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Incienso de sándalo

Murió David Viñas. Hizo bien. Un enemigo menos.

Jorge Asis - 11 de marzo 2011

El Asís cultural

Incienso de sándaloOtro enemigo menos. Se me murió también David Viñas. Hizo bien.
El desdichado tuvo finalmente una buena idea. Morirse. Merece incienso de sándalo.
En lo personal, Viñas estaba muerto, desde hacía más de veinte años.

Chile Crea

La última vez que compartí una mesa con Viñas no fue en la calle Corrientes. Fue en Santiago de Chile, en 1988.
Asistimos separadamente invitados al «Chile Crea». Una jornada político-cultural, organizada para oponerse al antojo de permanencia del General Pinochet.
El entonces Ministro Raúl Estrada Oyuela, de la embajada argentina, nos agasajaba, a los escritores, en un restaurante de la Almirante Simpson, situado frente a la Sociedad de Escritores Chilenos. El idóneo diplomático no pudo atenuar la violenta discusión que se entabló entre David Viñas y el autor de estas líneas.
Tenía 61 años y Viñas ya estaba legítimamente enojado con el universo. Pero sobre todo, además, conmigo. Por haber adscripto al menemismo.
Por mi parte, después del triunfo de Menem sobre Cafiero, en aquella interna inolvidable, comenzaba a recuperarme. A oxigenarme después del ostracismo interno que prefiero olvidar.
Evoco que me encontraba preparado para pelearme con Osvaldo Soriano, y de ningún modo para que me saltara Viñas.
Soriano era otro enemigo que también participaba de la comida ofrecida por Estrada Oyuela. En realidad, Soriano se comportó como un gordito inofensivo que quería amigarse. Arrepentido, acaso, de haber desparramado por Europa que mi literatura era neo fascista.
Más adelante, Soriano también se me iba a morir. Y le prendí otro incienso de sándalo. Como se había muerto también Cortázar, el protector de Soriano.
Pero a Cortázar no le prendí nada.

Fantasmas

Incienso de sándaloCuando era chico, era un escritor presentable. De izquierda. Aunque fuera comunista y prosoviético, un tierno reformista para la época. Entonces Viñas era más bien chinófilo, como tantos madurados que prefiero no citar. Solía recibirme en su departamento de Corrientes y Uruguay, en un piso alto situado en el edificio del Banco Ciudad.
O compartía cafés por los bares de Corrientes, la calle perfectamente evitable. Contiene, ocultos, innumerables fantasmas de mi mismo.
Yo había leído varias de las novelas de Viñas. Hoy -todas- infortunadamente envejecidas. Como «Dar la cara», «Hombres de a caballo», y, sobre todo, «Cosas concretas» (confieso que jamás le pude entrar a «Un Dios cotidiano», ni a «Cayó sobre su rostro», y considero que pueden obviarse «Jauría», «Cuerpo a cuerpo», incluso, «Los dueños de la tierra»).
Pero el Viñas que me resultaba interesante era aquel «De Sarmiento a Cortázar. Literatura argentina y realidad política». Para no defraudarme, nunca más volví a leerlo.
Viñas era un reconocido ladrón de libros. Un vicio perdonable. Los libreros de Corrientes se advertían entre sí cuando Viñas andaba cerca. O sea siempre.
Me aconsejaba escribir cuentitos que pudieran adaptarse para teatro. «Tenés que escribir cincuenta páginas». Lo decía eufórico por el triunfo de «Lisandro», su obra teatral.
Probablemente nadie recuerde el apoyo de Viñas al demencial FRA, en las elecciones de 1973. Ni sus chiquilinadas cuando aspiraba a ser el intendente de la ciudad, y sostenía que las plazas estaban para hacer el amor. Algo, siempre, el viejo ligaba.
El desastre escénico, anticipatorio de la carnicería profundizada en 1976, iba a costarle dos hijos.
Incienso de sándaloDespués, cuando estaba exiliado en Méjico, mantuvimos con Viñas algún intercambio epistolar. Reservo algún elogio que evoco en mi libro «Cuaderno del acostado», de 1988. Justamente fue el año de la discusión que estropeó aquella cordial predisposición del ministro Estrada Oyuela, para agasajar a los escritores de su país. Invariablemente enfrentados.
La última vez que me crucé con Viñas fue por Corrientes, la calle de los fantasmas destrozados. Yo era embajador. Había bancado los indultos de Menem. Y lo decía: en nombre de la reconciliación nacional. Fui «un gil», como el personaje del tango Fangal. «Y sigo gil».

«Somos enemigos», me dijo Viñas.

Tartabul

En adelante, de Viñas, sólo iba a recibir expresiones de desprecio. Alusiones, que las dejé pasar sin réplicas. Registradas en el prólogo de su deplorable libro sobre «el menemato». Maniqueísmos del intelectual que fue brillante, pero envejecía mal. Traficaba prestigio por haber rechazado 25 mil dólares de la Beca Guggenheim. La beca que había previamente tramitado. Van a sobrar los torpes de obituario que rescaten aquel gesto revolucionario.
En los textos periodísticos que publicaba Página 12, Viñas -pobre- desvariaba. Lo tomaba -debo confesarlo- para la joda. Se extraviaba en el interior de un párrafo. Agarraba para cualquier parte.

Incienso de sándaloDespués fue el turno del secreto colectivo. Se había instalado entre la canallada literaria. Indicaba que «Viñas convertía a Asís en personaje de su novela Tartabul».
Fue el último texto -Tartabul- de Viñas que intenté leer. Para encontrarme retratado. Bruloteado. Con deseos de no dejárselo pasar, y preparar mi réplica literaria, para masacrarlo. Pero al pobre Viñas ya no se le entendía un pepino.
Tartabul es un texto de lectura y olvido simultáneo. Con sus guiñadas elitistas, destinadas, acaso, hacia los integrantes de la nociva «mafia de Puan».
Es -«la mafia de Puan»- donde se deforman los averiados administradores de la literatura. Pedantes abreviados que generalmente se elogian entre ellos, en una estética decadente de circuito cerrado. Pero lograron, como escandaloso mérito, la indiferencia del mercado. La irrelevancia de la ficción. Que el editor aplauda si el autor vende 500 ejemplares.

En fin, se me murió Viñas. Hizo bien. Un enemigo menos.
Temo que me queden, en adelante, muy pocos. Aunque como me dijo Manuel Vázquez Montalbán, en Lisboa: «No te creas, Asís, a tí se te reproducen».

Comprendo, a la distancia, la magnitud de la bronca de Viñas. Cínicamente me entristece, a mi manera, su muerte.
En su memoria, voy a quemar el último incienso de sándalo.

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