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Cadena del frío

La Elegida y El Furia convocan para la epopeya de papel. El pueblo no la entiende. Tampoco le interesa.

Jorge Asis - 3 de septiembre 2010

Artículos Nacionales

Cadena del fríoescribe Jorge de Arimetea
especial para JorgeAsísDigital

A La Elegida y a El Furia se les cortó la cadena del frío.
Se les pudrió la credibilidad.
Volvieron a ponerse la calesita de sombrero.

La clonación

Los radicales saben aprovechar mejor el descascaramiento. Alcanzaron el milagro de rearmarse. A partir de la clonación superadora de los Alfonsín.
Es por el costado radical que se olfatean los próximos juramentos.
Sin recurrir a los informes aún confidenciales de la Consultora Oximoron, puede afirmarse que, si las elecciones fueran hoy, Ricardo Alfonsín sería el presidente.
El 2011 -hasta hoy- les pertenece. Aunque los peronistas siempre se lo pueden soplar.

La clonación de los Alfonsín se nos viene con Hermes Binner de ladero.
Para desconsuelo de la señora Carrió. Que hoy mantiene, paradójicamente, la actualidad servida. Confeccionada para ella. A su medida.
Justo cuando se le diluye la identidad partidaria, a Carrió se le ocurre ponerse trascendente. E instalar una verdad que desconcierta a sus pares:
«El poder se discute ahora. No en el 2011».
Entonces Carrió se le planta a El Furia. Para discutirle, frontalmente, la agenda. Con los tres edecanes que la avalan.
Pinedo, Aguad, Solá.

La clonación de Alfonsín se viene, aparte, con los emblemáticos respetablemente distantes.
Son los que fueron hombres del clonado Raúl.
El Coti, Freddy y El Marciano.
«Que se queden con Cobos», confirma la Garganta.

Significa confirmar que Cobos, a su pesar, persigue el ejemplo maléfico que le signara uno de sus peores antecesores. Ruckauf.
Porque Ruckauf supo encabezar las encuestas entre el 2000 y el 2001. Del mismo modo que Cobos las encabezó durante gran parte del 2008. La totalidad del 2009. Hasta que comenzaron a florecer los réditos de la clonación.
Cuando Ruckauf se creía que la banda, hacia el final del 2001, venía para él, justo se la soplaron. Al pobre Ruckauf lo sorprendió la irrupción sopladora de Duhalde.
Esperaba -Duhalde- que fueran presurosamente a buscarlo. A suplicarle, en su casa de Lomas. Para que aceptara «el sacrificio».
A Cobos, en cambio, quien le puede soplar la banda es el emergente de la clonación. Alfonsín. Don Raúl y Ricardito multiplicados.

Epopeya de papel

Con la cadena del frío cortada, El Furia vuelve a estamparse el helado en la frente. Moviliza a los gladiadores con el objetivo estremecedor. Para la epopeya revolucionaria de papel.
«Declarar de interés público la producción de papel de diario».
La tontería es sublime. Brota como consecuencia del fantástico arrugue de barrera. De cuando La Elegida y El Furia amenazaban, acelerados, ya desde la banquina, con guillotinar a Héctor Magnetto. Se lo merecía. O con declarar, a Papel Prensa, como «zona liberada de la aftosa de Clarín». Para finalizar con dos muestras gratis de enorme ternura cívica. Ante el aplauso, con chispitas, de los incondicionales. Y con la segura facturación de los tres empresarios que sobreactuaban, con sus presencias, la imagen patética del aislamiento.
Angelito Calcaterra, la señora De Bonafini, y Osvaldo Cornide.

Aún no se divulgan, acaso por misericordia, los sondeos que sucedieron al papelón. A la convocatoria para la epopeya de papel. La que les cortó la cadena del frío.
De todos modos, los gladiadores insisten. Abunda la intoxicación informativa para la sociedad contaminada. Sobre todo por la indiferencia y el hartazgo.

Pero la epopeya de papel no prende. Apasiona, apenas, a los periodistas, fascinados por la idea autorreferencial.
Para la mayor parte del pueblo -así sean persistentes víctimas «del monopolio»- Clarín tiene una gran utilidad. Resulta indispensable para vender (o comprar) un departamento en La Paternal. Un Peugeot. Acaso un Duna. Alquilar un local en Santa Teresita.
Por su parte, La Nación, más que centenario, es periodísticamente sustancial para saber quien se murió. Y consternarse.

Orquesta de señoritas

Infortunadamente, el Peronismo Federal, no acierta. Se encuentra acotado por la riqueza brutalmente desordenada de la dispersión.
Las vanidades de sus integrantes, las rivalidades, los celos mínimos, los acerca al universo musical de la clásica «Orquesta de señoritas», aquella obrita teatral que tanto luciera en los ochenta.
Les cuesta, a los federales, aprovechar las insólitas vulnerabilidades que les ofrece El Furia.
Se mienten demasiado entre sí.
Si se atrevieran, los federales podrían desalojarlo, a El Furia, aún más pronto. A más tardar en agosto del 2011. Pero le tienen más temor del necesario. Lo inventan. Lo agrandan.

El último churrasco fue ofrecido por Francisco Narváez, El Roiter, siempre dispuesto a liderar algo. A mostrarse como un par de Reutemann.
Es -Reutemann-, al decir de Rocamora, el brillante administrador de las propias vacilaciones. El introvertido que crece, políticamente, a partir de las evasivas.

Fue un churrasco para tres de los cuatro exponentes presidenciables del Peronismo Federal.
Intento demasiado explícito de marginar a Duhalde. Por ser portador de «política vieja».

Duhalde, el Piloto de Tormentas (generadas), viene algo devaluado. Porque, pese al quiebre de la cadena del frío, aún no se percibe, en el horizonte, ninguna tormenta digna de ser generada.

La política existe hoy, especialmente, en los pisos de la televisión por cable. A través de seres circunspectos. O en las mesas socialmente presentadas. Como la que tendió Narváez para sus churrascos. A los efectos de agasajar a los tres presidenciables. De la magnitud de Mario Das Neves, el Tenor Portugués. De Felipe Solá, el máximo referente del Peronismo Solitario. Y de Alberto Rodríguez Saa, líder de la Cataluña argentina. El Estado Libre Asociado de San Luis.

Con desaires de vodevil, como los de El Roiter, se trata de des-duhaldizar la orquesta del Peronismo Federal.
Duhalde paga, al contado, el precio de haber (casi) abandonado la cancha grande. Donde debía pelear, contra Kirchner. A los efectos de jugar, por afuera, un picado de potrero. Donde tampoco le aceptan, siquiera, la condición de estrella en retirada.
El pobre Piloto de Tormentas (generadas) tiene que amontonarse entre la ristra de postulantes. Para ser otro más. En el picado del potrero.

En la frontera de los 70 años, Duhalde ya está -puede decirse- demasiado grandecito. Nada tiene ya que aprender. Menos aún puede desconocer que de nada le sirve vencer, en una democrática confrontación interna, en el picado, a Solá, el peronista cada vez menos solitario. O a Das Neves, el Tenor de los agudos graves. O incluso al Alberto, que nunca terminó de convencerse que Duhalde no fue generador de la tormenta de verano que se llevó, desde Chapadmalal, al hermano Adolfo.
Tormenta que Duhalde supo, con eficiencia -cabe aceptarlo- pilotear.

Jorge de Arimetea
para JorgeAsísDigital

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