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Bashar al Assad, el oftalmólogo

Llega el Presidente de la República Árabe Siria. Es miembro de número del Eje del Mal.

Jorge Asis - 2 de julio 2010

Artículos Internacionales

Bashar al Assad, el oftalmólogoescribe Jorge Asís
especial para JorgeAsísDigital

Como estadista, Bashar al Assad es un idóneo oftalmólogo.
45 años. Presidente, por casualidad, de la República Árabe Siria. De carambola. Por la muerte accidental de Bassel, el hermano que lo preparaban para el oficio cruento de gobernar.
Bashar debió abandonar Londres, a los efectos de obedecer la pasión dinástica de Haffez al Assad, el padre.
Haffez no era precisamente el demócrata ejemplar, respetuoso de la tolerancia (indagar sobre la masacre de Hama).
Como Bashar iba a ser el irremediable heredero, debía formarse. Como un hombrecito. En las durezas honorables del militarismo, que Siria padece desde 1963.
Antes de morir, en el 2000, Haffez, el déspota inteligente, le pasó, a Bashar, el sabot del poder. Con los sirios adentro.

Ejes del Mal

Diez años después, Bashar culmina, en el menos plácido Buenos Aires, la peregrinación por cuatro «países latinoamericanos».
El primero, Venezuela, derivó en una escala festiva, excesivamente cordial. Como el segundo, Cuba. O el tercero, Brasil.
Argentina presenta el único tramo políticamente problemático.

De los pocos presidentes que entienden algo de geopolítica, Hugo Chávez pretendió colarse hasta en la calificación despreciable. El bolivariano se ufanó de ser miembro del «eje del mal».
Para los (norte)americanos, maldito no es el sólo aquel que quiere serlo. Hace falta poner algo más que adjetivos.
Bush introdujo, en la agrupación «Eje del Mal», como miembro de número, a Siria. Junto a Irán y Corea del Norte.
Entre carcajadas inofensivas, con generosidad frontalmente maléfica, Bashar, el oftalmólogo, lo propuso a Chávez. Como Secretario General del Eje del Mal.
De todos modos, la alianza de hierro Chávez la mantiene, operativamente, con Mahmud Ahmadinejad, el presidente de Irán. Y Siria es, en la materia, un apéndice geopolítico de Irán.
A Irán, Siria lo apoyó en la devastadora guerra contra el Irak. Cuando Sadam Hussein se ofrendaba por los intereses de la Arabia Saudita, en los días en que Komeini pretendía llegar hasta La Meca.
Pero los sauditas -como los americanos y franceses- a Sadam distaron de pagarle bien.
Los profanos en la región aún se sorprenden porque Siria, que es una entidad árabe, se haya aliado con Irán, que es mayoritariamente persa. En contra, para colmo, de otro país árabe. Irak. Con otra rama adversa del mismo partido. El Baaz.
La explicación elemental pudo haber entusiasmado a Samuel Huntington. Cuando se inspiraba -Huntington- para gestor de aquel exitoso texto de autoayuda, «Choque de las civilizaciones».
Ocurre que el poder, en Siria, lo usufructúa, de manera férreamente totalitaria, la minoría alauita, casi una secta (en versión sunnita) a la que pertenece Bashar. Representan -los alauitas- alrededor del 12 por ciento de la población siria, también musulmana pero de mayoría sunnita (alrededor del 70%).
Y los alauitas mantienen una alianza, ancestralmente cultural, con los musulmanes chiitas, la mayoría que mantiene el poder en Irán.
(Sorpresas de la historia, Irán resultó finalmente vencedor de Irak, en el segundo lustro de los dos mil, y sin disparar un solo balazo. Merced a la catastrófica intervención de los americanos de Bush junior, los ingleses de Tony Blair y los españoles inflamados del chaplinesco Aznar. Tres estadistas equivocados que posaron, glaciales y solemnes, en las Islas Azores. Con el propósito cumplido de enviar sus comandos en la búsqueda del armamento de destrucción masiva. Derivó en la estafa trágicamente imperdonable. El armamento sólo habitaba en la imaginación de los mercaderes de la industria de la defensa. Ampliaremos).

Terminales

De la hilarante charlatanería de Chávez, el hijo de Haffez, Bashar, el oftalmólogo, partió hacia La Habana.
Se asistía, en realidad, a la prolongación de la alianza de hierro entre Caracas y Teherán. A través de las recurrentes sucursales.
Porque Chávez, en la actualidad, representa la estación terminal del extraño comunismo de Cuba. Como Irán es, del mismo modo, la terminal de Siria.
En el fondo, Siria es el país admirable. Hace de la intrínseca debilidad una fuerza indispensablemente atendible. La fragilidad estructural se enriquece por las virtudes de la geografía. Hasta imaginarse como potencia regional. Por sus fronteras siempre conflictivas con Líbano, con Israel (que es Palestina, y viceversa), y con Irak. Queda la complejidad de Turquía. Para terminar con la apacible Jordania, el bello paisito transformado, desde la muerte del Rey Hussein, en un paseo de paso. Vale siempre la pena correrse hasta Petras.
Los optimistas, en la plenitud del desborde, mencionaban el «Eje Cuba- Venezuela- Siria e Irán». Con otros asociados en la región que cuesta asumir. Deben ser demasiado explicados.
El Hizbollah, en El Líbano (que se ufana de ganarle una guerra al ejército israelí). Y el Hamas, en Palestina.
Chiitas racionalmente radicalizados, que mantienen la influencia en el campo de concentración sin barracas, consagrado como la Franja de Gaza. Donde los israelíes, con la obsesiva complicidad de los americanos, cometen, aún, latrocinios estremecedores. Justificados sólo por los intelectuales impregnados de la judeofilia también radicalizada. Abanico de pensadores que atraviesa desde Pilar Rahola hacia Bernard Henry Levy. Hasta llegar a los domésticos Marcos Aguinis y José Eliaschev.

De Cuba, Bashar pasó al Brasil.
La parada, aquí, fue otra suerte de remanso. Contenía la mansedumbre de una masita.
En momentos de euforia mundialista. En los tramos en que Brasil intenta, exitosamente, la pedantería de suponerse en condiciones de intermediar en el complejo mosaico del llamado Medio Oriente. Alucinación que le estimula, también, el aislamiento del socio repentino, inesperado. Es lo único que Lula comparte con Chávez. El acercamiento con Mahmud Ahmadinejad.
Es la alianza que signa la estrategia del petróleo. Le permite, a la inflamación del Brasil, la impostura olímpica de irritar a los Estados Unidos. Pero a los efectos de transformarse en el principal interlocutor. Para satisfacción crepuscular de los vecinos entregados del sur. Los que se auto devalúan irresponsablemente. Los que casi se conforman con el cipayismo de imaginarse, sin estupor, como habitantes de una región situada debajo del Brasil.
Sin la pasión por la oratoria devastadora, que caracteriza a los desaforados Ahmadinejad  y Chávez, Lula aspira, también, a marcar distancias con Estados Unidos.
Pero a no confundirse, es para acercarse más.

Final del viaje

Los discursos, como la firma de los convenios intrascendentes, complementan la inalterable nota de color. Deriva en la reunión del visitante, Bashar, el oftalmólogo, con los melancólicos miembros de la comunidad árabe siria del lugar. Es seguramente la parte más grata del trayecto.
Es el instante menos hipócrita que puede depararle, a Bashar, la escala que se inicia hoy en Buenos Aires.
Pero debe cumplimentarse la visita protocolar a las autoridades argentinas que hicieron, de Irán, el máximo vínculo de unión -y probablemente el único-, con los Estados Unidos.
Conste que en la Argentina, como dato rigurosamente comprobado, se cree que los iraníes, por intermedio del Hizbollah libanés, fueron los responsables del miserable atentado contra la Amia, la mutual judía. Vale. Es perfectamente admisible la teoría para salir del paso. A condición de no tomar la construcción en serio. Ni faltarle el respeto a los que conocen la temática. Y no se tragan, sin masticación, las operaciones serviciales.

Sin embargo, deben imperar los modos diplomáticos. Suplicar que, en lo posible, la señora presidente, Cristina Fernández, no se deslice por los arrebatos fatales de la frivolidad académica. Con la locuacidad que, cuando se pone incontenible, la induce a bajar línea. Como si estuviera en Toronto. El escenario es tentador. Sobre todo porque va a  tener enfrente a Bashar Al Assad. Un par que representa, pese a sus modales londinenses, la figura más despreciable para el deseo imaginario de su cuadratura. A un régimen militar. Totalitario. Que no vacila pasar por las armas a aquel que ose impugnar su poder. Donde no existe «libertad de prensa». Ningún Clarín para pelearse. Y abundan, si se indaga, centenares de presos políticos, que se aventuraron en la mera sospecha de disentir.
De todos modos, el canciller Waled Al Moualen va confraternizar con su par, el canciller Héctor Timerman. Se firmarán un par de convenios. Y con seguridad nunca se va a caer en la escenografía del ridículo. Como aquel espanto producido durante la visita de Obiang, el presidente de Guinea Ecuatorial.
Al lado de los Assad, comparativamente, Obiang es un tibio socialdemócrata.
Para no incomodar a la señora Bouthaina Shaabam, feminista de exportación, autora de «Mujeres árabes», consejera de comunicación, es de esperar que tampoco surja ninguna alusión a las investigaciones derivadas de la Resolución 1757, del Consejo de Seguridad. Trata sobre el incorrecto asesinato de Rafik Hariri, el acaudalado que fuera Primer Ministro de El Líbano.
El articulista lo conoció a Hariri en París. Volvió a verlo en Buenos Aires, en un viaje casi inadvertido por el desconocimiento profesional de los especialistas. Amigo de amigas comunes, como la inolvidable Lena, el gordo multimillonario, Rafik Hariri, estimulaba la jactancia desaconsejable de no definirse, en El Líbano, como pro sirio. De creer -peor aún-, que pese a las devastaciones, El Líbano de los cedros aún podía ser un gran país. Tan próspero como bello, turístico, rebosante de bancos y libre. De ningún modo un costado lateral de la incesante construcción de ruinas. Un enclave postergado, que evita la ilusoria gestación de la Gran Siria.

Jorge Asís
para JorgeAsísDigital

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