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Mesas Chicas (I)

Influyentes, entornadores, Profesionales y Buscapinas.

Oberdan Rocamora - 17 de marzo 2010

Miniseries

Mesas Chicas (I)escribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

José Scioli, «Ay Pepito» (ver), el hermanito de Daniel, el Líder de la Línea Aire y Sol, acaba de incorporarse, según nuestras fuentes, a la Mesa de Conducción Política del Caudillo Popular Francisco de Narváez, El Roiter (ver).
El dato sirve, tan solo, de aislada introducción para la miniserie teórica que hoy inicia El Portal. Destinada a indagar en el maquiavelismo innovador de la política contemporánea.

La Mesa

La manera presentable de fortalecer, de proteger y cercar al candidato, que puede llegar al poder, consiste en armarle una «mesa».
Trátase de la Mesa de Conducción Política.
En la jerga marginal, se la llama la «mesa chica».

En los tiempos amarillos del menemismo, H.F., un pensador positivista, supo calificar, con atorrante brillantez, a la mesa chica, de «mini carpa».
Donde entraba Bauzá, aquel flaco legendario. O Kohan (para competir eternamente con El Flaco), Ramoncito siempre y, ocasionalmente, alguno más, de los que rotaban.

La Mesa Chica es el lugar desde donde el Líder que conduce, o que por lo menos encabeza, debe hacerles sentir, a sus integrantes, la ficción del elitismo.
De creer que disponen de llegada al ámbito nunca compartido de la decisión.
En realidad, si el Líder, el aspirante a monarca constitucional, o sea a Presidente, mantiene auténtica vocación de mando, los elitistas que componen las Mesas Chicas sólo tienen el privilegio de enterarse, antes que el resto, de las decisiones que él, como Conductor, previamente, toma.

Mesa Ratona

Kirchner, el heredero culposo de Menem (después de la escala en Duhalde), supo transformar la Mesa de la Conducción, la «mesa chica», desde el inicio, en una mesa ratona.
Donde cabe, exclusivamente, Kirchner.
Es Kirchner entonces quien decide, desde la mesa ratona, en general desastrosamente, para que se monten después, en las determinaciones desastrosas, los privilegiados que pudieron enterarse del desastre con anterioridad.
Es el caso de Zannini, El Ñoño, instrumentador prioritario de los desastres cotidianos.
De aquel Alberto Fernández, al que hoy Kirchner tanto extraña, por el espacio vacante de bajarle línea a los periodistas.
O de La Elegida, antes de ser la señora Presidente. Cuando la instrucción principal que Kirchner le impartía a Zannini consistía en mantenerla intelectualmente entretenida.
Para hacerle creer que siempre se la tenía en cuenta. Y para que rompiera menos. Vaya a saberse qué.

Los Profesionales

El Roiter, El Piloto de Tormentas (generadas), Mauricio, El Cleto, o los sorprendentes Barros Schelotto, cuando se tornan sospechosamente viables, a los efectos de contener adeptos, deben capitular. Para dejarse llevar, relativamente, por los tradicionales armadores de la Mesa.
Los Profesionales que arman, a su vez, el propio juego.
Los que trafican pacientemente influencias, con la chapa de la proximidad.
Abundan, en la materia, los profesionales experimentados en el arte de cercar. De imponer cerrojos y proponer todas las soluciones. Aisladores de los candidatos más cómodos. Los que tienen menos deseos de trabajar y suponen que basta, en definitiva, para mantenerse y llegar, con la televisión.
A ellos, Los Profesionales deben protegerlos de la multitud de Buscapinas, que explicablemente merodean. Ampliaremos.

Los integrantes de la Mesa Chica, mientras arman el juego para el Líder, construyen, como dijimos, el juego personal. Se ocupan, en la teoría, de influir, de diseñar la agenda, de cargarle contenidos a las imágenes vacías de quienes debieran conducirlos.
De acercarle ideas, en general escasas, bastante usadas, copiadas hasta el infinito.
Contactos sustanciales, organización de cumbres. Surtidores eventuales de fondos (que el candidato, si es que sirve, ya los tiene por su cuenta).
Es una atmósfera intensa de apasionamiento lúdico donde se pugna por un poder ilusorio que puede convertirse en realidad.
Donde los que sacan predominan sobre que los que ponen.

Buscapinas

Otra función tácita, de los entornadores, consiste en alejar, o por lo menos mantener controlada, a la formidablemente extravagante legión de «Buscapinas».
Surcan, con sus garrochas necesarias, el cielo de la política nacional.
Si el candidato no atrae a los Buscapinas, es señal que debe buscarse otro.

Los Buscapinas son seres más o menos respetables que alguna vez fueron algo.
O que quieren empezar a ser. O volver a ser.
Tal como su base verbal lo indica, los Buscapinas «buscan» un lugar de integración. Que los acoja.
Desde todos los distritos, «buscan» los timbres, los accesos. Si les alcanza, para llegar directamente al candidato «que se larga». Al que, alguna vez, abrazaron. Con quien compartieron reuniones, asados, coincidencias o tranzas.
O con quien estuvieron, en algún momento -y esto es casi imperdonable- a la par.
Si no les alcanza para llegar al candidato, los Buscapinas buscan llegar hasta algún reconocido miembro de la Mesa Chica.
A veces con la intención, secretamente estratégica, de desplazarlo.
El Buscapina llega movilizado por el afán de «cerrar». Pero para «estar adentro».
Del proyecto que lo mantenga activo. Para armar, a su vez, el juego personal. En su distrito. Donde debiera costarle, al profano, llegar a él.
Tiene que armar, entonces, también el Buscapina, su «Mesa Chica».

Abunda, por suerte, la «mano de obra desocupada».
Vocacionales dispuestos a la faena de salvarse. Con sed de participar.
Buscapinas entrañables que «buscan», explicablemente, «mojar la medialuna».
Muchas veces son los mismos que alternan. En las presentaciones de los antagonistas que se proyectan socialmente en punta. Pero -una lástima- están cercados.
Los Buscapinas lo pueden abrazar. Entregarle tarjetas.
Cuesta, sin embargo, «llegar». Para «cerrar».

Adentro y afuera

En la Argentina marginal casi no existe el «adentro».
Persiste la irreparable certeza de estar globalmente «afuera».
Es una multiplicidad de márgenes que procuran convertirse en el centro de la irradiación.
La cerrazón del kirchnerismo en retirada -la Van donde sólo entran doce personas-, hace que, hasta los Profesionales y Buscapinas que estén relativamente protegidos «adentro», se sientan «afuera».
Con deseos humanitarios intactos, de encontrar el lugar tibio que los contenga.
Para integrarlos. Para acceder al cuentito armado de la participación. Con el objetivo de manejar, de ser posible, los gloriosos recursos.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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