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La silla de Salazar

El desafío de enfrentar a El Furia convaleciente.

Carolina Mantegari - 14 de septiembre 2010

El Asís cultural

La silla de Salazarescribe Carolina Mantegari
Editora del AsísCultural, especial
para JorgeAsísDigital

Silla, en portugués, se dice «cadeira».
Antonio Oliveira de Salazar fue el dictador europeo más culto del siglo veinte.
Llevaba 36 años de poder cuando, al intentar sentarse en la «cadeira», por una torpeza se cayó. Se predisponía a leer el «Diario de Noticias». Fue el 3 de agosto de 1968, frente a la frontera luminosa que unifica el río (Tajo) con el mar. Sublime costa de Estoril.
Al único testigo del bochorno, Salazar le dijo: «Aquí no pasó nada». «Nadie debe enterarse».
El pueblo (conste que aún no se decía «la gente») de Portugal debía desconocer que el Conductor del Estado Novo exhibía síntomas de vulnerabilidad.
De existir, en 1968, los influyentes vendedores de fantasías del 2010, podían haberlo convencido al Dictador. Que el accidente de la caída lo acercaba al «pueblo». Lo humanizaba. Porque también cometía la torpeza de caerse, como cualquier desgraciado.

Revolución de las Comunicaciones

El incidente sanitario del stent de Kirchner inspira le evocación del accidente de la silla de Salazar.
Aquí tampoco «pasó nada». «Está más fuerte que nunca».
Contento por el triunfo de Las Leonas, conmovido por la nueva derrota de Racing.

La Revolución de las Comunicaciones fue la única revolución verdaderamente exitosa del siglo veinte. Las otras utopías, más tratables, terminaron con fantásticos colapsos. Desde el comunismo hasta sus réplicas, en versión fascista o en el nazismo caricatural.
La Revolución de las Comunicaciones culmina riesgosamente con el predominio de la banalidad. Con el imperio de la hegemonía mediática. La historia contra-fáctica permite imaginar lo que hubieran logrado Hitler, Mussolini o Stalin con la gloria de un fax. Con el trastorno simplificador del teléfono celular.
O el picnic en que se hubiera convertido el exilio del general Perón, de haber contado con el recurso del e-mail.
(Sin esbozar al vigente David Graiver. Con una notebook, se hubiera quedado con las finanzas de medio universo).

Las comunicaciones de hoy impiden aquel imperativo categórico impuesto por Salazar. Que «nadie deba enterarse».
La inquietante instrumentación política de las comunicaciones exige, en cambio, traficar con las imágenes demostrativas de conservación de las fuerzas. Muestras específicas de vitalidad.
Es el sentido del «estoy perfecto». Lanzado, por Kirchner, el sujeto permanente de estudio, al salir de «Los Arcos» (cliquear), en la noche del domingo.
El dramático suspenso relativo a la reaparición (o no) en el acto preparado por los jóvenes complementa el cerco brillante del operativo. Aunque El Furia, explicablemente, no pueda ser el orador. Sin embargo ahí se encuentra, como siempre, La Elegida, para suplirlo con lealtad.
El atractivo genera las expectativas más favorables. Para algarabía de los vendedores de fantasías, que obtienen el formato de consultores. Podrán medir el favoritismo que brinda un acercamiento semejante. Exhibición de fortalecimiento y de humanidad.

La épica

El dilema, a esta altura, deja de ser nacional.
La irresponsabilidad, en etapa pre-eleccionaria, debe ser asumida, en todo caso, por quien conduzca las fuerzas fragilizadas del oficialismo. Es precisamente el sujeto. Kirchner.
Es El Furia que decide, como aquel Salazar del accidente de la silla, que «aquí no pasó nada».
Por lo tanto la inflamada tropa, al menos hasta hoy, debe aferrarse a los arrebatos convenientemente estratégicos del Conductor. Quien es, al mismo tiempo, el sujeto lacerado. Que muestra admirablemente la tendencia hacia el sacrificio épico.
El esquema se encuentra abierto al efectismo vibrante del melodrama. Puede perfectamente culminar con la reiteración del relato clásico del peronismo. A través de la cultura mitificada del renunciamiento.
Pero con un cambio ostensible de género. Es El Furia el que debe hablarle, entonces, al pueblo hoy transformado en gente. A la multitud de adeptos conmovidos, en el Luna Park o en la Plaza de Mayo, multiplicados en directo por el fenómeno mágicamente simultáneo de la televisión. El instrumento exclusivamente revolucionario que hubiera cautivado, hasta el éxtasis, a Salazar. Como a Stalin, Napoleón o Alejandro Magno.
En un epílogo épico donde esgrima por ejemplo El Furia:
«Cuiden a La Elegida». «No la dejen sola».

Enfurecer a El Furia

El desafío, hoy, es para el otro sujeto. El opositor. Envuelto, casi culposamente, en la vorágine sistemática de una situación límite. Fronteriza con el bochorno.
El opositor es el que tiene que enfrentar al convaleciente. El que especula, a través del sacrificio, con el estigma extorsionador de la vulnerabilidad.
A El Furia, enfurecerlo, hoy, puede ser interpretado como un acto criminal.
Al contrario, si no se lo enfurece, El Furia -ayudado por los vendedores de fantasías-, aún físicamente debilitado, se la puede llevar puesta a la oposición. Como si fuera un guante. U otro stent.

Basta con recurrir a la biografía de Nogueira, o a la interesante novela de Fernando Acosta (Máscaras de Salazar), para saber que la caída de la cadeira derivó, al mes siguiente, en una trombosis.
Salazar murió dos años después. Retirado en Sao Bento, el palacio presidencial. En un Portugal sostenido por la agonía que el pueblo debía desconocer.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

Permitida la reproducción sin citación de fuente.

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