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El aplique

Después de Bielsa y Taiana, Timerman es, para Venezuela, el Tercer Canciller Paralelo.

Jorge Asis - 12 de julio 2010

Artículos Nacionales

El apliqueescribe Jorge de Arimetea
Historia Contemporánea del Presente
especial para JorgeAsísDigital

«En sintonía con Julio De Vido, Claudio Uberti manejaba, para la Argentina de Kirchner, la relación bilateral con Venezuela»…
«La cancillería se transformó en el adorno prescindente». «El aplique pintado»… «Pudo descubrirlo el embajador Sadous»…
«Al confirmar por escrito, hacia el aplique de la cancillería, sobre la desaparición fiduciaria de decenas de respetables millones de dólares, Sadous signó la decapitación profesional de su destino».
Osiris Alonso D’Amomio

«Cancillería como aplique». Para entender el concepto, debe aludirse al texto de Osiris Alonso D’Amomio («La guerra de Chávez y Uribe», cliquear).
Sin embargo, para Timerman, la «cancillería paralela nunca existió». Infortunadamente, en lo que atañe a la Venezuela Bolivariana, se equivoca. La «relación bilateral con Venezuela» se manejaba desde el Ministerio de Planificación. Kirchner. La «diplomacia estaba de adorno». Era el «aplique» de la decoración.
Héctor Timerman tendría que esmerarse para recuperar, saludablemente, el dominio de Venezuela. Instruir al camarada Sigal y -sobre todo- al embajador Jamer. Para no transformarse, con respecto a Caracas, en el Tercer Canciller Paralelo del kirchnerismo.
Después del Canciller Rafael Bielsa, el Rafa I. Y del Canciller Jorge Taiana, El Inadvertido.

Por lo que trasciende, Timerman decidió despreocuparse del manejo cotidiano de la cancillería que no conoce. El forastero delegó las funciones en el embajador Alberto D’Alotto. Es el vice canciller que le ordena la estructura (es aquel que compasivamente le atendía el teléfono, cuando Taiana -al embajador en Estados Unidos- no lo quería escuchar).
Ahora Timerman prefiere ofrendarse en las turbulencias envolventes de la figuración. Decidió cargarse, al hombro, al desventuradamente pesado gobierno kirchnerista. Se entrega fervorosamente a la utopía de levantarlo de la lona. Hasta erigirse, por los propios méritos de locuacidad, en el mascarón de vanguardia que arremete, con frontalidad, contra Clarín. Capacitado hasta para pelearse, a través de la modernidad del twitter, con Alconada Mon, el «novelista» de La Nación.
Conste que Timerman vino a copar. Desplazó del escenario mediático, en la práctica, a Aníbal Fernández.

Embajada de Planificación

Para no deslizarnos en el exceso del autobombo lícito, basta con releer un texto de Martín Piqué, de diciembre del 2005. Es de (la Secretaría de Estado de) Página 12.
«En el Gobierno descuentan que el ministro De Vido pretende que la embajada en Caracas quede bajo su área de influencia».

Significa que nadie podía alegar desconocimiento. Menos aún desde la Casa Casta. En el 2005, trascendía la desdichada peripecia del embajador Sadous. Arrastraba pudorosamente la historia, con que solía cargosear a los colegas. Y a quien quisiera escucharlo, en un marco de indiferencia generalizada.
Cinco años después, cuando la historia es comentada hasta en los talleres mecánicos, por los encargados de consorcios y los vendedores de hortalizas, lo convenientemente aconsejable, entre los pasillos de la Casa, es formar fila para esquivar a Sadous. El embajador porta -pobre- la mancha venenosa.

Con el digno espanto del puenteado, Sadous había suscripto el cable escrito, por su instrucción, por el ministro Álvarez Tufillo. El Porotero. Como llaman, en la Casa Casta, a los funcionarios que proceden de Comercio Exterior (los Poroteros fueron diplomatizados compulsivamente por el inolvidable Canciller Domingo Cavallo. Al que nadie, en realidad, se le hubiera atrevido a «paralelizarlo» con facilidad. Salvo, claro, Alberto Kohan).
El cable de Sadous-Álvarez Tufillo circulaba, en fotocopias multiplicadas, por los escritorios. Sin provocar, siquiera, migajas de asombro.
La justicia entonces no podía intervenir. Tampoco aún se atrevía a intervenir el periodismo, mayoritariamente acotado. Complaciente, por el pragmatismo repulsivo. Y por la carencia específicamente conmovedora de arrojo profesional. En el festival de la prescindencia se anotaban, por supuesto, un inquietante porcentaje de políticos que se entregaban a la placidez del colaboracionismo, y el cinismo de la complicidad.
(La excepción -nobleza obliga- era la señora Carrió).

Sexo político de catorce metros

En aquel final del 2005, después de haberle perforado la provincia de Buenos Aires a Duhalde, El Furioso, o sea Kirchner, consolidaba la hegemonía. Confirmaba la teoría del crecimiento a partir del conflicto multiplicador. Demolía la fragilidad argumental del consenso. Pulverizaba. Gran cazador de leones enjaulados.
Para ser groseramente gráficos, El Furioso disponía de un sexo político de catorce metros. La hegemonía del poderío se le mantuvo erecta hasta mediados del 2008. Hacia finales del 2009, el miembro se encontraba para la misericordia.
En julio del 2010, pese a la fantasía mediática de la recuperación, el sexo político del personaje de referencia se encuentra tristemente abreviado. Sin consistencia. Morcillón.
Aquellos que lo celebraban, los que competían por acariciarlo, hoy toman estratégica distancia. Se lavan las manos. Se higienizan con las gárgaras.
Hoy se atreve a impugnarlo, al Furioso, cualquiera, desde el periodismo. Hasta se le insolentaron los equilibristas de la política.
(Carrió, pobre, fue superada como antagonista. Es apenas otra impugnadora del montón).

Pintoresquismo

El «descascaramiento» dejó lugar al descalabro. Se asiste, hoy, al escenario más pintoresco.
Los kirchneristas que no se llevaron ninguna moneda son los que tienen que poner la cara, en la televisión, por los kirchneristas que se la llevaron toda. Los que ni siquiera la cuentan. La pesan.
Pese al apasionamiento recaudatorio, los máximos responsables del fenómeno acumulativo, de tan inexpertos o voraces, no supieron aprovechar los atributos de la impunidad.
Distan de ser profesionales. Los usureros básicos dejaron marcas de los dedos, por doquier. Sólo están capacitados para deslizarse, entre los cueros sutiles de la marroquinería, con la absoluta seguridad de carecer de impugnadores.
En cuanto se les desmoronó una estantería, o por descuido se les descubrió alguna de las innumerables valijas de Antonini, ingresaron en el territorio del desconcierto. Antesala del pánico.
Entonces los que tienen que salir a defenderlos son los kirchneristas piadosos. Los ilusionistas que suponen participar de la última revolución. Suelen batirse, en emisiones de cable, a los efectos de cubrir, con palabras, a los que cobraron en especies. Sin -lo peor- conjugar el verbo coparticipar.

Si la prioridad consistía en la recaudación, debieron, por lo menos, ser prolijos.
Sin ir más lejos, al embajador Sadous, debieron haberlo trasladado de entrada. Hacia cualquier destino donde no circularan efectividades anímicas. Para designar, en su reemplazo, otro embajador. Un «Artículo quinto» que instalara, sin contratiempos desagradables, la prolijidad administrativa. Alguien, por ejemplo, de la categoría intelectualmente moral de Claudio Uberti. Al que por entonces sólo enfocaba, en principio, el Portal (por pudor no se lanzaban los datos infortunados de la biografía. Hechos acaecidos en Rosario. El pasado, en la Argentina, se asemeja en general a un prontuario).
Uberti hubiera preferido ser el embajador. Plenipotenciario y Extraordinario (para admiración de quienes lo vieron crecer en el pueblito santafesino).
Pero aquel kiosquito de la Venezuela Bolivariana, para los intereses ideológicamente superadores que representaba Uberti, era sólo otro kiosquito del montón. De los innumerables que debía atender. Aparte de las autopistas, una changuita. Con el encanto de sus corbatas luminosas, y -sobre todo- con el señuelo de su secretaria inverosímil. Y con el amparo, espiritualmente sublime, que le proporcionaban los dos jefes políticos.
De Vido, o, exclusivamente, El Furia. Al que tenía acceso directo, facilidad que lo envanecía.

Rafa II

La historia contra fáctica sirve, tan sólo, para el entrenamiento de la imaginación. Tema para libros de Rosendo Fraga.
La verdad es que De Vido, Uberti, y hasta El Furia, acerca de la gravitación que podía presentar la nueva Venezuela, dormían la siesta. Podía -la Venezuela Bolivariana- convertirse en la flamante Madre Patria que se necesitaba.
Quien les abrió las puertas verdaderas de Caracas, y los despertó de aquella siesta del desconocimiento, fue, según nuestras fuentes, Rafael Folonier.
Es el Rafa II. Es el otro Rafa. El verdadero «Canciller en las sombras».
Para colmo, el Rafa II mantiene un defecto que deriva en la vulnerabilidad estructural. No le interesan los negocios.
Es precisamente de los kirchneristas que no se llevaron ninguna moneda (al menos, le cabe el elogio de saberlo disimular).
Aunque sorprenda, abundan los kirchneristas sanos. Los decentes, los honestos, son siempre los peores. Porque sostienen la vigencia del gobierno estructuralmente corrupto.
Son los habituales perdedores que creen -más por convicción que por romanticismo- en la feroz antigualla de la política, como instrumento transformador de sociedades.
Y hasta deben suponer, en la fatalidad del desborde, si los apuran, que «el kirchnerismo marca generacionalmente, en la Argentina, el límite de la revolución posible».
Unos teorizan. Pocos recaudan.
Entre tanta colección de impresentables que participaban del pretexto de la revolución latinoamericana, el Rafa II estaba en contacto afectivo con Alí Rodríguez Araque. Era precisamente el hombre fuerte de PeDeVeSa. Petróleos de Venezuela (el baluarte del bolivarianismo terminaría, pocos años después, excitado como cualquier adolescente con ojeras. Fascinado por el señuelo de la secretaria inverosímil de Uberti. Don Alí quiso, incluso, según nuestras fuentes, que la esquiva Victoria se le instalara en Caracas. Para mantenerla cerca de su pasión no correspondida. Pero de ningún modo. La bella Victoria era parte sustancial del equipo que tenía Uberti para atender los kiosquitos).

Para emprolijar la pasión insaciable por la marroquinería, y evitar que les apareciera, en el horizonte diplomático, otro Sadous, podían también haberlo designarlo embajador a Folonier.
Pero había dos inconvenientes para hacerlo, al Rafa II, Artículo Quinto.
Primero, no quería irse de Buenos Aires (incluso lo resiste hoy, cuando lo tientan -por su amistad con Mujica- para destinarlo en Montevideo).
El Rafa II estaba agradablemente cómodo con las travesuras geopolíticas. De las que Bielsa o Taiana se enteraban, en ocasiones, por los diarios.
Folonier construía desde la secretaría de estado del ministerio del Interior, que dependía de Aníbal Fernández. Entre las «hazañas» (que se pueden contar), produjo el acercamiento, hacia los Kirchners, de un tal Correa, cuando era un desconocido postulante para el Ecuador. O para tramitar, tendenciosamente, la inclinación electoral por Tabaré. Cuando El Furia, en su delirio, y por afinidad política, suponía que podía resolverse la irritación de las papeleras del Uruguay. O consolidar, en Bolivia, el acercamiento con el Evo, para desconfianza simultánea de los gobiernos de Chile y del Brasil. O para dedicarse al paciente armado de la cumbre (y lo peor, la contra-cumbre de Mar del Plata), para volverse después con Chávez hacia Caracas (ver «Papas de Balcarce», cliquear). O con el divertido destronamiento gallego de don Fraga Iribarne, a los efectos de militar para que los gallegos domésticos sostuvieran electoralmente a Touriño (o ahora, ya desde la Unidad Presidente, a los efectos de conseguir el apoyo oficial para Marcos Ominami, en contra de Piñera. O ser el auténtico jefe de campaña para coronar a Kirchner en el delirio brasileño, y anti mejicano, de la Unasur).
Pero el motivo principal para no ser el embajador era, según nuestras fuentes, el segundo. Más decisivo. El Rafa II no servía para los negocios. Le interesaba más la inutilidad fáctica de la ideología.
Debe siempre desconfiarse del despistado que descree de los beneficios morales del Sistema Recaudatorio de Acumulación.

Copetines

En definitiva, nada tenía que hacer un Sadous, miembro de número de la Casa Casta, en el supermercado incontrolable de la Venezuela Bolivariana.
La diplomacia profesional estaba completamente de adorno. Para «los copetines», como devalúa De Vido.
La cancillería, en Caracas, era el aplique de decoración que describía D’Amomio. Es precisamente lo que Uberti mandó decirle a Sadous. Con rescatable franqueza. Por intermedio de El Porotero.
«Que no joda Sadous, ni se meta» porque Venezuela la manejaba Planificación.
Lo dijo, acaso, con un estilo ligado -como puede percibirse- a la escuela diplomática veneciana. Con influencias renacentistas, más bien leves.

Jorge de Arimetea
para JorgeAsísDigital

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