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Intelectuales entusiasmados

Carta Abierta. La cruzada contra la derecha imaginaria.

Carolina Mantegari - 14 de julio 2008

El Asís cultural

Intelectuales entusiasmadosescribe Carolina Mantegari
Editora Responsable del AsísCultural,
especial para JorgeAsísDigital

Que los intelectuales, en los setenta, se hayan entusiasmado con el socialismo nacional, con el «producto Perón», es generacionalmente admisible. Aunque aún lo extrañen a Cámpora.
Eran los días rutilantes del «compromiso intelectual». Del riesgo físico. A las palabras, había que anexarles el cuerpo. Coincidían con la euforia biológica.
Cuando Hernández Arregui, o la correspondencia de Cooke, derivaban, con cierta impaciencia, hacia los Diarios del Che. Para desembarcar, dolorosamente, en el ministro Ivanisevich.
Perdieron con la decepción básicamente inicial. Pero persisten, en la angustiosa selectividad de la memoria, las imágenes de los miles que perdieron de verdad.

Preámbulo

Más grandecitos, en los ochenta, que los intelectuales sensibles, con afán gloriosamente participativo, se hayan entusiasmado con la elaboración del producto Alfonsín, resulta, también, aceptable. Vaya y pase.
Consecuencias emocionales del fantástico retroceso. Alfonsín los conmovía. Con la recitación, con ademanes, del Preámbulo. Con alusiones desgarradoras al artículo 14.
Alfonsín implantaba la colonización cultural desde el radicalismo. Incitaba hacia la utopía de reivindicar la democracia, hasta entonces subvaluada. Instigaba a la renovación, hasta de los peronistas eternos.
Saberse, de pronto, un demócrata, después de «la larga noche del autoritarismo», era -casi- como sentirse, otra vez, un revolucionario.

Patota

Los intelectuales podían integrarse a «la patota cultural», que encabezaba Gorostiza.
Aunque no se nuclearan en el Club de Cultura Socialista, los intelectuales aún servían para algo.
Podían creer que combatían, desde el pensamiento, al fantasma inagotablemente indispensable de la derecha. Siempre al acecho, la derecha, que aún existía.
En el ensueño alfonsinista, representaban la derecha los militares juzgados. Por vencidos. Condenados.
La ilusión del combate persistente, por cuestiones estrictamente semánticas, brindaba, a los intelectuales entusiasmados, cierta noción de utilidad.
Como se situaban en contra de la «derecha golpista», los intelectuales aún tenían algo que ver con las nostalgias de la izquierda.
Sublimes textos de Aricó, de Portantiero, de Altamirano y de Ipola. De la señora Sarlo. Ambiciones retóricas que se opacaban, en el mejor de los casos, con el endiosamiento involuntario de Sábato. O con lucimientos potablemente digeribles. Como el de Aguinis. Colaboraban, en definitiva, con la construcción majestuosamente parental del Pacho O’Donnell. Emblema indiscutible de la época.

Hotel Castelar

Cuesta interpretar la veleidad, peor aún, en los atroces noventa.
Transcurría la caída del socialismo real. A los pies, cautivado ante el capitalismo. Que lo vencía.
En el esplendor de la utopía liberal, a los intelectuales se les pulverizaba la visión del «compromiso». Para colmo, los conservadores planteaban la existencia de su propia revolución.
Nefastas derivaciones combinadas, de las jactancias de Ronald Reagan.
Para colmo, por aquí Menem diseñaba, inesperadamente, un desprolijo supermercado nacional.
Por lo tanto los acosados intelectuales que fueron de izquierda, conservaban las inquietudes participativas. Por suerte pudieron entusiasmarse con la verborragia, excelentemente articulada, del nuevo producto peronista. El Chacho Álvarez.
Fascinaba Álvarez, sobre todo al alejarse del peronismo, a todos los intelectuales sin causas. Con su preparación culturalmente avasallante, propia del vendedor de enciclopedias a crédito.
Aunque tuvieran que votarlo, en principio, junto con el Chacho, a Bordón. Otro peronista. Pero pasablemente viable.

Se explica que los intelectuales, que buscaran referencias legitimadoras, también se entusiasmaran con un producto humanitario. La señora Fernández Meijide.
«Ella», Graciela, estimulaba las culpas latentes de la sociedad, que venía rescatablemente en banda.
Sofocados por las transgresiones insoportables del menemismo, los intelectuales debían seguirlo al Chacho y a Graciela. Aunque tuvieran, como contrapeso, que sufragar por De la Rúa.
La racionalidad política podía sostenerse con las reticencias hacia el abarcativo fenómeno del neoliberalismo. Justamente cuando el supermercado ya mostraba los primeros efectos residuales.
Reticencias históricas hacia la derecha neoliberal. Que ya no necesitaba, siquiera, ser golpista. Porque la derecha había tomado, de frente, el Poder. A través del menemismo que demonizaban.

Con el entusiasmo de la Alianza, perdieron. Ya sin el menor riesgo corporal. El avance entusiasta concluyó con una capitulación arrebatada, en el Hotel Castelar. Cuando Chacho, entre tanta impotencia, se les escapaba. Porque el Poder es sucio. Es inmoral. Quedaba grande.
Sin embargo sería injusto desmerecer los atributos del Chacho. Porque el equívoco del Chacho también les sirvió, a los intelectuales inoculados con el virus comprometido de la participación, para creer que se encontraban en condiciones de oponerse, aún, al salvajismo capitalista.
Y que algo de coherencia, con el pasado, conservaban. Por resistirse a la derecha.

Naufragio de la izquierda

Como no pudieron construir la Revolución, los intelectuales de izquierda debieron naufragar en la playa, espiritualmente reconfortante, del progresismo. Desde donde podían mantener la pretensión de modelar, en sus alucinaciones, al capitalismo. Debían presentarlo, en adelante, con el mote irrenunciable de neoliberal.
Sensibles solidaridades bastaban, en adelante, para marcar, ya sin ningún riesgo físico, las diferencias con la derecha. Pregonar, por ejemplo, los beneficios del aborto. Entonar de memoria «Sólo le pido a Dios». Plantear la oralidad redistributiva del ingreso. Contemplar, con simpatías paternales, el etnicismo del Evo. Comprar en Alto Palermo con gesto altivo de culposidad.

Desde el socialismo de Perón y de Cámpora hasta aquí, los productos culturales que consumieron, en la Argentina, los intelectuales políticamente entusiasmados, se caracterizaron por la disminución del control de calidad.
Cada vez los entusiasmos venían más pobres. Peores. Consecuencias del crecimiento, paulatinamente sistemático, de la extendida berretificación.
Con cada entusiasmo, las expectativas de la intelectualidad resultaban más piadosas. Justificaba la pasión firme por la regularidad del derrotero. Por la acumulación de desencantos.
El descenso triste, en materia de esperanzas, mantuvo una antagónica simetría con el ascenso del índice de colesterol.
Para colmo, los intelectuales, aunque se entusiasmen, también envejecen. No sólo se les desgastan las ideas. Tampoco responde el cuerpo.

Carta Abierta

Cuesta, de todos modos, resignarse a la idea de tamaño deterioro. Para atreverse a consumir, ahora, el penúltimo producto. Casi brutal. Kirchner. Precariedad ideológica que, a pesar de las perceptibles contradicciones, a ciertos intelectuales aún les sirve. Como les sirvió, en su momento, Alfonsín, y después el Chacho. Para suponer que, al fin y al cabo, aún combaten a la derecha. Al acecho, siempre. De nuevo, invariablemente golpista.
La nueva derecha fue útil para generar la pedantería conceptual del «clima destituyente».
Debe entonces aceptarse que los intelectuales progresistas, en la antesala de la desesperación o de la impotencia, consuman a Kirchner. A pesar de las desconfianzas tradicionales hacia el peronismo. Y que lo consuman sin la menor moderación.
El producto Kirchner, que vuelve a convocarlos, nostalgiosamente, para que se movilicen, desde Carta Abierta, en contra de otro potencial golpe de estado. Menos sanguinario que el del 76. Contra la derecha que, caprichosamente, se reagrupa. Ilusión que vuelve a reinstalar, por definitiva vez, el redituable malentendido que calma las conciencias. El de suponer que los intelectuales entusiasmados, a través de Kirchner, mantienen algo en común con aquella izquierda. Con el modelo de redistribución. Aunque lo único que vuelve a redistribuirse es la vigencia renovada del engaño. La proximidad de otra decepción. En el combate ciego contra la derecha imaginaria, que amenaza con un golpe ideal para confirmar identidades. Para consolidar justificaciones existenciales.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

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