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Kermesse naranja

Cristina y Daniel, el clásico del Estadio.

Jorge Asis - 18 de febrero 2011

Artículos Nacionales

Kermesse naranjaLa Línea Aire y Sol, que orienta Daniel Scioli, prefiere el color naranja.
Se obtiene -el naranja- a partir de la conjunción del «vibrante rojo con el alegre amarillo».
Mezcla mágica de la fortaleza con el sol.
La cromoterapia sugiere la efectividad del naranja para combatir la depresión.
Entonces el color naranja del airesolismo expresa la energía, la felicidad. La «joie de vivre», al decir de los franceses. Siempre en un marco de optimismo. De empuje y creatividad.
Atributos significativamente complementarios del positivismo vitalista que Scioli encarna asombrosamente. Desde el Aire y del Sol.
A través del mecanismo de «la fe, la esperanza». Con el deseo explícito de «ir siempre para adelante», a los efectos de superar, con «empuje», los obstáculos horribles que suelen presentarse en la vida. Para enturbiarla.

La kermesse de Daniel

Anoche, en la nueva inauguración del Estadio (único) de La Plata, la señora Cristina se mantuvo asediada, desde la totalidad de los rincones, por el color naranja.
Era la fiesta de Daniel. Tenía el derecho de organizarse su lícita kermesse. La merecía. Con la Patria de Fuerza Bruta que volaba, entre torbellinos de papel dorado. Como en aquella consagrada «Kermesse del 25» (cliquear).
Kermesse naranjaEmocionaba, ayer, verlos juntos. Relajados. Apartados. En el disfrute de la centralidad. Eran Cristina y Daniel. Las dos puntas del segmento del poder oficial. En la sublime entonación del himno. Con la mano de Cristina, siempre sobre el corazón.

La historia de los desencuentros, entre Cristina y Daniel, se encuentra signada por los altibajos. Llevan ocho años.
Desde que la olímpica senadora humillara, con su típica soberbia de insegura, al presidente del senado. El sonriente vice que buscaba, a través del oficio improvisado, su lugar en el mundo.
(El mundo, por entonces, era el kirchnerismo).
Le negaban el lugar. Pero paulatinamente, «con fe y esperanzas, siempre para adelante», Daniel lo supo conquistar.
Hasta hacerse -si aún no respetar- el hombre sustancial del «proyecto». Aunque Daniel sea todavía un cuerpo extraño. Otra prótesis de la impostura kirchnerista. Jactancia que se imagina, a si misma, como transformadora. Ilusoriamente revolucionaria.

La palabra y la imagen

«El problema que Cristina tiene con Daniel no es político. Es cultural».
Lo escribió Carolina Mantegari.

Con su supuesta formación «de cuadro», con su cantidad de lecturas (de contratapas), Cristina culturalmente no admite que tenga que cotejar, en el imaginario colectivo, con Daniel.
De igual a igual. Como pares.
Es la pugna de la palabra contra la imagen.

El ejercicio de la palabra, así sea abusivo, como el de Cristina, hoy confronta con las imágenes envolventes del gobernador apreciable. A quien su extinto marido, El Furia, solía llamar Roberto Carlos (porque quería tener «un millón de amigos»).

Pero el gobernador, extrañamente, crece en la consideración de las encuestas. No terminan de entrarle las balas de teflón. Balas que agujerearon, ostensiblemente, el prestigio del irresponsable que se fue. Irresponsablemente.

Si El Furia no pudo con el positivismo de Scioli, es Cristina la que tiene el mandato histórico de doblegarlo.
Que florezcan, entonces, mil «sabbatellas».
Aunque aún Cristina deba cantar muchos himnos más con el indispensable Daniel, al lado.
Debe cumplir con la agenda pendiente que le dejó Néstor. La instrucción de anularlo.
Con la mano -siempre- sobre el corazón.

La mesa chica

«Es tarde para Cristina. Debe entender que la mesa chica de Daniel ya optó por la presidencia», confirma la Garganta.
Pero la Garganta no se refiere a ninguna mesa que integren Alberto Pérez. Con la bella Karina. O con el «5 de Boca», alias Marangoni. Con Mouriño, el Chiche Peluso, o el irresistible paisano Rubén Bouzali.

La mesa chica real, para la estética política del sciolismo, la integran Mirtha Legrand, Susana Giménez y Marcelo Tinelli.

Kermesse naranjaEntonces la lucha, entre Cristina y Daniel, pasa a ser numéricamente despareja.
Es Kunkel contra Mirtha Legrand. Timerman contra Tinelli. Tomada o el Canca Gullo contra Susana Giménez.
Por el costado de la popularidad, y para atormentar a Cristina, a Daniel le basta, en todo caso, con organizar otro par de conciertos naranja.

Pero en la mesa chica del imaginario, están también los paisanos de la aseguradora. Con el canal de noticias puesto al servicio del Aire y del Sol. Con el financista que sabe deslizarse. Con el empresario de los medios que mantiene el olfato adiestrado para la oportunidad. Con una sucesión de mini-gobernadores que están hartos de ser domados con el látigo de la caja. Sin capacidad digestiva para tragarse, de un bocado, otro «sabbatella», así sea en versión agridulce.

Sin embargo, durante los próximos tres meses, hasta mayo, el juego del cinismo va a mantenerse en la ambigüedad.
No es ludismo para ansiosos. Es para perversos.

Carteles

Ayer por la tarde, sin ir más lejos, aparecieron los carteles -«Scioli Presidente 2011»-. Fueron instalados a la vera del camino que invariablemente se debía tomar para llegar a la kermesse del estadio.
Los carteles presentaban el sentido ofensivo de una provocación.
Cuentan que Daniel, al enterarse, los hizo bajar de inmediato. Lo suficientemente tarde como para que fueran registrados por los medios de comunicación.

Hoy nadie quiere hablar, en público, de lo único que se habla en las conversaciones políticas. Relativamente en privado.
Si va a ser Cristina o va a ser Daniel.
Es otra variable del jueguito de la «Pingüina o Pingüino».
Un atorrante del peronismo prefiere sintetizar:
«Es la Mina o Mancusso».

Pero Daniel nunca va a atreverse a «romper». Es tan ingenuo como utópico esperarlo.
Oficialmente Daniel emprende la marcha por la reelección. En «Buenos Aires, la provincia inviable» (cliquear). Pero con la atención -y sobre todo la tensión- puesta en la Casa Rosada.

Coinciden, sin decirlo, los sciolistas. Si Daniel quiere ser presidente, de verdad, tiene que postularse para el 2011. Ahora.
Pese a la «fe y la esperanza», su proyecto, que existe, no aguanta cuatro años de espera.

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