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Cristina, Timerman y Morales Solá

Seminario III - INTERREGNO DE NOVIEMBRE: Casa Casta y Artículos Quinto. Luis Kreckler, Lohlé, Piñeyro Iñiguez, Argüello, Chiaradía, D’Alotto y Bettini.

Oberdan Rocamora - 9 de noviembre 2011

Artículos Internacionales

Cristina, Timerman y Morales Soláescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

El canciller Héctor Timerman se encuentra políticamente sostenido por las descalificaciones semanales de Joaquín Morales Solá.
Mientras La Nación continúe con la prédica equivocada de suplantación, Cristina le garantiza, con su cesarismo, a Timerman, la administración geopolítica de la patria.

A la hora del crepúsculo, después de facturar el traslado del embajador Luis Kreckler, hacia Brasil, Timerman puede, transitoriamente, relajarse.
En la ficción conjetural, el menor de la Dinastía Kreckler era el diplomático profesional, miembro activo de la Casa Casta, que se encontraba en superiores condiciones para reemplazarlo.
La salida del juego ficticio produjo, en la Casa Casta, una incierta decepción. Porque los profesionales de la secta se ilusionaban con la justa reivindicación de manejar el ministerio. Para liberarse del padecimiento folklórico. De obedecer las instrucciones de los Artículo Quinto. O sea, de los «embajadores políticos».
Algunos de los Art V aspiran, lícitamente, a jurar, muy pronto, por Dios y por la Patria. Y reemplazar a Timerman. Que se encuentra, cada domingo, más aferrado a su condición de ministro.
Pero quien decide quién se queda, o quién se va, es Cristina.
Es la plenitud del cesarismo cristinista.

Ciclos

En primer lugar, dispuesto para jurar en la primera de cambio, figura el embajador (Art V) Juan Pablo Lohlé. Especialista en política exterior. Materia ausente.
Cristina, Timerman y Morales SoláPese (o por) sus aspiraciones y merecimientos, a Lohlé lo dejaron olvidado. Durante demasiados años. En la fundamental plaza de Brasil.
«Se cumplió un ciclo», le atribuyen haber sentenciado a Cristina.
En realidad los embajadores olvidados sin innumerables. Los que cumplieron, en demasía, el «ciclo».
Es la característica patología de los países que se defecan, virtualmente, en las relaciones exteriores.
Se les falta, irreparablemente, el respeto, a los países que les plantaron embajadores. Para olvidarlos.
Cuatro años suele ser el lapso razonable. Universalmente aceptable. Cinco años es un exceso excepcional. Pero ocho años, aposentados en el mismo destino, es una locura diplomáticamente atípica. Ideal para los países que no tienen el menor reparo en transmitirle, a «la indiferencia del mundo» que carecen de política exterior. Que no les interesa -un pepino- tenerla. Da lo mismo.
De todos modos, a Lohlé nadie le brinda menores posibilidades de ser el reemplazante de Timerman. Sabe demasiado de estrategia geopolítica (es, precisamente, su punto vulnerable).

Papelón de Ezeiza

Cristina, Timerman y Morales SoláSi Timerman consigue que Morales Solá profundice el rigor de sus críticas, por aquella escandalosa cuestión del alicate en el aeropuerto, le crecen las expectativas de quedarse.
En su cesarismo explícito, Cristina no puede entregar la cabeza de Timerman a Morales Solá. O sea a La Nación.

El papelón de Timerman será colosalmente histórico. Para tratar en los manuales que se utilicen en el ISEN (Instituto del Servicio Exterior) del futuro.
Con la apertura, cinematográficamente compulsiva, de las valijas del avión (norte)americano. Pero el papelón se produjo por cumplir, estrictamente, con las instrucciones presidenciales.
Fue Cristina quien, en un rapto de rencor cesarista, desairada por los desplantes olímpicos de Obama, lo mandó a Timerman a hacerse cargo. A protagonizar, con su investidura, el procedimiento.
A pesar que los escasos colaboradores de confianza lo instigaban, al señor Canciller, para no cumplir con el disparate de la orden.
Trasciende, incluso, que una notable embajadora, inteligentemente opulenta y jubilada (y vuelta a convocar), le dijo:
«Señor Canciller, no vaya».
La dama opulenta supo ser, brevemente, Encargada de Negocios de la Cancillería. O sea Canciller.
A sus 71 años, la diplomática se encuentra más allá. Al extremo desaconsejable de dejarse arrastrar por la sensatez.
Sin embargo el Señor Canciller Timerman, según nuestras fuentes, le dijo:
«Pero si no voy, Susana, me echan».
Entonces Timerman fue, valientemente, hacia Ezeiza.
Cristina Ordena, Timerman Cumple.

Cesarismo burgués

Cristina, Timerman y Morales SoláEl secreto, o la desproporcionada confidencialidad, que Timerman comparte con Cristina -y que consolida su posición-, tiene que ver, según nuestras fuentes, con Irán.
Ningún otro ministro, ni siquiera el traficante de influencias Carlitos Zanini, tiene la menor idea de qué demonios es lo que Argentina negoció con Irán. Ni del motivo de aquel encuentro en Alepo, en Siria. Cuando el Señor Canciller se desprendió de la delegación, en Turquía. Antes que comenzaran las matanzas indiscriminadas de sirios. Ver «Jabones de Alepo» (cliquear).

Con Estados Unidos, y paradójicamente también con Irán, Cristina impulsa un cesarismo superior al que el propio Néstor hubiera deseado imponer.

El bonapartismo de Cristina («cesarismo burgués», diría Gramsci, «bonapartismo con faldas», diría Milcíades Peña) legitima la obstinación, y hasta la jactancia, de ser recibidos por Obama. Y a pedido, sobre todo, del suplicante Barack, necesitado de orientación. Como dejaron trascender los artesanos de la información, acotados por la cultura provincial.
Es una racionalidad que se combina, llamativamente, con la autorización para instalar el efecto contrario.
Para que los cristinistas, los colgados abnegadamente del Vestidito Negro, se descolgaran con los respectivos homenajes. Por el aniversario de la catastrófica Contra Cumbre de Mar del Plata, con Maradona y D’Elía y financiada por los setecientos mil dólares de Chávez. Casualmente fue otro de los actos más horrorosamente papeloneros. Para estudiarlos pronto en la agenda académica del ISEN.

Pero el cesarismo burgués de Cristina se percibe, además, en la condena oral hacia los iraníes. Desplegada en el discurso de las Naciones Unidas, sin leer y para tormento de los intérpretes. Delante de los viajeros frecuentes de la comunidad que complementan siempre la escenografía.
Racionalidad que se combina, también, con el simultáneo anuncio de las negociaciones que no se explican. Ni aclaran. Las confituras fueron coronadas por la presencia impertérrita del embajador (Art V) Argüello. Quien permaneció, en su banca, amparado por las instrucciones presidenciales. Durante las abrumadoras pestificaciones de Mahmud Ahmadinejad.

Cristina, Timerman y Morales SoláA propósito, la Presidente y el Canciller compartían, además, según nuestras fuentes, cierto temor. Al enfrentarse con Obama. Pero el julepe fue infundado. Porque Obama, como les preocupaba, ni siquiera los retó. También estaba interesado en mantener una reunión positiva, y hasta cortés, con Cristina.
Lo que nadie confirma, al cierre del despacho, es si Cristina y Obama trataron, al pasar, el tema Irán. La única cuestión que institucionalmente unificaba a los dos países. Desde hacía años. Desde cuando Argentina insultaba a Irán en los foros internacionales, con la esperanza de acercarse a los Estados Unidos. Ingratos.
Acaso sea uno de los máximos secretos que misteriosamente comparten la Presidente y el Canciller. Permite evaluar que decidieron, juntos, tomar el atajo contrario.
Avanzaron en las conversaciones riesgosas con Irán con el objetivo exclusivo de atraer, también, la atención de Obama.
Para hacerlo venir -como dicen en el barrio- al pié.
De ser cierta la versión que se expande, puede confirmarse que, para perplejidad de Morales Solá, a Cristina y Timerman les fue bien. A pesar del suspenso del alicate.

De Argüello a Bettini

Jorge Argüello es otro de los postulantes que quisiera pronto jurar -por Dios y por la Patria- como sucesor de Timerman. Las posibilidades de serlo, según la evaluación, son ostensiblemente remotas. Tan lejanas, acaso, como las ensoñaciones ambiciosas del embajador Piñeyro Iñiguez.
Es -Piñeyro Iniguez- un intelectual lúcido. Pero es, también, un «porotero».
En la Casa Casta, se denominan «poroteros» a los diplomáticos anexados. Los que proceden de Comercio Exterior. Trasplantados, artificialmente, por el inolvidable Canciller Domingo Cavallo.
Significa que Piñeyro Iñíguez no es un pura sangre de la Casa Casta. Pero trafica, en su favor, con la condición, relativamente prestigiosa, de proponerse como teórico del peronismo.
El «Porotero», que para tormento de los pura sangre hoy preside el Instituto del Servicio Exterior, suele ingeniársela para publicar sus libros monumentales. Relucen en las bibliotecas, aunque no sean leídos.

Lo cierto es que, en la Casa, ya no se aguanta socialmente a Timerman.
Entonces, con Luisito Kreckler ya para el traslado, comienzan a ilusionarse con la plausible coronación del embajador Chiaradía. Miembro puro de la Casta. Como lo es también el señor vice canciller, embajador Alberto D’Alotto, el cubre espaldas de Timerman que trata de emprolijarlo.
Curiosamente D’Alotto detesta que lo mencionen entre los posibles sucesores. Ni siquiera sueña con ponerse el traje oscuro y jurar. En el fondo ansía seguir los pasos de Kreckler. E irse.

Cristina, Timerman y Morales SoláSin embargo en la Casa Casta prospera la inquietud. Hasta la histeria. Cuando trasciende que otro Art V, el embajador Carlos Bettini, circula por Buenos Aires.
Lleva Bettini ya demasiados años agradablemente olvidado. En Madrid. En la residencia de la calle Fernando El Santo, de donde debe, invariablemente, volverse.
Ocurre que Bettini mantiene, con los socialistas españoles, reconocidos lazos espirituales. Excesivos, para seguir con el privilegio del olvido.
Sobre todo si el centro derechista Rajoy le gana al socialista Rubalcaba.
Esta vez, en auxilio de los socialistas, no va a explotar, según nuestras fuentes, ninguna bomba.
Es probable que Bettini, por su ascendencia intelectualmente afectiva sobre Cristina, sea, efectivamente, el próximo canciller.
Es Bettini entonces el verdadero competidor de Timerman.
Para quedarse, para que Cristina quiera tenerlo siempre cerca, Timerman necesita que Morales Solá, en adelante, sea, cada domingo, aún más implacable.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsisDigital.Com

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