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Los “desaparecidos” de Santa Cruz

Fondos que nunca ingresaron al presupuesto de la provincia.

Serenella Cottani - 3 de junio 2010

Artículos Nacionales

Los desaparecidos de Santa Cruzescribe Serenella Cottani
Interior-Provincias, especial
para JorgeAsísDigital

RIO GALLEGOS (de nuestra corresponsal itinerante, S.C.).- A Diego Robles, el ministro de Economía, lo puso, según nuestras fuentes, el Rudy Ulloa Igor. Por instrucción de Néstor Kirchner, El Lupo. Y a pedido del antecesor. Juan Manuel Campillo. El Campi, uno de los doce integrantes del disco rígido del kirchnerismo.

Robles es quien clarificó, en declaraciones radiales, que, de los míticos fondos, no quedaba ninguna moneda. Pero después, por el estruendo que ocasionó la portada funcional de Clarín, Robles debió rebobinar. Para decir que quedan, aún, 200 millones de dólares. Aunque ya nadie, en Santa Cruz, al respecto, cree en nada. «Nadie nada nunca», diría Saer. Con los (fondos) desaparecidos se alcanzó, en Santa Cruz, el grado de metafísica ideal. Hubiera fascinado a Heidegger. Y a Sanguinetti, el olvidado letrista del tango «Nada».

Según Rocamora, los 12 miembros indispensables del kirchnerismo caben en una Van. Una Trafic. O en el avioncito emblemático. Similar al utilizado por Antonini Wilson, la señora Bereziuk y nuestro Uberti.
Es -Campillo- el baluarte experimentado que podrá describir, ante la próxima justicia terrenal, el periplo de los «desaparecidos» de Santa Cruz. Supo El Campi manejar las finanzas secretas de la provincia -en general-, desde el plano secundario. Hasta que el gobernador Peralta lo designó ministro. Para transparentarlo y asegurarse las monedas para pagar los sueldos.
Por su parte, ahora Campillo trasladó su monumental sabiduría hacia el ONCCA. Nucleamiento especializado en los (subsidios) del Control Comercial Agropecuario. Pero transitoriamente. Porque Campillo apunta, según fuentes, a suplantar otra vez a Etchegaray. En la AFIP, para proseguir el curso ascendente.
Va a ser Campillo, acaso, el último ministro de Economía de los Kirchner.

La evaluación -respecto de Robles y la problemática de los fondos- sorprende. Indica que Robles llegó al ministerio con un objetivo preciso. De ser cierta la instrucción, puede decir: «Tarea cumplida».
La misión consistía en blanquear, definitivamente, el litigio principal, que debiera proporcionar más capturas que honores. Blanquear el destino de los desaparecidos de Santa Cruz. La valentía programada del ministro complementa la información. «Los fondos ya no están más». Se gastaron. Se esfumaron entre las canaletas del déficit. Del desastre lentamente acumulado por la monotonía gestionaría.
Gastos corrientes. Tema resuelto. Un poquitín más de escándalo y se termina.

La próxima contienda electoral debe ser encarada libre de riesgos.
A través de la divulgación, lo que hizo Clarín, a su pesar, y desde la portada, fue simplemente ayudarlo a Kirchner. Igual que cuando eran socios.
Años nostálgicos de felicidad. En los que El Lupo y Magnetto, de la manito, paseaban, como Hansel y Gretel, románticamente por el prado.
Cuando Clarín, pacientemente, le construía, a Kirchner, la magnitud de la hegemonía. Con la retribución de alguna ventajita comercial. La megafusión de los cableríos. Con la zanahoria implícita de las acciones de Telecom. El negocio del triple play.
Clarín, con la prepotencia de la portada, precipitó el blanqueo del conflicto. Colaboró con Kirchner. Sin siquiera sospecharlo.
Resultó funcional, Clarín, en su embestida, con los intereses inmediatos del súbito enemigo.
Mientras tanto, El Lupo se dispone, desde las diversas vertientes, a aniquilar a Clarín en la ofensiva final. Con el frente Papel Prensa, y con las esquirlas del doloroso frente humanitario. Contiene el destino programado de un presidio (de mujeres) común. Antes del final de año. Sin límites para la crueldad.
Después de liquidarse a Clarín, sólo resta decidir si vuelve El Elegidor.
O si prosigue, en el intento de re reelección, La Elegida.
Con Clarín destruido, les tienta, otra vez, pensar en el reparto del cuatro y cuatro. Hasta el 2019. Delirios que transcurren mientras la oposición, colectivamente, se auto celebra. Se hace, metafóricamente, la del mono.

La desaparición de lo que nunca estuvo

Así nadie, aquí, se haya robado un peso, la cuestión de los desaparecidos de Santa Cruz exhibe, al menos, en el primer plano, la insolvencia de Kirchner.
Muestra que Lupo llegó a juntar, para la provincia, sin quedarnos cortos, mil doscientos millones de dólares.
Pero Lupo resultó tan estratégicamente incapaz que no alcanzó, siquiera, a desarrollar, con tanto dinero, el menor proyecto integral de desarrollo para Santa Cruz.  Ni a largo, ni a mediano plazo relativo. Un pepino.
Sin haber delinquido, el kirchnerismo ya se asegura la condena de la historia.
En cambio, si es verdad que Lupo «robó» -como lo asegura Eduardo Arnold-, la crónica debiera trasladarse hacia la esfera del derecho penal.
Arnold, El Chiquito, es aquel arrepentido que fuera, durante ocho años, el vicegobernador más distraído de Sudamérica.
«Mejor que Arnold se quede en Trelew. Hubiera hablado antes», insiste la Garganta. «Como Acevedo».
(Ampliaremos, sólo si viene al caso).

«Lo que desapareció, Serenella, nunca estuvo», nos confirma otra Garganta.
Ocurre que, desde el inicio, está demencialmente demostrado que los fondos nunca ingresaron al presupuesto de la provincia.
«No puede desaparecer lo que nunca estuvo». Fueron fondos fantasmales. Alucinaciones extrapresupuestarias que aluden a algo que nunca existió.
«Aquí se violó la ley más elemental. La ley que posee cualquier estado, nacional o provincial. La Ley de Contabilidad».
Determina, expresamente, que los fondos públicos no pueden ser virtuales. Deben ingresar, como egresar, a través de la acotación que signa el presupuesto.
Aparte, aún más pecaminosamente prohibido, está que los fondos, que presupuestariamente no existieron, estuvieran a nombre de algún funcionario.
«Los desaparecidos nunca ingresaron a las cuentas oficiales de Santa Cruz». Pero tampoco ingresaron los otros pagos, originados en otras regalías mal liquidadas. Los fondos que también recibieron, gracias al ministro Cavallo, las provincias petroleras.
Pero Maestro, el gobernador del Chubut, los hizo ingresar. Aunque El Lupo entonces se burlara, con ostensible frontalidad, de Maestro.
Tiempos cercanos de jactanciosa impunidad. Cuando El Lupo solía decir, para quien quisiera escucharlo, que tenía los glucolines verdes a resguardo. «Afuera». Protegidos.
Mientras tanto los otros, los malos administradores, la gastaban.
La ética administrativa del usurero le permitía, al Lupo, acumular. Y secretamente custodiarla. Hacer con el dinero lo que se le antojara. Sin explicarle a la gilada de su parlamento. La provincia -total- le pertenecía. Como después, gracias a Duhalde, también el país.
Conste que Lupo se jactó del resguardo, incluso, durante la peripecia del «corralito». La tragedia que había embocado, en varias decenas de millones de dólares, al Estado Libre Asociado de San Luís.

Proyecto nacional

«Lo que en realidad le correspondió a Santa cruz fueron 1.060 millones de dólares», prosigue la Garganta.
La compensación por la deuda que la nación le debía a la provincia.
«Ahí entraron los cien millones que El Lupo, como gobernador, repartió entre las empresas amigas de la Casa».
La tradicional Gotti, Giobbi, Empasa. Firmas más que amigas del poder. Representaban el poder mismo.
Conseguían el dinero a través del empleado jerárquico del banco provincial. Lázaro Báez, que pasaría a la historia -por el Portal- como El Resucitado. Otros ya lo llaman «Levántate y Anda».
El dinero tampoco nunca se devolvió. «Pelito para la vieja».

Después vinieron, como de yapa, los glucolines por la venta de las acciones de YPF. Por ser provincia integrante de la OFHEPI, la Organización Federal de Estados Productores de Hidrocarburos. Gracias a otro consejo sabio de Cavallo, las acciones fueron vendidas, por Lupo, a 20 dólares cada una. A la Cruz Santa le correspondieron, en el festín del negoción, 560 millones de dólares.
Los que tampoco ingresaron -según la Garganta-, a la acotación del presupuesto. Para atravesar, en adelante, las fronteras de la virtualidad.
Por más cuentas que se dibujen en el aire, los números no cierran. Ni aparecen. El vacío de papeles agiganta la complejidad. La desmesura se transforma en la acusación popular más simple. Arnold la sintetiza con cierta contundencia, después del silencio de sus ocho años de obediente acompañamiento.
Para terminar la digestión del despacho, sin mayor dramatismo, esta cronista se tienta y cita, sólo como anticipo, el título del último opus del Pensador de La Toscana. El Picca.
«El único proyecto nacional es el choreo».

Serenella Cottani
para JorgeAsísDigital

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