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La sociedad asustada

La expansión política de Hugo Moyano.

Oberdan Rocamora - 29 de septiembre 2010

Artículos Nacionales

La sociedad asustadaescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

Vayan cinco tweets del director del Portal, dedicados a Hugo Moyano:

1.- Enternecen los peronistas que se muestran secretamente preocupados por el desembarco de Moyano en la «provincia inviable» de Buenos Aires.

2.- El temor de los peronistas hacia Moyano induce a la reflexión provocadora. El kirchnerismo logró que se hicieran gorilas hasta los peronistas.

3.- De ser la columna vertebral del Movimiento Nacional Justicialista, la clase trabajadora pasó a ser una prótesis descartable.

4.- De haber desembarcado Luisito Barrionuevo como titular de la provincia de Buenos Aires hubiera surgido una reacción similar a la de Moyano.

5.- Lo que a los peronistas actuales, oficialistas o federales, les cuesta bancar, es a los «camperas». Alejan, los rudos, a las capas medias.

A su manera

El crecimiento de Hugo Moyano es inquietante hasta para los sensibilizados peronistas, que padecen un extraño proceso de transformación (ampliaremos).
Secretario General de la Confederación General del Trabajo, titular del Partido Justicialista de la Provincia (inviable) de Buenos Aires, Moyano, el «camionero», con su aspecto de proletario dibujado por Carpani, suele asustar a la sociedad que pretende, en el fondo, seducir.
«A su manera». Como en el tema impuesto por Frank Sinatra.
A través de la sobreactuación de los camioneros expresionistas (también de Carpani). Con las obstrucciones cotidianamente clásicas que evocan la memoria del guía inspirador que finalmente superó. Hoffa.
Moyano, El «Negro», sabe administrar, admirablemente, el encanto de la negritud. Especula con la ferocidad artificial del rostro. Paradójicamente hoy luce una barbita, que le protege las marcas de la estética. Remite a la avispa de Menem. El asustador capituló, según las vertientes, ante la prepotencia de la coquetería. Para acabar con determinados baches de la piel, que le surcaban desagradablemente la papada.
Frente al espejo, Moyano tiene el derecho lícito de verse, también, como un «Negrito» presentable en sociedad. Como el «Negrito» que supo auto-celebrar González Oro, en su autobiografía idealizada, a la carta.
Entonces Moyano, el proletario de Carpani, portador sano del «Virus de Lula»(cliquear), debe producirse para la nueva etapa. La que puede arrastrarlo, en poco más de cuatro años, desde la CGT, hacia la Casa Rosada. O hacia la gobernación de Buenos Aires. Es un destino mucho más apreciable -aceptémoslo- que el metafórico Villa Devoto.
La expansión política se precipita a través de la vulnerabilidad física del «compañero Alberto Balestrini». Trasciende que inquieta, en principio, a los sensibles mini-gobernadores del conurbano bonaerense. Los que no tienen otra alternativa, ante su poderío, que cuadrarse. Para que no les crucen, en la primera de cambio, los persuasivos camiones. Ni pueda interrumpirse la recolección de la basura.
Pero preocupa, aunque lo oculte, también a Kirchner. Confirma el exégeta confidencial.
«Con tal de mantenerlo siempre cerca, El Furia, como lo llaman ustedes, puede darle, al Negro, hasta el c…».
El corazón, entiéndase.

El exégeta confidencial prosigue:
«El que lo salvó a Moyano, en realidad, fue Menem».
De acuerdo a la evaluación -y aunque siempre lo denigre-, de ser justo, Moyano tendría que construirle un monumento a Carlos Menem. Frente al Sindicato de los Camioneros.
Por aquel sofisma inolvidable: «ramal que para, ramal que cierra».
Porque, al liquidarse el ferrocarril, el Menem de los noventa habilitó que los desplazamientos tuvieran que efectuarse -para horror de la señora Carrió- a través de los camiones.

En destacable soledad, con valiente irresponsabilidad, Carrió se atreve a diabolizarlo.
Explicita Carrió que los «camiones de Moyano» pueden trasladar las irregularidades que los detractores imaginan. Pero la agresiva espectacularidad del mensaje queda reducido, muy pronto, a otro pasatiempo mediático. De los que pocos prefieren tomar en serio. Mensaje que se olvida, incluso, con el corte para los auspiciantes.

«Siete locos»

«El problema ya no es Moyano. Es Recalde» -confirma otra Garganta.
Como El Furia, como Scioli, el Líder de la Línea Aire y Sol, y como los mini-gobernadores, los juristas asalariados del fuero laboral, ante la expansión de Moyano, exhiben también cierta perplejidad. Próxima al hartazgo.
Dicen que Zannini, El Ñoño, lo advirtió.
Temen, en definitiva, que Moyano se los lleve por delante. Que se los cargue, por detrás.
Perciben que el diputado Héctor Recalde, el jurista inseparable de Moyano, se dispone estratégicamente a copar la justicia laboral. Sin recurrir a la virulencia imponente de los camioneros.
Es precisamente la tendencia acumulativa, la que instiga a quedarse con lo que se pueda, llevada hasta las últimas consecuencias. Para quedarse hasta con aquello que ni siquiera les hace falta.
Así como Moyano, al gremio de la Alimentación, les sopla cien afiliados, Recalde, con prolijidad, quiere cubrir el paño con fichas propias.
Con leales. Incondicionales. En las vacantes de los juzgados y en las salas de las Cámaras.
Justamente en el momento mas inoportuno. Cuando los jueces adquieren el protagonismo más indeseable. Cuando las huestes de El Furia y de La Elegida les cruzan, frente al edificio de la Corte Suprema, discursos que contienen la misma expresividad que los camiones atravesados.
Cuando aquellos juristas que fueron presentados con la jactancia del cambio, pasaron a ser, apenas, personajes de una novela de Roberto Arlt.
Unos «turros». Como lo calificó Ergueta a Erdossain. En «Los siete locos», la legendaria novela de Arlt, de vibrante actualidad.

Perfectamente puede pasarse de Arlt a José Hernández.
Conste que fue superada la inocencia estremecedora del Viejo Vizcacha. Ya no basta con hacerse «amigo del Juez». Es necesario, para mayor tranquilidad, designarlo.
Si es leal, si no es «un turrito», el juez amigo puede garantizar la «capacidad ambulatoria» de los propios.
La visión es estratégica. Porque, llegado el caso, siempre va a fallar a favor. Y hasta a regular, convenientemente, los honorarios.

Justicia laboral

La astucia del diputado Recalde suele ser sobrevalorada. Es de los abogados laboralistas que tuvo más suerte en la vida. Dotado para bailar el tango. Simpático. Secretamente judío. Entrador.
Recalde -prosigue la Garganta- asume el desafío de ubicar, en los sitiales de relevancia, a los seres queridos que lo rodean. Miembros destacados de su familia.
Su hijo, sin ir más lejos, preside el quiosquito patriótico de Aerolíneas Argentinas. Para los críticos desmesurados, a través del Recaldecito, no es La Cámpora quien controla Aerolíneas Argentinas. En realidad, para los detractores, Aerolíneas es de Moyano.
Siempre debe volverse a El Negro que se expande. Dispuesto, en apariencia, a ejercitar sus competencias terrenales, en todo aquello que se mueva.
En adelante, según los desmesurados, también en aquello que vuele. Pronto tendrán que tributarle a Moyano hasta los pájaros.

También Recalde se obstina en ubicar a su esposa. La doctora Graciela es, según las vertientes, una solvente abogada laboralista. Puede ganar la posición por su propio derecho. Trasciende, aparte, que pinta discretamente. Cuadros abstractos. Entre las pausas que le brinda el ejercicio del derecho.
Pero pinta, además, para camarista.

Cuentan las Gargantas que Recalde suele abnegarse por situar a los profesionales intachables. Aunque no pertenezcan al ámbito exclusivamente familiar. Opta, en su generosidad, por promover también a la digna esposa de Julio Piumato. El Secretario de la Unión de Empleados Judiciales.
Piumato también se impone. Es «una especie de Viviani culto». Aunque se esmere en simularlo. Para que sus pares no se confundan, ni piensen mal de él.
Porque la cultura, según Carolina Mantegari, «te margina».
Entonces Piumato habla un francés perfecto, pero (casi) a las escondidas. Para posibilitarse el aire del gremialista popular. El que no vacila en comerse, entre tantos desbordes, las «eses». Ni en soltar un «pa», en vez del «para». Hasta disponerse, como corresponde, a engordar.

Entonces, en el ámbito estricto de la justicia, el deslizamiento que preocupa es el de Recalde. La actitud del «Negro» Moyano, en cambio, es frontalmente más simple. Descree de la justicia. La subestima.

Para el exégeta confidencial, en la concepción de Moyano, cuando «el desenlace de una huelga se decide en los Tribunales, es porque se la perdió».
Todo aquello que no se puede resolver, con la eficacia extorsiva del camión atravesado, y con los forzudos amenazantes, nunca podrá solucionarlo la justicia.
Caer entre las redes de la justicia es -para la concepción- una «mariconada».
Sin embargo, la inimaginable prisión de Zanola modificó, abruptamente, el panorama. El horizonte se pone turbio.
En adelante, pese a la ostensible expansión, Moyano nunca podrá bajar la guardia. Menos aún con El Furia. Porque viene necesitado -El Furia- de un golpe de efecto, para conmover a las capas medias.
Las capas medias que Moyano específicamente asusta. Aunque aspire, en el fondo, por el Virus de Lula, a seducirlas.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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