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El absurdo previsible de la muerte

Final de Néstor Kirchner.

Jorge Asis - 27 de octubre 2010

Artículos Nacionales

El absurdo previsible de la muerteescribe Jorge Cayetano Zaín Asís
especial para JorgeAsísDigital

Confesión de opositor franco.
Desde hace siete años, vivo de Kirchner. Encaro el desafío de explicarlo. Para combatirlo mejor. Con suerte bastante relativa.

45 días atrás, en «Los Arcos» (cliquear), aquí se comparó el drama nacional -representado por la salud de Kirchner- con Valderrama, la zamba de Salta.
«Adónde iremos a parar / si se apaga Valderrama».

El Furia estaba internado. Malos presagios.
Si Kirchner se «apagaba», la Argentina -Kirchner-dependiente- penetraba en la zona riesgosa de la incertidumbre.

Se dijo también aquí que «estar contra Kirchner», era infinitamente más conveniente que «estar sin Kirchner».
Porque Kirchner nos proporcionaba, al menos, la oportunidad de la pasión.
La iniciativa, como el poder y el ejercicio de la política, exclusivamente le pertenecían.
Sin Kirchner nos amenazaba, entonces, el vacío.

«Entre la Nada y la Pena me quedó con la Pena».
Lo escribió William Faulkner, en El Sonido y la Furia (pero el hallazgo es de Luis Gregorich).
En un sentido faulkneriano, en la Argentina contemporánea, entre la Nada, Kirchner era la Pena.
Es precisamente el sentimiento -la pena- que me induce a componer el precipitado artículo. Aunque contenga la tonalidad del obituario.

Sacrificio épico

Kirchner se deslizó a través de «la irresponsabilidad imperdonablemente sanitaria» de no cuidarse como correspondía.
«La muerte era un absurdo previsible», escribió Mario Benedetti.

«Estoy perfecto», mintió El Furia, al salir de la Clínica Los Arcos. Antes de lo que debía. Con cierta admirable «tendencia hacia el sacrificio épico». Ver «La silla de Salazar» (cliquear).
«Está más fuerte que nunca», declaró también algún ministro. Como si el estrago físico pudiera atemperarse con la virulencia de la voluntad.
Tampoco corresponde, a esta altura, reprochar cierta negligencia a quienes lo rodearon. Los colaboracionistas de la irresponsabilidad. Es utópico contener al que es -aceptémoslo- frontalmente incontenible.
A los dos días de la ceremonia del «stent», El Furia ya estaba en otra ceremonia multitudinaria. En el Luna Park.
Fueron 45 días de convalecencia que nunca podrán analizarse desde el punto de vista orgánicamente físico. Porque su dilema, en definitiva, como su móvil, fue siempre político.
El lapso coincidió con desplazamientos vertiginosos. Y con una sucesión de colapsos.
La calificación de «turritos» a los miembros de la Corte. El corolario del acto equivocado en el Boxing de Río Gallegos. Los mensajes desorientadores.
Las coincidencias temáticamente inquietantes. La colectiva demonización de Moyano, al que acompañó en el acto de River. Y la transformación del segmento del poder. El segmento que había instalado, con sólo dos puntas. En un triángulo.
De encontrarse arbitrariamente sólo, en el reparto con Cristina, de pronto Kirchner percibió que se debía distribuir, en adelante, por tres. Se le incorporaba Scioli. Por los efectos de su grandísima culpa.
El encadenamiento de colapsos culminó con la muerte de Mariano Ferreira. La última semana se le encadenaron los disgustos sucesivos.
En nuestra penúltima entrega, de Serenella Cottani aludía al planificado regreso a Santa Cruz. «De donde nunca debió haber salido».
A la nostalgia del café en el Hotel Patagónico. Al intento de recuperar el prestigio en aquel sitio originario.
Pero la distancia no ayudaba, según nuestras fuentes, a atenuar la amargura.
La falta de resolución del crimen de Ferreira, al Furia, lo enfurecía hasta la más cruda inconveniencia.
Ese crimen portaba el augurio más funesto. Si para el imaginario colectivo, los cadáveres de Kosteki y Santillán signaron el final de un ciclo, la muerte de Ferreira, con el agravante de las fotografías grotescas, emergía como un exceso para las deterioradas reservas físicas.
Néstor Kirchner ya no volvería -vivo- a Buenos Aires. Encaró desde Gallegos un trayecto más corto pero final. Hacia El Calafate. «El lugar en el mundo». Donde confluían las anginas presidenciales de La Elegida, con las vísperas del censo. Circunstancias que legitimaban, en el fondo, la toma de distancias. Del escenario central donde se reproducían las imágenes que inducían a la oscuridad. Al ridículo.
Nuestras fuentes indican que Kirchner, entre el lunes y el martes, en su residencia paradisíaca de El Calafate, se sintió mal. Correspondía preferiblemente hospitalizarlo. Trasladarlo, otra vez, hacia Los Arcos. Pero se impuso, según la fuente, una notable reacción. Para figurar en la posteridad.
El censo no podía sorprenderlo, al profesional de la política, en una cama de sanatorio. Era indigno para un estadista de su magnitud. El censo debía sorprenderlo entre los «plenos poderes» de su «residencia en la tierra», diría Neruda. Junto a su esposa, la Presidente. Pero las fragilidades del cuerpo estragado pudieron más que el comprensible culto a la estrategia. Asomaba la banalidad invasora de la muerte. Venía, esta vez, la absurda, por la previsibilidad del final.

Jorge Cayetano Zaín Asís
para JorgeAsisDigital.Com

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