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Sobre terroristas y genocidas

En su “Testamento”, Héctor Leis propone la romántica construcción de un memorial con los muertos de cada bando. No entendió nada.

Carolina Mantegari - 11 de junio 2013

El Asís cultural

Sobre terroristas y genocidasescribe Carolina Mantegari
Editora del AsísCultural,
especial para JorgeAsísDigital

“Si me dicen terrorista yo los llamo genocidas”.
Se lo dijo el ex guerrillero, bastante autocrítico (pero no arrepentido), a la hija bienintencionada del militar asesinado. Ella proyectaba encuentros de diálogo, Justicia y Concordia, en pos del trabado acercamiento.

Es la importancia del lenguaje, ante las situaciones trágicamente divisorias. Aluden al “terrorismo” y al “genocidio”. Catástrofes presentes en las discusiones que genera la lectura de “Un testamento de los 70”, de Héctor Ricardo Leis.
Un texto efectista, dotado para polémica intencionada.
La gravitación de la problemática supera aquí a su tratamiento literario.
Leis es un ensayista argentino radicado en Brasil. Donde llegó como exiliado, en 1976, y terminó como ciudadano.
Acaso su condición de brasileño le proporcione al autor la necesaria distancia para desmenuzar el pasado. Justamente es el aspecto más conflictivo que nutre, hasta la patología, a la Argentina que aún lo inspira.
Un instrumento -el pasado- que, cuando no enriquece, como en nuestro caso, acota. Ya que es un plástico perfectamente manipulable. Admite diversas versiones de la misma historia. Para ser francos, aquí depende de la versión de la historia que administra el poder.
Por supuesto, Leis es frontalmente crítico del maniqueísmo plácido que se impuso, al respecto, desde el advenimiento de Los Kirchner. Y que Leis, en su empeño por encontrarle algo de hondura, parece no haber entendido. La conveniencia de complacer a la izquierda, para medrar mejor. Aunque hoy se encuentren sumergidos en el fondo del problema. Y hurgar entre razonamientos para legitimar la avasallante corrupción, ya tratada en “Robarán, pero Videla murió en la cárcel” (cliquear).

Como era previsible, Soledad Guarnaccia, en Telam, y Horacio González, en Página 12, se encargaron, en simultáneo, de desestimar la catarsis racional, en cierto modo utopista, que Leis propone con inofensiva solemnidad.

El género literario de los 70

Sobre terroristas y genocidasAcierta Pablo Avelutto cuando define que la década del setenta derivó “en un verdadero género literario”. Sostenido, apenas, por la pasión autorreferencial de la generación nostálgica. Con protagonistas que oscilan los 70 años y les encanta el regodeo en la epopeya de la derrota.
La catarsis emotiva que legitima el Testamento parte de un balazo que alguna vez Leis disparó en un acto que homenajeaba a los fusilados en los basurales de José León Suárez. Escenario “Operación Masacre” de la obra fundacional de Rodolfo Walsh, un ícono en la materia.

El “testamento” de Leis llega respaldado por dos prólogos sobrios. De las señoras Graciela Fernández Meijide y Beatriz Sarlo. Ambos se justifican para brindarle al texto un volumen editorial que derive en objeto.
Para las Gargantas que se indignan, el texto “le hace el juego a la derecha”. Ya que Leis discute desde la concepción impuesta del “terrorismo de Estado”, hasta la “lesa humanidad” (que arrastra hoy no menos de 1.200 presos). Y ni siquiera Leis se anota en la contabilidad macabra que marca los instalados 30 mil muertos. Al contrario, para el autor son 10 mil (cifra para nada desdeñable). Y mil de ellos se los atribuye a la Triple A. Significa que vienen de antes de 1976. Otros mil al “terrorismo urbano”, y ocho mil a “los genocidas”, como se los señala en el comienzo de la crónica.
El utopismo de Leis emerge con la propuesta romántica del final. Alude a la confección de una lista conjunta de muertos, para un eventual memorial, en “mármol o tinta”. Que contenga a los muertos de cada lado, en orden alfabético. Cuando aún ni pueden sentarse a compartir un negroni los “terroristas” y los “genocidas”.
De todos modos, aunque no haya entendido la genialidad de Kirchner, la propuesta de Leis es atendible. Editó Katz, 105 páginas, prólogos incluidos.

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