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Beto Magnetto Conducción

EL ARTE DE NARRAR (I): La epopeya se agotó en la Fase Uno.

Carolina Mantegari - 27 de agosto 2010

El Asís cultural

Beto Magnetto Conducciónescribe Carolina Mantegari
Editora del AsísCultural, especial
para JorgeAsísDigital

El Operativo Magnetto Conducción, que impulsaba el magnettismo, tuvo un comienzo tan desastroso como el Operativo Magnetto Destrucción. El que aún improvisa el gobierno furiosamente kirchnerista.
La epopeya magnettista constaba, según nuestras vertientes, de cuatro fases. Pero el proyecto se auto aniquiló. Por la trascendencia de la precipitada Fase Uno.
Más gravitante que el privilegio de protagonizar la gesta, para los protagonistas fue el arte de narrarla.
La epopeya se agotó en el vacío. Destino culturalmente manifiesto.

Filosofía revolucionada

Resulta improbable, por ahora, reactivar el Operativo Magnetto Conducción. Pese al severo papelón del antimagnettismo. Por las esquirlas del «Informe Moreno» (cliquear). En «El Cotillón» (cliquear también) de La Rosada. Transformado en «El bumerang» (idem).

El Operativo Magnetto Destrucción iba a germinar el tercer acto (en importancia) espantoso del kirchnerismo. Después de la Contracumbre de Mar del Plata. Y del desaforado amontonamiento en el Congreso, previo al «no positivo» de Cobos.

Infortunadamente, el lanzamiento gastronómico del Operativo Magnetto Conducción iba a ser igualmente fatídico.
La Fase Uno se pulverizó en el primer ágape que debió haber sido discreto. Confidencial. Secreto. En el país de las lenguas largas y de las ideas cortas.
Lástima que aquel primer ágape haya sido también el último.
Los invitados del conductor Magnetto (Duhalde, Narváez, Reutemann, Solá y Macri), e incluso el propio Magnetto, el anfitrión, se encuentran, en su totalidad, bajo la sospecha de haberlo narrado. Botoneado. A dos periodistas. De La Nación y de Ámbito Financiero.
Instrumentos poderosos, hoy, los periodistas. En el país de vanguardia donde se revolucionó la filosofía. Compasión para Heidegger. Deleuze. Satisfacción para Lipovetsky.
Aquí el Ser -más que nunca- es sólo aparecer.
El que no aparece no es nadie. Es la Nada. Sonó.

«El copetín» de Vilma

El atributo desconocido de Héctor Magnetto, para el rol histórico de conductor, de aglutinador del antikirchnerismo, despuntó como armador del Peronismo Federal.
La epopeya trunca comenzó, según nuestras vertientes, en los salones de la residencia de la señora Vilma. Es la embajadora Martínez, de los Estados Unidos. A pesar de la buena señora «de su casa». Porque la excelencia Vilma, como los inocentes (norte)americanos, sólo brindaba el escenario. Los saladitos. La Coca light. Los budines del cóctel. En la ceremonia habitual de la diplomacia que Julio De Vido supo rebautizar, en su antigualla, como «copetín».

En un dilatado aparte de El «copetín» de Vilma, se lo pudo distinguir a Jorge Rendo. Trátase del extenuado lobista del Grupo Clarín. Coautor de la invalorable Ley Cultural. La que salvó del cadalso, gracias al estadista Duhalde, al Grupo Clarín.
Rendo confidenciaba sus secretos espirituales con Miguel Ángel Toma. Trátase -Toma- del «cuadro» del peronismo porteño, que fue Señor 5. O sea, jefe de los espías. Por lo tanto Toma contiene -como Tata Yofre- el habilitado encanto del enigma. La vocación conspirativa para el misterio.
Interlocutores de ambos (Rendo y Toma) coinciden en afirmar que, en El copetín de Vilma, de «la embajada», la «única», surgió la idea providencial de reunirlo al «Beto». Como lo llaman, en intimidad, a Magnetto. Reunir al Beto con los patriotas sustanciales del Peronismo Federal.
Al grupo fundacional, compuesto por Rendo y Toma, se les une, inmediatamente después, El Sobrinísimo. O sea, Pablo Casey.
El Sobrinísimo es sobrino de «El Beto».
Casey transporta el estandarte de monarca heredero del imperio maltrecho. Descuajeringado, a partir de la confrontación con El Furia.
El Kirchner que el Grupo Clarín, en definitiva, se merece.

Avenida Alvear

El Trío Fundacional (Rendo, Toma, Casey) acordó la programación de la comida ilusoriamente reservada. En la residencia de Magnetto, el Beto Conductor, pero sólo por el mérito de haber sido declarado el enemigo número uno de Kirchner.
Es en el costado incierto donde suele confundirse la calle Arroyo con la Avenida Alvear. La avenida refinada que tan acertadamente describiera, en su novela homónima, Socorro González Guerrico. O Manuel Mujica Lainez. Con linderos de la dimensión del Jockey Club (temática de Beatriz Guido). O la embajada de Brasil. O el piso de Los Badaracco.

La discreción, en la política argentina, es el valor que se pregona. Pero, activamente, no se ejerce.
La entelequia voluntaria del Peronismo Federal se impone como una orquesta de vanidades. Integrada por 14 ejecutantes de cámara. Pero ellos también tocan la música que les compone, de manera indirecta, El Furia. Es Kirchner quien los moviliza.

Por lo tanto, El Trío acordó la organización de dos ágapes. Con dos tandas de peronistas federales. A pesar de los litigios simulados del protagonismo. En el peronismo dirigencial nadie quiere quedar demorado para la segunda tanda. Pero era numéricamente imposible que los 14 formaran parte de la Fase Uno.
Sin embargo, con la preselección, quedaban afuera dos patriotas de la jerarquía de los hermanitos Rodríguez Saa. Del Estado Libre Asociado de San Luis, la Cataluña argentina.
Se olía entonces la sutileza próxima del desaire.
Quedaba también afuera Puerta, el digno vicepresidenciable. Y también Romero. Rezagados ambos para la Fase Dos.
Pero Romero se sentía incómodo, según nuestras vertientes, al ser conducido, eventualmente, por Magnetto, el jefe del Grupo Clarín, que siempre lo castigaba.
(Bastaba, sin ir más lejos, que en Salta se desbordara un puentecito, para que fueran los enviados especiales de TN, con el objetivo de masacrarlo cada media hora).
De últimas, Romero nunca iba a asistir a ninguna Fase Dos. A lo sumo lo hubiera mandado, en su lugar, a Torres, el «Angelito». Esternón del romerismo.

De acuerdo al esquema imaginado por el Trío Fundacional, la Fase Tres consistía en llevar, hacia la Avenida Alvear (que se confunde en el triángulo con Arroyo), al denominado pan radicalismo.
Con las figuras estelares, Cobos y Alfonsín. Con el tercero en concordia, Sanz. Con Binner, el vicepresidenciable incluido. Alucinaban, además, con la presencia de la adjetivación exactamente insolente de la señora Carrió.
Para reservar la Fase Cuatro, según nuestras vertientes, con la izquierda presentable. La progresía que lidera el fervoroso dirigente universitario Fernando Solanas, el Pino. Junto a la socióloga Alcira Argumedo, discípula de aquel otro trío conformado por el memorable Aníbal Ford, Jorge Rivera y Eduardo Romano. Podían convocar, también, como nota de color, a Sabatella, Y hasta a Lozano, al menos para aburrirse un poco, junto a otros progres de colección, que no tuvieron tiempo para confirmar.
Porque la epopeya lastimosamente se evaporó en la Fase Uno. En la comida indigesta. Donde el Conductor, el Beto, recibió a Duhalde (que debió haber sido el anfitrión real, si se ponía los largos). Y a Narváez y Macri, la dupla melancólica de los seductores deteriorados. A Felipe Solá, caudillo del peronismo solitario. Y para completar una buena mesa, nada mejor que un Reutemann, cosecha 2010.
Pudo más, en la Fase Uno, la desesperación inconteniblemente literaria por narrarlo.
«Se chocaban los comensales para contárselo a los periodistas», confirma la Garganta.
Como predomina la descalificación recíproca, abunda la sospecha recíproca por el nunca asumido arte de narrar.
Cabe la posibilidad, incluso, que se haya tratado de una ratonera estética. Ofrecida, off the record, por el propio Magnetto. Con la perversidad del gran conductor, catapultado -el Beto- como líder de masas.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

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