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La cohabitación imposible

Entre Cristina y Macri.

Jorge Asis - 8 de septiembre 2010

Artículos Nacionales

La cohabitación imposibleescribe Jorge de Arimetea
especial para JorgeAsísDigital

Jacques Chirac, alcalde derechista de París, pudo cohabitar sin graves dilemas con el presidente socialista de Francia, Francois Mitterrand. Aunque representaran fuerzas antagónicas, en pugna.
Al contrario, aquí, Mauricio Macri, alcalde derechista de Buenos Aires, y la presidente peronista de Argentina, Cristina Fernández, sobrellevan una cohabitación estructuralmente imposible.

La Capital, hoy, se encuentra administrativa, educativa y políticamente paralizada.
Los antiguos concejales -denominados «diputados de la ciudad»-, enarbolan, como tema prioritario y proyecto movilizador, la degradación cotidiana del Jefe de Gobierno. O se dedican frontalmente a defenderlo. Para la gravedad del cuadro, es lo mismo.
En el marco de deterioro tristemente básico, La Elegida, de pronto, se destaca. Hasta producir el máximo acto de irresponsabilidad cívica. Al solidarizarse, a través del respaldo nada inocente, con los alumnos acelerados que toman, compulsivamente, los colegios de la ciudad.
A los efectos programados de completar, en la práctica, la operación destructiva.
El «macricidio».

Delirios de 1994

Ocurre, en realidad, que estalló el «Artificio Autónomo». Institucionalidad de Buenos Aires.
Se asiste al fracaso elemental del delirio construido por aquellos románticos sin imaginación. Los convencionales constituyentes de 1994. Los que se reunieron en la solemnidad de Santa Fe. Entre ellos, figuraba la constituyente Cristina Fernández de Kirchner. En representación, aún, de su adoptada Santa Cruz. Once años después que fuera transferida, devuelta hacia sus orígenes.
«Buenos Aires, la provincia inviable» (cliquear).

Como consecuencia del Acuerdo de Olivos, y para facilitar la reelección de Carlos Menem, en 1994, un conjunto de próceres bienintencionados se lanzaron a cometer una serie de barbaridades fundacionales.
Aquellos cuatro años de más, para uso de Menem, resultaron finalmente los más entorpecedores de la historia próxima.
Al contrario de las intenciones, las modificaciones sirvieron para aportar severas dosis de complejidad.
Fueron concesiones arrancadas, con relativa astucia, por un estadista equivocado como Raúl Alfonsín a Menem. Don Raúl mantenía el objetivo enaltecedor de obtener ocupaciones laborales para los correligionarios. Menem necesitaba quedarse.
Entre otras barbaridades no menores, los constituyentes nos dejaron el regalito chino. La propina del tercer senador. Por la minoría. Arrebato que transformó, al venerable senado, en una segunda cámara de diputados. Algo -claro- más reducida.

Sin fondear en el supermercado del Consejo de la Magistratura, o en la sobrefacturación electoralmente decisiva de la provincia de Buenos Aires, puede aceptarse que, la joya de las concesiones, arrancadas por Alfonsín a Menem, consistió en la excesiva creación del Artificio Autónomo de la Capital.
Bastaba simplemente con designar, a través de elecciones, al alcalde de la ciudad. Pero los convencionales se dejaron arrastrar por las bondades imaginarias de la asociación libre.
Aparte, imperaba cierta certeza tácita. Que la capital porteña, el más poderoso centro urbano, máximo presupuesto comparativo, iba a quedar, hasta la eternidad, escriturada para la Unión Cívica Radical. Con el dominio hegemónicamente asegurado.
Contaba la UCR con la fortaleza del candidato invencible. Entonces Fernando De la Rúa enorgullecía a los radicales. Fascinaba a las capas medias independientes. Inclinadoras de encuestas.
Conste que De la Rúa se las había ingeniado hasta para ganarle, incluso, en 1973, al peronismo más avasallante, en la expresiva capital.

Stage

En 1996, De la Rúa iba a imponerse, con tranquilidad. Como si paseara durante aquellas primeras elecciones del disparatado Artificio Institucional. Lo acompañaba el señor Enrique Olivera. «El Zorro».

En el fondo, para De la Rúa, la alcaldía derivó en una intrascendente pasantía. Una suerte de «stage». Lapso intermedio donde perfectamente el líder radical logró convivir con el peronista Menem. Como si emularan, ambos, a Chirac con Mitterrand. Aunque, en 1999, De la Rúa se postulaba para sucederlo.
Abundan, aún, los evaluadores que coinciden en la interpretación más perversa. Indica que aquel Menem del 99 prefería ser sucedido por el radical De la Rúa. Y de ningún modo por el peronista Duhalde, el «enemigo íntimo» (es la legitimación del odio que lo movilizó a Duhalde, en el 2003, contra Menem. Odio que se renueva, circularmente, en el 2010, con otro protagonista. Kirchner. Es Duhalde el que pide, a los gritos, un Shakespeare).
Nadie aún imaginaba que la experiencia de la Alianza, con De la Rúa y el justamente olvidado Álvarez, iba a finalizar con el país puesto de sombrero. Para concluir en el desastre del 2001, que hereda nuestro personaje shakespereano.

14 años de historia

La historia del vigente Artificio Autónomo tiene sólo 14 años. Suficientes para evaluar el catastrófico fracaso de la complejidad jurídica.
La cohabitación de Menem, en la Nación, con De la Rúa, en la Capital, fue la única, hasta aquí, que funcionó con una racionalidad irreprochable.
En adelante, el cetro porteño dejaría de ser para la civilización radical. Perdía, junto al prestigio, la hegemonía.
Después del interregno radical de «El Zorro» Olivera, llegó con los votos radicales, hacia la alcaldía, el aliancista Aníbal Ibarra. Lucía Ibarra, desde los afiches, el rostro de galán paraguayo, en el 2000. Montado sobre el potro domable del Frente Grande. Entelequia que animaban, desde las alturas ejemplares, el justamente olvidado Álvarez, junto a la señora Fernández Meijide.
Ibarra, el galán de Cerro Corá, llegaba secundado por la la señora Felgueras, la diluida dirigente radical.
El paraguayo Ibarra fue reelecto en el 2003, en un extraño coctel que anticipaba la onda de la transversalidad. Junto al peronista Telerman.
Es -Telerman- quien lo sucede a Ibarra, después del trágico desastre de Cromagnon.
Aquel dilatado proceso, padecido por Ibarra, emerge como el antecedente principal de la parálisis que abruma intensamente hoy.
Ya podía sospecharse, durante la defenestración de Ibarra, que resultaba, en el fondo, infinitamente más eficaz el sistema anterior. Cuando, para remover un «intendente», bastaba con una simple resolución presidencial. Sin el dramatismo dilatorio que desgastaba políticamente una ciudad que no contiene el menor atributo para ser paralizada.

En el 2007 se registra el cambio de signo. Accede Macri, conceptuado como de centro derecha, al Artificio.
Aquí despunta el franco delirio. El Artificio estalla. Emerge, para colmo, con Macri, la insolvente pedantería de gestar una policía propia. A los efectos de «brindarle mejor seguridad a los porteños». Justamente en la misma ciudad donde mantiene la sede la Policía Federal. Y con la selección de cuadros que mantenían una situación de litigio con su institución materna, situada en la calle Moreno al 1400, a menos de un kilómetro de la sede gubernamental.
Detalles fatales para una Argentina donde no existe la madurez suficiente para encarar ningún intento de cohabitación entre fuerzas antagónicas.
Donde no se admite, ni fumados, que el Jefe de Gobierno pueda ser adversario político del Presidente de la Nación.
Ocurría que Macri distaba de ser De la Rúa. Y La Elegida, ni menos El Furia, podían compararse con el estilo convivencial de Menem.

El Cromagnon de Macri es ostensiblemente diferente al de Ibarra. No está signado por la tragedia. Se encuentra surcado por la trascendencia del ridículo. Inexplicables interferencias telefónicas que promueven discusiones relativas a las comisiones investigadoras. Consiguen el resultado peor para los porteños. La parálisis de la gestión. La inmersión obscena en la monotonía del escándalo. El desgaste diario. El esmerilamiento histérico del adversario.

Por la vuelta

Tal vez, los inflamados «diputados de la ciudad» tendrían que apaciguarse.
Para ser, de nuevo, los honorables concejales deliberantes. Capacitados para la especialidad que solía valorar el general Perón.
El alumbrado. El barrido. La limpieza.

Ante la certificación del fracaso del Artificio Autónomo. Ante la imposibilidad de una cohabitación civilizada. A los efectos de facilitar la cotidianeidad de la administración, el Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), tendría que ser, acaso, otra vez, designado por el dedo selectivo del Presidente. Se ahorrarían tensiones y congojas.
Como lo designó el dedo de Alfonsín, en los noventa, con Saguier, y después con Facundito. O aquel primer Menem de los noventa con el mejor Grosso. El transformador aún no debidamente reconocido, al menos en forma pública. O con «Topadora» Domínguez.

Visto a la distancia, y desde el aburrimiento del calvario, desde la escandalosa inmovilidad actual -y pese a las desdichas personales de algún protagonista, como Grosso-, a los porteños, con ellos, los designados a dedo, no les fue nada mal.

Por lo menos supieron ganarse la evocación. Más que los alcaldes del Artificio Autónomo. De la magnitud del derribado De la Rúa. Del lateralizado mutante, Olivera. Del admirablemente peleador Ibarra. Del Telerman que no encuentra, infortunadamente, aún su ubicación.

Podría evitarse la parálisis sistemática. Derivaciones del Artificio Autónomo, inflado como un globo de gas. De la insoportabilidad generada por la conjunción de «macricidas».
Cruzados oportunistas, los macricidas, predispuestos para acabar, antes que ascienda otro escalón, con Mauricio Macri. El profesional en el arte de equivocarse.
Para removerlo no haría falta tanto alboroto. Bastaría, en todo caso, con una resolución.

Jorge de Arimetea
para JorgeAsísDigital

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