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Separar «La Nación» de «Clarín»

GUERRA DE CONVALECIENTES (IV): Estrategia de los Kirchner y Moreno, para celebrar el Día del Periodista.

Jorge Asis - 7 de junio 2010

Miniseries

Separar La Nación de Clarinescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

A través de «los muchachos» especializados, Guillermo Moreno suele ufanarse de la capacidad para «partir columnas».
En un rapto de coherencia, los Kirchner, a través de Moreno, se proponen partir la columna que unifica, aún, a La Nación con Clarín.
«El tema, chicos, no es con ustedes. Córranse».
Es el mensaje que Moreno, en la práctica, suele transmitirles a los representantes, en las reuniones de Papel Prensa, de La Nación.
Para despegarlos de la Guerra de Convalecientes. Entre Kirchner y Clarín.

Moreno es el inamovible inquilino de la Secretaría de Estado de Comercio, que depende, sólo en los papeles de la estructura, del Ministerio de Economía. Se transformó en el animador de las asambleas mensuales de Papel Prensa. Pese a que, de los diez directores, son sólo tres los que representan al estado. La figura fuerte, por ser tan dura como el propio Moreno, es la señora Beatriz Paglieri.
Sin embargo, la minoría ejecutiva se transforma en mayoría política. Es Moreno quien se apropia, en las asambleas, de la palabra. Las demás son interrupciones.
El jueves último, directores y accionistas de Papel Prensa debieron padecer otro extenso monólogo del show de Moreno. Con el agregado de la visita de Rafael Ianover, el que fuera el contador de David Graiver.
De las ocho horas de duración, entre las 11 y las 19, Moreno se habló, según nuestras fuentes, al menos cinco.
De las cinco horas, cuatro horas y media las dedicó exclusivamente a fustigar al Grupo Clarín. En presencia de sus representantes. De Urricelqui, de algún Aranda. En ausencia diplomática de Jorge Rendo (en el exterior).
De no imponerse otra reunión de urgencia, a Moreno tendrán que soportarlo, de nuevo, el 1° de julio.

Los Saguier

De continuar la solidaridad entre La Nación y Clarín, pronto Moreno va a disponerse, según nuestras fuentes, a renovar la artillería. Para cargar también contra La Nación. Recopiló suficiente información sobre la Barton Corp, y «los providenciales 90 millones de dólares en efectivo». Pero prefiere Moreno, por ahora, ablandarlos con el mortero de la retórica.
«Usted, Julio, o usted, Alejandro -pudo perfectamente haberles dicho Moreno a los hermanitos Saguier-, en 1976 eran dos chiquilines. A lo sumo, adolescentes».
Julio tenía 15. Alejandro, 14.
Estratégicamente instruido por los Kirchner, con los recursos adaptados a la desmesura de su personalidad, Moreno pretende diferenciarlos. Para clavar la estaca generacional entre los Mitre (y Escribano) y los Saguier. Se introduce en la interna familiar, y cultural, de La Nación, que llevó a los Saguier a conducir el diario. Y que terminó con uno de los Mitre, el mayor, Bartolomé, de director, pero de adorno.
La columna a partir, aquí, para los «muchachos» de Moreno, es demasiado tiernita. Tiene que ver con sutilezas de la historia del diario. De sus posicionamientos.

En la evaluación de Moreno-Kirchner, los Saguier nada tienen que ver con las salpicaduras militaristas de los Mitre (y Escribano).
Se encuentran familiarmente vinculados -Los Saguier- a la cultura democrática del alfonsinismo. La que comenzó la moda activa de impugnar a los militares.
Es el anticipo del razonamiento intelectual del oficialismo, destinado a generar las grietas. A profundizar las divisiones que ya existen.
Conste que otro Saguier, Julio Cesar -«el padre de estos pibes»-, fue designado, por Alfonsín, alcalde de Buenos Aires.
Cuando el alfonsinismo inspiraba aquella patota cultural. Comandada por Pacho O’Donnell (posterior menemista, y ahora, en máximo ejemplo de pluralidad, próximo racionalizador del kirchnerismo). Con Javier Torre, en el Centro Cultural San Martín. Con Carlos Gorostiza, Marcos Aguinis y Luis Gregorich, en el plano nacional. La atmósfera libertina de la apertura democrática, se imponía con el marco complementario del primer juicio a la junta de los comandantes en jefe. Del «proceso militar» que todos llamaban «dictadura». Con las ínfulas de la «vida y la paz» de otra «junta». De la Coordinadora Radical. Sus exponentes, hoy sexagenarios, aún participan del colesterol de emotivas «internas», que invariablemente pierden.

Grietas

Separar, en principio, a los Saguier de los Mitre. Para separar, en simultáneo, a La Nación de Clarín.
El objetivo consiste en aislar al enemigo, ya bastante debilitado. El Grupo Clarín (ver «Nuevo Cardenal Samore», cliquearlo).
«Sólo tienen que aguantarse un par de tapas antipáticas desde el Gran Diario Argentino», les escribió Moneta, según nuestras fuentes, ya en un célebre paper reservado de diciembre del 2003. Cuando Kirchner, en vez de combatirlo, decidió asociarse al Grupo.

Para aislar a Clarín, Kirchner ahora utiliza la totalidad de los frentes. Pretende recortarle la AEA (Asociación de Empresarios Argentinos), con presiones, sin recatos, hacia las empresas adheridas. Aquí con suerte relativa, casi ínfima.
Recortarlos con la estruendosa Ley de Medios, que reclama con ademanes la señora Esther Goris. Hoy resiste la Ley, tan sólo, en un juzgado de Mendoza.
Desarticularlos socialmente con las extracciones humanitarias de «los grandulones», a través del jubileo de los datos.
Devastarles, por último, la moralidad, a través de los latrocinios registrados en Papel Prensa.
A este paso, la Guerra de Convalecientes presenta el campo inclinado. Sin reacción de Clarín, más allá de «las tapas», cada vez menos efectivas.
Es la antesala de la rendición anímica. Incondicional.

Moreno supershow

«Clarín es el objetivo exclusivo a destruir. La Nación no interesa. Se la prefiere opositora, de derecha», confirma la Garganta.
Moreno se propone impedir que los tres hermanitos Saguier, los que hoy controlan La Nación (Julio, Alejandro y Fernán), adquieran, «sin necesidad», el conflicto que, generacionalmente, no les corresponde.
«Julio debe ocuparse, ante todo, de su salud», prosigue la Garganta. «Para que salga bien, el lunes, de la operación. No es grave. Zafa», certifica.

Salvo que prevalezcan, de verdad, entre Nación y Clarín, los lazos económicos que fortalezcan la solidaridad. La idea de la dependencia.
El tema de Clarín es prioritario en los monólogos dilatados de Moreno. Con la intensidad del histrionismo. Mientras los sermonea de pié, en el salón del cuarto piso de Mitre y Maipú, ante cincuenta personas.
Camina Moreno, se detiene. En el show pontifica, gesticula. Vuelve a sentarse Moreno. Condena, descalifica. Se pone de pié otra vez Moreno y abusa del poder, legitimador del placer de la palabra. Puede Moreno retar, incluso, al co-administrador. Decirle al pobre Bianchi. «Cállese, usted no sabe nada».

Lidia, La Cautiva

Para llevarse puesto a Clarín -y a La Nación de la era Mitre (y de Escribano)-, en la penúltima asamblea, quince días atrás, Moreno se apareció con la señora Lidia Papaleo de Graiver.
El relato de la viuda fue estremecedor. Escuchado, respetuosamente, por Julio Saguier. En cambio, quien no se atrevía a seguirlo era uno de los Aranda. Héctor, el primo del Aranda principal. El dos de Clarín. El ladero de Magnetto. Al que Aranda sigue desde hace cuarenta años, y nunca podrá sucederlo. Se le interpone Casey. Pablito, «El Sobrino».
«Venga, Aranda» -le gritaba Moreno-. «No se asome como si fuera un fisgón».

La señora Papaleo de Graiver es una dama digna, adicta a los atributos del perfil bajo. Sería expresivamente demoledor si Lidia transmitiera, por televisión, los padecimientos. La experiencia patética de su detención. Las ceremonias de tortura. Alternadas con excursiones, hacia las oficinas de La Nación, en la calle San Martín. Para tratar el traspaso de las acciones de Papel Prensa. La empresa de David, el marido muerto. Hacia el artificio de Fepal. Sello que unía, en la iniciativa empresarial de los setenta, a los dos diarios de la referencia. Más La Razón, que hoy también fue absorbido por Clarín, en la maniobra brillante de Carlos Spadone.
En las reuniones, Lidia, la «Cautiva», debía compulsivamente tratar, por La Nación, con Campos Carles. Por La Razón, con Patricio Peralta Ramos. Y por Clarín, con aquel leal profesional que le fuera Bernardo Sofovich. El hombre que se llevó los secretos. Los que hoy hubieran clarificado.
Sofovich, el tío de Gerardo, estaba vinculado, familiarmente, con Horacio, uno de los cruzados esclarecidos. La voz influyente del kirchnerismo.
Pero también se encontraba, por La Nación, «El Gordito». Era Bartolomé Mitre, de fervorosos 37 años. Y, por Clarín, el contador ascendente, Héctor Magnetto, de 32. En la antesala de la traición sustancial hacia Rogelio Frigerio, El Tapir. En la alianza con la directora, la hoy acosada señora Ernestina Herrera, viuda de Noble. Y con los dos artilleros implacables de la redacción. Marcos Cytrynblum, alias Papito, y Fermín Malvárez Tejar (consultar, si es que aún se lo consigue, el «Diario de la Argentina», de Jorge Asís).

Demanda desesperada

Se entiende que 33 años después, Héctor Magnetto y Bartolomé Mitre, ambos con la salud deteriorada, en el «pálido final» vuelvan a juntarse. A los efectos de iniciar la demanda, desesperadamente judicial, en contra de Moreno.
Tardaron, los ejecutivos, en darse cuenta. Distracciones derivadas de la confianza en la impunidad. Perciben, por la prepotencia de los hechos que se consuman, que el objetivo de Moreno -o sea de Kirchner-, es identificarlos con la estampilla de la «lesa humanidad».
La residencia en Marcos Paz es otro absurdo que no debiera descartarse.

«Con ustedes no hay nada, muchachos», suele decirles Moreno, según nuestras fuentes, a los hijos de Saguier, aquel alcalde radical.
«¿Qué sentido tiene que se hagan cargo, los muchachos, de las barbaridades cometidas por sus parientes?».
Cuenta la Garganta que se lo pregunta Moreno. En voz tendenciosamente alta. Entre los suyos, para que trascienda.
Menos aún Fernán, el Saguier que hoy dirige la redacción.
«Tenía 12 años. ¿Qué podía saber? Era un bebé».

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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