al recrear a Evita, La Elegida emula a Esther Goris.

Carolina Mantegari - 16 de septiembre 2010

El Asís cultural

La revolución imaginariaescribe Carolina Mantegari
Editora del AsísCultural,
especial para JorgeAsísDigital

El kirchnerismo, en la magnitud del vacío, se agranda. Siente que el 40 por ciento se acerca.

En el Luna Park, La Elegida produjo, con conmovedora artificialidad, la pieza oratoria más eficaz. Ya sin límites para la audacia, se permitió el diseño pausado de horizontes para la juventud.
Cristina pontifica. Comunica. Domina el escenario. Tergiversa.
La expresiva tergiversación consiste en presentar el producto deteriorado del kirchnerismo como un fenómeno socialmente revolucionario.
Con admirable capacidad interpretativa. Como si fuera la conductora de la revolución imaginaria. Con efectistas invocaciones que remiten hacia el peronismo tardío.

Al construir la impostura, Cristina sobrevuela. Pasa por arriba la prescindencia inactiva del peronismo. Fueron cinco años de sistemática ocultación. Para retomarlo, instrumentalmente, en el «pálido final». El epílogo que se proponen transformar en un ejercicio dilatado de continuidad. No sólo quieren quedarse. Deciden «profundizar».
En los momentos vibrantes de la ofensiva, Los Kirchner -como se escribió aquí-, prefirieron mantener escondidas hasta las simbologías del peronismo. Apartarlas, de manera culposamente vergonzante.
Omitieron la identidad que en principio devaluaron. A los efectos de recuperarla en la embestida. En el aliento de la recuperación que sucede al retroceso. Pero los sobrecarga de confianza.
Ocultaron, en especial, a Perón. Sin embargo, a la defensiva, cercados por la realidad, para el contraataque siempre recurren al viejo arsenal.
Entonces Cristina no vacila en asumirse como la «militante peronista de siempre».
Como si pareciera emular, en la concentrada emotividad, casi a punto de quebrarse, a la Evita mítica. Aunque le salga, en su ópera rock, una versión rescatable de Esther Goris. En aquella extraordinaria interpretación del film homónimo. Donde Goris demostró, a través de una producción módica, que podía equipararse a Madonna.
(A Goris, por otra parte, le salió mucho mejor, aquel rol de Evita, que el papelito secundario de militante festiva del Luna Park. Aquí Goris pudo compararse con la señora Florencia Peña).

Complejidad del kirchnerismo

Por prepotencia escenográfica de gestualidad, debiera asumirse, a esta altura, que La Elegida, el estandarte del kirchnerismo agrandado, va irremediablemente en camino de aspirar a la reelección. Por la convicción de su actitud corporal, que brinda la ilusión de la solvencia. De la seguridad. No exclusivamente por el incidente sanitario del marido (tema que el Portal prefiere, en adelante, dejar a un costado).
La Elegida resume la incierta complejidad del kirchnerismo. Deformación de la política que combina, brutalmente, las sutilezas de la ideología con el pragmatismo de los negocios.
Se asiste a la paradójica complejidad de un gobierno estructuralmente recaudatorio. Pero integrado por funcionarios mayoritariamente decentes. De una honestidad -en algunos casos- irreprochable. Debida, acaso, a la lejanía decisoria de las cajas muy centralizadas. Pero a los colaboracionistas se les puede otorgar el crédito de la transparencia.

En su vibrante rol de Goris, La Elegida presenta positivamente los datos que aluden a la ideología. Se encuentra cómoda entre las divagaciones de las teorías. Y vocacionalmente ausente, inhabilitada para cualquier reclamo, relativo al universo de los negocios. Es el territorio que mantiene la marca en el orillo de El Furia. Su esposo.

Para La Elegida están los arrebatos generacionales. La ingenuidad implícita en «las utopías» (irresponsable estupidez es movilizar para alcanzar lo imposible). El tráfico ambiguo de los dolores por la derrota. Las culpabilizaciones hacia el otro. Para ella en definitiva deben reservarse las aproximaciones a John William Cooke, mucho Jauretche básico, Hernández Arregui o Scalabrini.
Para El Furia, en cambio, debe reservarse a Lázaro, El Resucitado, a Jaime, El Señor de los Subsidios, a las valijas de Uberti.
Aquellos pragamatismos que confluyen en la amplia espiritualidad de De Vido. Es el funcionario habilitado para la sospecha.

Suele evocarse siempre la sentencia ilustrativa del aventurero anónimo que aún los merodea:
«A Cristina siempre le gustó gastarla, pero sin averiguar cómo se la junta».

Aciertos

La ideología, como «la militancia», actúan. aquí, como infortunados complementos. Atenúan la magnitud de los negocios escandalosos. En el fondo, los ampara, los cubre. Hasta declararlos, con astucia tergiversadora, olímpicamente inexistentes. Los ningunean.
En su exasperación retórica, Cristina se desliza en el maniqueísmo de señalar, a «los jóvenes», que, si se los crítica, es «por los aciertos y no por los errores».
Aciertos, acaso, relativos a la calidad de gestión que se expone con la valija de Antonini Wilson.
Acierto como la construcción ilusoria del Indec.
La Contra-Cumbre de Mar del Plata.
Acierto como el bochorno patriótico del corsódromo de Gualeguaychú, con los 14 gobernadores, a los efectos de activar la desastrada relación con Uruguay.
Acierto como la grosera banalización de los derechos humanos. Utilizados, en adelante, como dardos selectivos para destruir adversarios.
Aciertos derivados de la cultura basada en la filosofía del retorno eterno.
En fin, del conjunto de aciertos inspirados en las secuencias desagradables. Enturbian el «mito de la revolución posible».
«Desastres seriales del gobierno trivial». Son señalados en el Portal, desde hace un lustro (Ver «La marroquinería política»).
Tienen que ver con la osadía «de juntarla». Sin las fabulaciones de la revolución imaginaria. Romanticismo que La Elegida -otra vez en campaña- estampa.

Cuadros políticos

Cristina es la virtual candidata a la reelección. Abusa de la impunidad, hasta para señalar la supuesta impunidad de quienes la confrontan.
Tiene la certeza de carecer, en el plano de la ideología, de contendientes que se atrevan a disputarle ese plano.

En el desierto, instala fácilmente su concepción de «cuadro político». Que se dirige hacia otros «cuadros» en formación. A los «jóvenes», los protagonistas. Los beneficiarios de la revolución imaginaria. A los jóvenes que «les envidia el presente» (en otra magnífica distorsión histórica). Porque tienen todas las libertades (las que el kirchnerismo les brinda). Y para finalizar les diseña, a punto de quebrarse, con la mirada que emula a La Goris, el futuro. Un horizonte que se encuentra más allá de los títulos. De las fotos del Clarín del día siguiente. Es -Clarín- el designado adversario que tan bien utilizaron. Sobretodo en la redituable sociedad de los cinco años iniciales. Los que les permitieron, en el desierto, alcanzar la hegemonía. Cubrirse con las imposturas del manto ideológico. Y forrados para siempre. De millones de espiritualidades.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

Permitida la reproducción sin citación de fuente.

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