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La gobernación de Pérez

BUENOS AIRES, LA PROVINCIA INVIABLE (III): Scioli, el Líder de la Línea Aire y Sol con fe y esperanza, peregrina en helicóptero, por la reelección.

Oberdan Rocamora - 24 de junio 2010

Miniseries

La gobernación de Pérezescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

«La presidencia está para cualquier gil. El problema es ser gobernador de Buenos Aires».
Con extraña mezcla de resignación y cinismo, abundan los mini gobernadores que se enrolan en la invariable reelección de Scioli. Sólo por atreverse a quedarse, lo respetan. Por no hacer «la gran Ruckauf». O sea, lo humanamente imposible por disparar.
Pero distan -cabe consignarlo- de estar conformes con Scioli.
Se encuentran mayoritariamente atados, en el plano nacional, a la arbitraria generosidad de Kirchner, el Banco.
«Mientras Kirchner ponga, la lealtad está garantizada», confirma la Garganta.
Significa que los caudillos contemporáneos hoy son kirchneristas contratados.
Hablan, en un ochenta por ciento, con Duhalde, que «no los gira». Pero tampoco los contrata.
Entonces ¿para qué cambiar?

Los mini gobernadores, los consolidados en sus distritos, no aspiran a «elevarse» hacia la gobernación.
Entre San Miguel y Hurlingham, algunos creen, ilusoriamente, que Jesús Cariglino, el mini gobernador de Malvinas Argentinas, desde Los Polvorines «podrá largarse».
No quedan más abnegados para elegir. Debe excluirse, de la descripción, a los dos audaces intendentes. Los jóvenes que se encuentran, en la profesión, de paso. Tratan de posicionarse y escalar.
Es el pícaro condecorado por las encuestas, de origen liberal, Sergio Massa, el treintañero de El Tigre. O Bruera, de La Plata.
Los retratados en la postal del llamado «sub 45». Junto a los ascendentes Monzó, Breitenstein, y sobre todo Urtubey, el máximo referente generacional, que alcanzó la gobernación de Salta.

Entre los que se encuentran en condiciones de postularse, la alternativa de menos riesgo es la presidencial.
En la superstición del peronismo, se asiste al caso Narváez. El Roiter. Aquel que tenía, diseminado entre las gigantografías de su rostro, un plan.
Trasciende que Narváez también prefiere disparar de la provincia que le proporcionó el único triunfo. La indefinición lo diluye.
Otro que podía haber sido, Felipe Solá, también disparó. Aunque sin seguir los pasos de Ruckauf.
Tampoco puede omitirse a Duhalde. Que también fue -como Solá y Ruckauf- gobernador.
Probablemente ellos pugnan por elevarse. Porque la provincia les queda chica. O porque consideran que los problemas estructurales, de la provincia, sólo pueden ser resueltos desde la presidencia.
En el marco del federalismo nominal, casi frívolo, cuesta convencer que Buenos Aires representa el prioritario problema nacional.
Que la Argentina nunca va a encarrilarse si es que no se resuelven, o al menos se atenúan, los dilemas colosalmente infernales de la provincia inviable. Con las desventuras, podría confeccionarse un catálogo interminable. Atraviesan, de manera transversal, desde el delito, o el pecado, hasta la ecología.
Se convive con la superpoblación que contiene, en algunos tramos, ciertos atisbos de barbarie que hubieran horrorizado a Sarmiento, el propagador del espejismo maniqueo de la civilización.
Tampoco la provincia va a encarrilarse si es que no se atemperan, antes, las necesidades del conurbano bonaerense.
Es donde tallan los sustanciales mini-gobernadores. Los que se creen, con cierto derecho, tan importantes como el resto de los gobernadores del país.

Profecía cumplida

Suelen quejarse de Scioli. Confirman -los mini gobernadores- que nunca lo ven. O que, cuando lo ven, generalmente en los actos, nunca pueden hablar con él.
«Les cuesta sentarlo y cerrar algo», confirma la Garganta.
«Mucho helicóptero», reprocha un mini-gobernador. Ocurre que el Líder de la Línea Aire y Sol, en su peregrinar, visita a veces cinco o seis localidades por día.
Pero, según el relato, Scioli se va enseguida. Entonces tienen que hablarle (o sea mangarlo) precipitadamente. A veces, hasta a los gritos, por el intolerable barullo del motor, siempre en marcha, del helicóptero.
A los apurones, cuentan que el Gobernador les dice siempre que sí. «Con fe, con esperanza, y siempre para adelante». Pero se raja.
Significa que «nada termina de cerrarse». O que, «si se cierra algo», queda siempre «en el aire», con la fugacidad del helicóptero. Porque -recriminan- no hay «seguimiento» de los temas.
Como si la gestión fuera, para Scioli, una persistente campaña cotidianamente electoral. Es la profecía cumplida de Dick Morris. La campaña electoral eterna.
Ocurre que el Líder de la Línea Aire y Sol tiene que estar presente en la mayoría de los actos donde La Elegida diserta. Donde ella ilumina a los semejantes. Y aconseja sabiamente a la humanidad.
Debe acompañarlo, también, a Kirchner, en su condición de vicepresidente de la superstición del Justicialismo.

Un tal Pérez

No puede evitarse entonces que se instale, entre tanto alejamiento, la inquietante versión. «El que gobierna, en realidad, es Alberto Pérez».
Pérez, el Premier de Scioli, es la figura principal de la administración. Tiene 44 años. Despacha el día entero.
Ciertos mini-gobernadores lo perciben, al tal Pérez, como otro forastero más. De los que llegaron, junto con Scioli, desde la capital.
Es llamativamente admirable la peripecia del funcionario, capitalizado por disponer de la mayor confianza de Scioli.
Al comienzo, para descalificarlo, decían que ningún mini-gobernador, a Pérez, le atendía el teléfono. Incluso, afirmaban que, a los efectos de instalar un canal eficaz de comunicación, entre la burocracia de La Plata y los mini-gobernadores, designaron, como coordinador, a Eduardo Camaño, un par que fue de Quilmes. Después, a Cacho Álvarez, el otro par, de Avellaneda, como ministro. Pero ambos caudillos llegaron con el aval -cuando no- de Pérez.
Ahora, aquellos que lo ninguneaban a Pérez, suelen quejarse, pero porque les resulta casi imposible llegar a Pérez.
«A Scioli, por lo menos, lo vemos en los actos. A Pérez lo tenemos que perseguir».
¿A quién le ganó este Pérez?

Lo cierto es que Pérez acumuló demasiado poder. Al extremo de calificarse, a Scioli, como un dependiente doble.
Porque el gobernador depende de Kirchner, que lo mantiene de clásico rehén. Pero sobre todo depende de la capacidad de gestión de Pérez. Es Pérez el que le tapa los agujeros. El que lo cubre. Le acapara las responsabilidades. ¿Gobierna?
El resto del gabinete, según nuestras fuentes, ya se le reporta a Pérez.
Sobre todo después que Pérez, con el aval de Scioli, pudo desprenderse de los funcionarios prehistóricos del sciolismo.
Los que acompañaban, a Scioli, desde la epopeya de vendedor de licuadoras. Cuando competía con Kuligovsky, y con otro Pérez (Pícaro). Desplazados, en el rubro, por la topadora de Garbarino.

Algunos de los desplazados se quedaron, en el camino, algo heridos, y con profundo rencor. Sin ir más lejos, el hermanito. José Scioli, alias Ay Pepito. Hoy convertido en primordial escudero del «roiterismo». Narváez lo exhibe, a Ay Pepito, como si se lo hubiera soplado a Scioli (del mismo modo que exhibe a Amoroso, oportunamente soplado a Macri).
Con «Ay Pepito», Pérez mantuvo una interna litigiosa por «los espacios». Una rivalidad basada en diferencias. Para los abundantes maliciosos, las diferencias eran recaudatorias. Espiritualidades conducentes.

Como sostiene un pensador positivista del peronismo, ineludiblemente anónimo:
«Gobernar no es poblar, Alberdi se equivocó. Gobernar es recaudar».

Otro gran damnificado, de Pérez, es Perelmuter. Trátase del contador que acompaña, a Scioli, desde la época febril de los ventiladores.
Pero también, para la popular, Pérez se lo cargó al mediático Montoya. Como lo despidió al doctor Zinn, que desde el ministerio pasó a C5N. O al «Chiche» Peluso, de los mejores amigos del Gobernador.
Por último, confirman que fue Pérez quien se lo cargó, para terminar la serie, a Carlos Stornelli, alias La Gritona. Para que toleren sus gritos, en adelante, en la Fiscalía.
A esta altura, los desplazados ya debieran ser lo suficientemente grandecitos como para convencerse que Pérez hace, exactamente, lo que Scioli -«con fe y con esperanzas»-, le pide.

«Scioli se pasea en helicóptero y escucha los discursos de Cristina, pero es Pérez quien gobierna».
Cuentan que Pérez gobierna con la «banda burocrática de La Plata». Y con los forasteros que trajo de la capital.
«Sólo preocupados por la recaudación, y nos dejan con los quilombos del conurbano, sin darnos b…, para que nos arreglemos, como sea».

El Alfonsinito

Entonces es comprensible que todos quieran disparar de la provincia inviable. Que Duhalde, Narváez, Solá, incluso Kirchner, que también amaga, prefieran anotarse para el cargo más honorable. El menos complejo. La presidencia.
Por si fuera poco con los peronistas presidenciables, se les incorpora, también, en la preferencia, o en la modalidad, el Alfonsinito radical.
Justo cuando el radicalismo encontraba, por fin, en Ricardo Alfonsín, un candidato potable para la gobernación. El clonado que resultaba, de pronto, superior al modelo inspirador. La fotocopia parecía más clara que el original.
Pero bastó un triunfo banal, en una interna que sólo emociona al autismo de los radicales, para que Alfonsín, el Alfonsinito, decidiera también saltar hacia la más cómoda. La presidencial. Para abandonar, también, la «papa caliente» de la provincia inviable. La crepitante y postergada Buenos Aires, el dilema fatal del país.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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