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DSK. El ponedor compulsivo

Por un polvo delictivo, Dominique Strauss-Kahn rifa el prestigio, el presente y el futuro político.

Jorge Asis - 16 de mayo 2011

Artículos Internacionales

DSK. El ponedor compulsivoAnne Sinclair es quien mejor entiende al socialista Dominique Strauss Kahn, en adelante DSK (por la gloria de las abreviaturas).
Director General del Fondo Monetario Internacional, FMI. Obsesivo sexual que aparece esposado, acaso por una brillante acción de contrainteligencia, en las portadas de los diarios del mundo.
Madame Sinclair es su tercera esposa. Indudablemente Anne es la que está más preparada para aguantarlo. Más fuerte que la primera, Hélène, y mucho menos frívola que la segunda, Brigitte.
Es periodista. Anne supo ser, en Francia, el equivalente del Bernardo Neustadt de su momento más creativo. Mantenía su emisión televisiva de los domingos, «Sept sur sept», en el plateaux (aquí «el piso») del canal TF1.
Era realmente poderosa cuando fue seducida por Dominique, que aún no era DSK. Economista casi de la misma edad. Por entonces un funcionario en ascenso de Francois Mitterrand.
Una dama -Anne Sinclair- tan atractiva como inteligente y culta. De refinamiento y profundidad. Con la información que la habilitaba para entrevistar con solvencia a Michel Rocard, Giscard D’Estaing o Woddy Allen.
DSK. El ponedor compulsivoAnne es de las mujeres francesas de trascendente superación. Capacitadas para elegir, de resultar necesario, hasta la amante ideal para el marido. El mecanismo representa la manera eficiente de evitar que el marido, por incontenible vulnerabilidad, protagonice papelones espectaculares por alcobas indebidas. Así se trate, incluso, de un ponedor compulsivo, como Dominique. Especialista en papelones que logró superar sus propias marcas.

La operación

La operación de contrainteligencia transcurrió en el Hotel Sofitel de Nueva York. En una suite de tres mil dólares diarios que se facturan a la cuenta del organismo multilateral. Esta vez, la víctima de los tormentos de su sed estuvo programada. No fue ninguna funcionaria de menor rango. Ninguna militante dispuesta a hacer carrera en el socialismo. Ninguna empleada administrativa de la plantilla del Fondo. A DSK, el ponedor compulsivo, le pusieron una mucama. El pichón entró de calentón en la celada, y mantuvo un comportamiento imperdonablemente invasivo con la mucama que lo había excitado. Una dama laboriosa de 32 años que entraba (¿casualmente?) a la suite del Sofitel, para limpiar y poner en orden los cuartos. De ningún modo la mucama se encontraba oficialmente ahí para ofrecer el servicio de chupársela. Aunque DSK fuera un funcionario vip, influyente de la comunidad internacional.

Pasiones higiénicas

Los detalles, para la gestación de una novela, suelen ser imprescindibles. Pueden prescindirse en el marco de una crónica. Los detalles grotescos de la persecución del pichón Dominique a la mucama, desnudo y con el miembro erecto, se cuentan hoy en la prensa del universo.
Debe entenderse que, aunque Dominique sea un buen judío, moderadamente honorable, pertenezca al privilegio de la izquierda, y se inspire en el lujo ideológicamente contradictorio, DSK es el ponedor compulsivo. Carece de frenos inhibitorios cuando lo asaltan los deseos intolerables de ponerla. Dato que seguramente manejaban los que tenían intenciones de desplazarlo del organismo.
DSK. El ponedor compulsivoDSK, el transgresor, necesita cotidianamente acceder al recurso de ponerla. Como demasiados protagonistas acostumbrados al manejo cotidiano del poder. Pero que saben, en todo caso, dónde y cómo cometer las felonías inofensivas de calentones incontenibles. Actos que suelen interpretarse como pecaminosa infidelidad.
En general, para sus pasiones higiénicas, los poderosos utilizan una escenografía superior. Una cobertura que permita que los desbordes, los polvos vulgares o rutinarias felaciones, pasen simplemente inadvertidos. Que queden acotados al mero recato de una olvidable eyaculación. Y a seguir (ya algo aliviados) con el próximo compromiso de la agenda.
La habitualidad erótica del Director General ya le costó, al FMI, algunas centenas de miles de dólares. Una amante anterior, La Piroska, economista polaca, mantuvo cierta repercusión. La Piroskita debió resultar suficientemente indemnizada. Como alguna otra economista, a la que DSK amó de estilo contranatural. Y en su propio despacho.
Pero las relaciones siempre fueron consentidas. Si acosó fue con cierta elegancia. En su momento Anne Sinclair supo admirablemente explicarlo. La fugacidad del romance lo hacía poco importante. Lo reducía al marco de una aventura banal. Una relación contingente, en el sentido sartreano del término. En nada afectaba la relación fundamental. Con ella. Gran lectora de Sartre y de Simone de Beauvoir.

Drama cultural

A nuestro criterio, la conflagración moral del Sofitel, así no sea una operación de inteligencia, se desata mundialmente por una alarmante falla de protocolo del secretariado del FMI. Eficientes asistentes, secretarios como los que contaron varios poderosos argentinos, hubieran resuelto el «item eyaculación». Con alguna reunión programada, dentro o fuera de la agenda.
DSK. El ponedor compulsivoComo nuestros presidentes democráticos de agenda apretada, DSK solía acumular tensiones que podían disolverse con la pausa filosófica de una felatio de ocasión.
Conste que aquí no hay ningún drama moral. Son derivaciones de un problema cultural. Se trata de una de las grandes diferencias que se abrevian en las distintas versiones de los occidentes. Entre el estilo casi victoriano de los Estados Unidos, y la discreción que se pierde, paulatinamente, en la Europa presentable. Sobre todo en la Italia del bullanguero Berlusconi y su adoración por el bunga bunga. O entre la hipocresía cultivada de Francia. Donde no había francés que desconociera la existencia de una doble vida, sin ir más lejos, en el presidente Francois Mitterrand, otro gran seductor profesional. Aunque con un estilo bastante más elaborado que el de DSK. Persuadía, pero sin atropellar. Mitterrand tenía otra mujer, otra Anne (Pingeot), y una hija Mazarine, relativamente oculta, con la que almorzaba tranquilamente en la Brasserie de Lipp.
En una oportunidad el semanario Paris Match decidió norteamericanizarse, y avanzó en un estilo Noticias. A los efectos de contar «toda la verdad». Pero no se escandalizó nadie. La producción sólo mereció un recuadro de Le Monde. «Et alors».
O sea, ¿y entonces?, ¿a quién le interesa? Límites estrictos de la privacidad que en aquella Francia regularmente se respetaban. Mientras en Estados Unidos los polvos, independientes del matrimonio, costaban carreras políticas. Merecían el destino del escarnio.
DSK. El ponedor compulsivoOtra situación más grave pudo registrarse cuando los polvos de los poderosos derivaban en perjuicios económicos hacia el estado. Es el caso del seductor Roland Dumas, que fue canciller. Sus carísimos coitos con la señora Christine Deviers Joncour ocasionaron un negociado infernal a través de la venta de fragatas misilísticas hacia China. A propósito, la desprejuiciada Christine escribió un ilustrativo libro al respecto. «La putaine de la republique». Recomendable. Episodios que remiten, en definitiva, a «Eyaculaciones tardías», opus inédito del Picca. Alude al principal inconveniente de los que gobiernan. Comenzaron a copular muy tarde, de grandes. Con el poder descubrieron sus tendencias hacia el donjuanismo.

Delito y moralina

Pre-candidato socialista, el mejor posicionado para las presidenciales, DSK hoy tiene que pagar su bochorno americano. Su acaso explotada vulnerabilidad. Con la entrega humillante de su presente. Con la hipoteca de su futuro político. Aparte, arriesga la «libertad de desplazamiento ambulatorio», al decir de Morenito. Todo por no haber sabido contener la desesperación del obsesivo sexual. Con 300 dólares, cualquier asistente de confianza podía haberle resuelto su drama. O con la sigilosa incorporación, en la comitiva del Director General, de alguna pasante ambiciosa, de la que incluso podía hasta haberse enamorado. Sin cometer un delito en desmedro de una desdichada honorable que le pusieron en el momento justo. Una mucama que le agrega el complemento imperdonablemente grotesco hacia su degradación personal. Y que va a acceder, invariablemente, a la fama. La mucama cobrara millones por contar su historia. Entre la moralina del país más potente y escrupuloso de la tierra, que supo ser sede erótica de memorables felaciones en pleno Salón Oval.
DSK. El ponedor compulsivoEn la plenitud del escándalo, otra vez Anne Sinclair emerge como una dama admirable. Niega, profesionalmente, la aberración del episodio. Tiene la suficiente capacidad de conjetura como para sospechar que el cuadro estuvo preparado con astucia. Banca, de nuevo, al idiota de su marido, un hombre que pudo ser genial y se encuentra aún sumergido en el calvario de las manos clausuradas. Con esposas. Anne banca al marido, mientras es despedazado por los medios del universo, entre los carnavales de las burlas. Un mero recluso al que le va a costar referirse, en adelante, a la necesaria ortodoxia fiscal. Y ya no podrá obstinarse en el rigor para el análisis de los rescates financieros. Hacia los países condenados por las políticas inspiradas, acaso, en el organismo que -por el polvo delictivo-, dejará de dirigir. Objetivo logrado.

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