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La muerte y el testamento

En el enigma de Mitre, la muerte y el testamento nunca se tocan. Como las paralelas compulsivas.

Jorge Asis - 12 de junio 2006

Miniseries

La muerte y el testamento

El enigma del crimen de Mitre naufraga entre dos instancias independientes. Como si nada tuvieran que ver entre sí.
La primera tiene que ver con la violenta obscenidad de la muerte. Con la investigación petrificada, destinada a la elaboración del silencio. Condenada al burocrático estancamiento.
La segunda tiene que ver con las holguras sutiles de la herencia. Con la misteriosa ausencia del testamento que pudo haber sido. Y que a lo mejor fue. O nunca fue.
Enlazar ambas instancias -la muerte y el testamento- representa la significación de un acto operativo. De perversidad necesaria, tendiente a apostar, otra vez, contra la resignación del olvido.

Demandas del Ener

La parálisis investigativa se impone después de la liberación del multiplicado señor Marcelo Gaspar Chiappetta, alias El Ener.
Desde que el exitoso estampador de telas salió en libertad, la causa persiste congelada. Como la peor imagen del teleteatro más vulgar.
Ahora, el Ener hasta abre jocundos blogs. Podría reproducir, en alguno de ellos, por ejemplo, la extensa carta manuscrita que supo remitirles a los Mitre. Y que se dejó en un sobre, frente a la fundación donde activa la hermana menor, María Elisa.
Fue escrita, en serie, entre el 28 de marzo y el 18 de abril. Es decir, mientras el muchacho vagaba, prófugo, por la ciudad. Mantiene loables objetivos de auto consolación  espiritual. Sugiere, con acierto, la posibilidad de un «crimen mafioso», pero de ningún modo pasional. Clama reiteradamente por su inocencia. Y en especial lo moviliza la demanda de obtener ayuda crematística.
Tirar la manga, que se dice, por su situación desesperada.
Sin embargo prefiere, en cambio, optar por la patología de promoverse y anunciar otras demandas. Juicios penales. Por ejemplo a Darío Gallo, del semanario Noticias.
Y al Suscripto. Al que, en otra de sus facetas, le escribió justo un día antes de ser capturado. A los efectos de pedir un favor personal.
Se aguardan las demandas. De las diversas personalidades que confluyen en el drama de su historia. Podrá ser la inmejorable oportunidad para aclarar, de una vez por todas, las fantásticas contradicciones de sus relatos. Con notables lagunas, con pozos que pasaron inadvertidos para la morosidad de la justicia.
Ofrece, el Ener, un extraordinario show de diferencias, desplazamientos de personalidad, similitudes e imposturas que desconcierta a los distraídos. Y que merecen aclararse.
Por ejemplo si existe alguna interrelación entre el tenebroso Jano Kinder, el asesino que el 13 de enero confiesa electrónicamente el crimen, con Gasparjano.
Es el otro remitente que utilizó Ener, junto con Jano007, para inundar de correos los casilleros de Noticias y Perfil.
Aquel Dios de dos caras, Jano, por la grandeza del misticismo, merece la certidumbre de alguna iluminación. La «cuestión Jano», según nuestras fuentes, no suele despertar el ingenio investigador de la justicia.
Sin embargo, algún dato preciso del correo de Jano Kinder, como ser el testimonio del vecino que comparte el ascensor con los criminales, resulta fundamental. Para liberar al Ener.
También merece una reparación moral su amigo Tomas G, el compañero del viaje efectuado en fechas probablemente alteradas.
El Ener acusa a Tomás, en ciertas comunicaciones, de tener «algo que ver con el crimen». De utilizar su propio password para componer mensajes, en su nombre.
Aunque después se arrepiente por haber ensuciado al amigo. Sobre todo en el tramo final de la inédita carta del mangazo a los Mitre.
Como muestra de buena voluntad, el Portal decide no publicar, por el momento, el informe final del Gabinete de Deconstrucción, dedicado al análisis del conjunto de sus comunicaciones.

El testamento

En cambio, pudo averiguarse que Luís Emilio Mitre hablaba, en los últimos meses del 2005, de la decisión irreparable de preparar su testamento.
Es decir, de aquello que no debe ser relacionado, en absoluto, con el crimen.
Por lo que trascendió, de fuentes fundamentadas, Luís Emilio solía emitir mensajes confidenciales. Aunque para que llegaran a los destinatarios involucrados.
Confesaba que, en el testamento que preparaba, iba constar que no dejaría, ni siquiera una moneda, para ninguno de los tres hermanos.
El mensaje era contundentemente diáfano. Ni la señora María Elena, la Kinucha, ni María Elisa, ni Bartolomé, podrían heredarlo.
Luís Emilio estimulaba la idea. Como si la disfrutara. Una confidencia que de pronto se independizaba del improbable territorio del secreto.
Consistía en que había decidido ceder, la mayor parte de su calculable fortuna, para los sobrinos.
En especial para uno de ellos. Y para cierto amigo, en realidad una suerte de primo segundo. Si se prescinde de la consignación de nombres, es por cuestiones imaginables. Es demasiada fortuna para que pueda interpretarse como una operación. Una artimaña para favorecer a alguien.
A propósito, cierto abogado respetable, exhibió su perplejidad. No entendía que interesara, a su juicio en demasía, el caso Mitre. Y que el Portal decidiera no dejarlo morir, como correspondía.
Como a Mitre.
¿No tendrá el Portal un objetivo más crematístico que periodístico? Pregunta que debe formularse, acaso, el letrado. Con la sospecha que el cronista actúa movilizado por el cuánto. Nunca por el qué.

Hermanos afuera

Lo cierto es que Luís Emilio, según nuestras fuentes, planificaba dejar, a los tres hermanos Mitre, afuera del reparto. Justamente ellos son los que se disponen, ahora, a heredarlo.
Luís Emilio planificaba destinar, entre treinta y cuarenta millones de dólares, al fortalecimiento económico de los sobrinos que adoraba. En especial a uno, con el que se identificaba. Y que no reside regularmente en el país.
Trátase de alguien que se considera el heredero principal del corazón, y de la fortuna, del tío.
Probablemente, si el aludido continúa afuera, es porque también teme. Por ejemplo que algunos pretendan asesinarlo.
Además, Luís Emilio pensaba dejar, algún resto, para determinadas organizaciones de beneficencia. Como UNICEF.

La magia de los abogados

La magia distributiva, de los eventuales deseos, chocó frontalmente con la realidad.
Téngase en cuenta que Luís Emilio muere, en apariencia, sin testar.
Al carecer de «herederos forzosos», técnicamente la bolsa de los bienes enfila, derechito, hacia el costado fraternal de los hermanos.
Con envidiable celeridad, los trámites sucesorios fueron iniciados, en aquel ardiente enero, por el doctor Fernando Martínez Seeber.
Con un poder otorgado por los tres hermanos, el 13 de enero, nueve días después de sepultar al desdichado. En un acta del idóneo Escribano Felipe Yofre.
Con el poder se lo habilita, al doctor Martínez Seeber, para ciertos atributos que superan, incluso, a los que suele ceder el parlamento al poder ejecutivo.
Sin embargo una hermana, la menor, María Elisa, muy pronto se desmarca del conjunto fraternal.
Y misteriosamente revoca el poder al doctor Martínez Seeber, el 26 de enero.
Para designar, en su reemplazo, a un amigo de la infancia de Luís Emilio.
Se trata del doctor Adrián Hope.

Amigos desde antes que lo sorprendiera, a Luís Emilio, el encanto de su orientación electiva. Se habría desatado, aquella culposa orientación, en los ochenta, cuando residía en Los Ángeles.
Según nuestras fuentes, precisamente Luís Emilio había hablado con el doctor Hope de la preparación del testamento. Habrían quedado en encontrarse, inclusive, después de las fiestas, a los efectos de configurar el Acto de Fe Pública.

Paralelas compulsivas

De manera que ni la señora fiscal Krasucki, ni el juez Pinto, seguramente por razones valederas, alcanzan a asomarse, siquiera, al desatino de unificar ambas instancias de diferente conmoción. Que nunca, razonablemente, pueden resultar complementarias.
Instancias que son como paralelas compulsivas.
La magnitud del crimen, que se desvanece entre la indiferencia de los medios, no debe siquiera rozarse con el pragmatismo del testamento.

Para el esclarecimiento indeseable de la historia, tampoco debe influir que Luís Emilio oportunamente se haya opuesto, hasta la resistencia, a prendar las acciones del diario La Nación.
«Ahora podrán renegociar la deuda», nos decía, en la posdata, la incontinencia literaria de aquel Jano Kinder.
El Jano Kinder que tampoco nada tiene que ver con el posterior Gasparjano. Ni con Jano.
Nada tiene que ver, en el fondo, con nada. Y si alguien se ocupa de la magia, como por ejemplo el cronista, es porque debe estar detrás del manoteo de alguna moneda. El periodismo, de acuerdo a la placidez de la versión, es un pretexto para enriquecerse.

Testamento Ológrafo

Crece una hipótesis de escasa elegancia. De todos modos, la pereza de la justicia no la toma en cuenta. Podrán enterarse por el Portal.
Que después de penetrarlo, y de matarlo, los dos asesinos por encargo buscaron, afanosamente, en el departamento, un testamento ológrafo.
Hasta detrás de determinados cuadros. No escogidos al azar.

Abogados consultados dudan que Luís Emilio Mitre, por sus características socioculturales, pudiera ocultar, en algún rincón, un testamento ológrafo.
Es decir, que su voluntad testamentaria estuviera reflejada, a mano, sobre un papel escondido.
«En general, un testamento semejante, se produce en momentos en que el sujeto se siente asediado por el rencor. O por la desesperación, o la cercanía de la muerte repentina. Por un arrebato depresivo derivado del alcoholismo».
En su testimonio policial, el psiquiatra que se aferra al silencio, el que descubre el expresionismo del escenario, el doctor Rafael Groisman, sostuvo que su paciente, Luís Emilio, padecía un «trastorno fronterizo de la personalidad». Y «alcoholismo». Excesos que trataba con Lorazepán y Gabapentín. Aunque, sobre el final, había optado por la Carbamacetina.
También el profesional brindó, entre tanto silencio, algún otro dato significativo.
Por ejemplo, que su paciente «era muy inestable en sus vínculos afectivos»… «y tenía ilusiones de mantener relaciones con jóvenes, pero en pocas ocasiones las materializaba por temor a ser víctima de un delito».

Escenarios

Persisten, en definitiva, un tropel de interrogantes:
¿Es verdad que desapareció, por ejemplo, un archivo de la computadora?.
Aquella fatídica noche del 30 de diciembre, la computadora había quedado prendida.
Fue activada a las 22.28. Antes que Luís Emilio volviera de comer solo. Ravioles de calabaza con champagne tibio, en el «Panini» de Libertador y Callao.
Cuando lo esperaban, para matarlo.
Aunque crece la solidez de otra versión, que el cronista investiga. Será tema de un despacho próximo.

La elaboración de escenarios, a esta altura del enigma, no debiera sorprender. Es la característica habitual. Como un obsequio de la casa.
Desde que aquel Jano Kinder, en representación de los dos asesinos, confesó, por correo electrónico, que fracasaron al elaborar la escenografía encargada del suicidio.
Si fracasaron fue por la resistencia de Luis Emilio Mitre. Y lo tuvieron que golpear, hasta matarlo. Con elementos que prolijamente sacaron, los asesinos, del edificio.

Sesenta horas después, durante la tarde del 2 de enero del 2006, en las cuatro horas de honda conmoción familiar que nadie se atreve a hurgar, se ocultaron no solamente adminículos incómodos.
También se buscaba, según nuestras fuentes, aquel Testamento.

El mar y el cielo

Sin embargo, la muerte y el testamento no deben enlazarse jamás.
Ni siquiera de manera artificial. Deben ir por carriles arbitrariamente separados. Como «el mar y el cielo» del clásico bolero que cantaba Agustín Lara. Y que canta aún María Marta Serra Lima, y sobre todo Armando Ribas. En la distancia, parece que, el mar y el cielo, se unen.
Pero no hay que olvidarse, como indicaba el sabio Agustín Lara, que «el cielo es siempre cielo».
Y que nunca, nunca, el mar lo va alcanzar.

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