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La Pascua Peor

Por la peste de la pedofilia, es el Annus Horribilis para el Papa Benedicto XVI. Para la cristiandad.

Carolina Mantegari - 29 de marzo 2010

El Asís cultural

La Pascua Peorescribe Carolina Mantegari
Editora del AsisCultural,
especial para JorgeAsísDigital

Sea o no lector de Umberto Ecco, ningún feligrés se espanta, a esta altura, si algún sacerdote cultiva discretamente la orientación homosexual. O si es heterosexual, de la intensidad del Padre -Presidente- Lugo, un valor admirable para la cultura machista predominante.
Con detallada sofisticación, podría tratarse la problemática del sacerdote que aplica el apasionamiento secreto de la pederastia. Desde el plano técnico, podría hablarse de efebofilia. Adicción erótica hacia los efebos. La atracción sexual por los adolescentes signó -para sus justificadores- gran parte del pensamiento griego que consolida, desde hace veinticinco siglos, la cultura occidental.
Por la conciencia del efebo en la acción, la efebofilia debe diferenciarse de la pedofilia, que presenta otra patología. Es el desvío cultivado por los enfermos que suelen excitarse con niños, de entre 5 y 12 años. Epidemia que atormenta, en la actualidad, a la iglesia impugnada, que padece su «annus horribilis».

El silencio

Para la Reina Isabel de Inglaterra, el Annus horribilis fue 1992.
Para El Vaticano, indudablemente, es el 2010. La plenitud multiplicada de la ignominia le llega justo en la antesala de la Pascua de Resurrección. Es la peor que se recuerde. La Santa Iglesia padece ataques horrendos de divulgación. Moralmente devastadores. Avergüenzan a centenares de millones de católicos que preferirían, probablemente, adoptar el comportamiento del silencio. Como sus altísimos dignatarios.
Pero el silencio deriva en consentimiento. O, lo peor, en complicidad.
Dista de cubrir -el silencio- las conciencias, con un manto culposo de piedad.
Es el turno de la resignación. De la impotencia, que brota ante el desfile sistemático de violadores de intimidades indefensas. Como el sacerdote Lawrence Murphy. El canalla que supo humillar, mental y físicamente, a doscientos niños sordomudos de una escuela de Wisconsin. O el sacerdote cretino Peter Hullerman, que sepultó el prestigio de su corporación al obligar al niño Wilfried, de 11 años, a practicarle sexo oral. O el otro abyecto más cercano, el Padre Maciel, el «legionario de Cristo», que se cansó de violar a canilla libre. La lista, extensamente macabra, remite a la idea instalada. La institución de máxima eticidad, que mantiene la hegemonía poderosa de la fe, se encuentra, en su interior, espiritualmente podrida.
Va a costarle décadas, a la Iglesia, para remontar el prestigio que, a pesar de todo, aún conserva. Pero por el efecto del misterio necesariamente superior. Supera (el misterio) la presencia de los intermediarios entre el creyente y el Señor.

Mayoritariamente inocentes, abnegados y ejemplares, los curas universales hoy tienen que pagar, a través del escarnio mediático, el pecado del silencio. Por proteger solidariamente a los desviados. Como si a cualquiera pudiera pasarle lo mismo. La idea corporativa incita a adherir a la creencia que los trapos sucios remiten exclusivamente al dilema interno. Trapos sucios que nunca -en definitiva-, se lavan. Con el silencio sólo se ocultan. Se postergan. Se trasladan. Para repetir el desvío y las degradaciones.

Psichopathia sexualis

Abundan los optimistas que suponen que la patología de la pedofilia puede ser atenuada con la clausura cultural del celibato. El enfoque, aunque habitual, es ingenuo. Simplismo que fue superado en el siglo dieciocho por el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing, en su obra «Psichopathia sexualis», de 1886. Krafft-Ebing indagaba en la descripción científica de prácticas que utilizarían, ciento treinta años después, los curas depravados de la referencia. Merecen menos respeto que el violador que acecha, jugado por su sed, entre las sombras. Porque corren, al menos, el riesgo de ir presos. O que los turistas sexuales que, como el ministro de cultura Frederick Mitterrand, se lanzan hacia los burdeles de Tailandia como si fueran los protagonistas de Plataforma, la novela de Michel de Houllebeck, imantados por la repugnancia de la prostitución infantil.
Más grave aún, a estos sacerdotes canallas que violaron a niños -como a Wilfried-, habría que haberles efectivamente aplicado la receta bíblica equivocadamente lanzada aquí por monseñor Baseotto. «Atarles una rueda de molino y lanzarlos al mar».
Hijo de padres muy creyentes, al pequeño Wilfried ni siquiera le iban a creer si les denunciaba al cretino con sotana que lo obligaba a chupársela.

Objetivo Ratzinger

Tampoco puede negarse la existencia del objetivo artero contra la cristiandad. En especial, contra este Papa, Benedicto XVI. Objetivo a destruir desde que era el cardenal Ratzinger.
La emotividad de la semana más egregia del catolicismo coincide con la virulencia de las descripciones atroces que, infortunadamente, existieron. Recluirse en la cantinela de la conspiración, o en la «denuncia de la campaña», es conceptualmente peor que otro acto de inocencia. Es un error.
Ante la magnitud de los hechos, la prensa del mundo no tiene motivos para inclinarse por el perjuicio preferencial del silencio. Contiene la misión de notificar acerca de las abominaciones, así sea durante la semana pascual.
Ya se habla sin reparos si el Papa Benedicto XVI, aquel cardenal Ratzinger, debe renunciar. O no. El agotamiento del pontificado hoy coloca, al máximo pastor, entre las cuerdas deslegitimadoras de la deshonra.
El pasado le roza la investidura, hasta mancharla. Desde que fuera el cardenal arzobispo de Munich. O de cuando Ratzinger regenteó la Congregación para la Doctrina de la Fe, CDF. Dependencia burocrática que antes tenía un nombre bastante menos elegante. Tribunal de la Santa Inquisición.
La divulgación de los consentimientos certifican que Ratzinger -hasta como Inquisidor- fue un fracaso. El futuro Papa Benedicto de ningún modo podía desconocer la articulada tendencia hacia la depravación de algunos de sus pastores señalados. Los que producían sufrimientos y traumas en las diócesis, o esferas, de sus competencias. A niños que ni siquiera tenían el derecho humano de resistirse. A los que amenazaban con «el calvario del infierno» si no la mamaban, o no se dejaban tocar, o le contaban a sus padres.
Duele, como católica, leer esto que aquí se escribe. Preocupa que la abdicación de Benedicto XVI sea un tema tratable.
Desde hace seiscientos años, para ser exactos desde Gregorio II, ningún Papa debió convivir con una atmósfera de capitulación. Es de esperar, entre el recogimiento de la Semana Santa, que no deba convocarse próximamente al Colegio Cardenalicio. Para esperar, otra vez, el humo blanco.

La Resurrección

La Pascua llega, como nunca, con la inoportuna Resurrección.
En el momento devastador para la Iglesia Católica, que tiene fuerzas suficientes para resistir los atentados escandalosamente cotidianos de información. Los relatos escalofriantes que demuelen la sensibilidad de los pastores.
Sin embargo nunca el católico debiera abdicar de la ceremonia mística de la fe.
Pese a la perpleja indignidad, el feligrés tiene que ingresar, a las iglesias, con la firmeza racional del que sabe que perfectamente puede comunicarse con Dios. Para «festejar el triunfo de Cristo sobre el pecado». Sin que los intermediarios resulten indispensables.

Los curas, mayoritariamente ejemplares, se encuentran universalmente horrorizados por el oprobio. Pero resisten. Interpretan misas. Bendicen. Consuelan y distribuyen hostias colmados de bochorno. Pagan el precio de la sospecha por los detectados canallas que desoyeron el mensaje del apostolado.
Dios, estratégicamente, debiera perdonar a los violadores. Como a cualquier asesino. Pero ellos tienen que responder, en la tierra, ante la justicia de los hombres. Sin el facilismo de la transferencia hacia el convento perdido. O el desplazamiento hacia la casita en la montaña, donde cierto obispo prosigue la faena de hacerse masturbar. Para vaciar a la Iglesia de las mercaderías principales que trafica, desde hace dos mil años. La credibilidad. La compasión. La fe.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

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