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Piratas de Somalía

Benjamin Netanhau, Ehud Barak. Patología del terrorismo de estado.

Jorge Asis - 1 de junio 2010

Artículos Internacionales

Piratas de Somalíaescribe Jorge Asís, especial
para JorgeAsísDigital

«Ninguna explicación puede justificar o blanquear el crimen que se ha cometido».
Cuesta no coincidir con el escritor David Grossman, en «Haaretz».
Otro escritor, Amoz Oz, para referirse a los asesinatos, prefiere atenuarlos con la suavidad de dos adjetivos. «Torpeza, estupidez».
Similar interpretación proporciona Ben Dror Yamini, en el diario «Maariv». «El actual es un liderazgo de tontos».
En cambio, Nahum Barnea, calificado como el «pilar de la prensa nacional», hace menos hincapié en la idiotez imprescriptible de los estadistas israelíes. Para exigir, directamente, la dimisión del ministro de Defensa, Ehud Barak.
Es Barak el responsable sólo por aquel pragmatismo que pregonaba:
«El resultado es la única prueba de la eficacia».
Por lo que se percibe, el resultado, para Israel, es desastroso.

Escarnio

En las actuales circunstancias, debe ser difícil ser el judío consciente, inteligentemente sensible. Que adhiera, con patriótica honestidad, a la persistencia del Estado de Israel. Sin horrorizarse ante las catástrofes cotidianas de sus conductores. Ante los agravios acumulados que se ejecutan, defensivamente, en nombre de la identidad bastardeada.
Se transforma (la identidad) en paradigma de represión. De brutalidad tiránica y sufrimiento ajeno. Como si no les importara, a los represores, «ahorrar sangre de árabes». Es sangre gratis. Para derrocharla.
La hazaña de la Operación Entebbe, de aquellos setenta, nada tiene que ver con los atropellos de la última carnicería. El asalto a la Flotilla Humanitaria, en las aguas protegidas por el derecho internacional.
Hubiera sido espectacular, la toma, si el buque turco estuviera cargado de asesinos seriales. Pero resulta penoso cuando se confirma que el barco contiene, apenas, voluntarios indefensos.
Seres saludablemente solidarios con la tragedia de seis décadas que padece el pueblo oprimido. Los palestinos bloqueados en el laberinto inadmisible de Gaza.
En cierto modo, los Sahyetet 13 merecían otro desafío para la historia. De ningún modo participar de esta inmundicia que los deshonra.
Los comandos navales de elite, del más sofisticado entrenamiento. Ante la magnitud del fracaso político, los Sahyetet 13 pueden ser perfectamente equiparados con los piratas de Somalía.
De aquella colectiva idealización de los héroes de Entebbe, celebrada por la literatura y la cinematografía, los Shayetet 13, como los Sayeret Mirkal, ingresaron al escarnio universal.

Fin de la «superioridad moral»

La caída, paulatinamente abrupta, del prestigio de Israel, es, a esta altura, irrecuperable.
Se asiste al final de la esgrimida «superioridad moral».
La dilapidación coincide, justamente, con la gestión de los funcionarios impugnados por los sectores más lúcidos de la sociedad israelí. Los que formaron parte de las tropas de elite.
El ministro de Defensa, Ehud Barak. Laborista. Y el primer ministro Benjamin Netanhau. Del Likud.
Consecuencia, acaso, de la militarización del pensamiento. Del desperdicio de una dignidad.
El diseño del país es conducido, estratégicamente, por los comandos en acción. Entrenados para cometer hazañas militares. Para la epopeya del riesgo.
Sin embargo, por la patología del proceso político, signado por la dinámica de la venganza recíproca, los viejos comandos radicalizados del Sayeret Mirkal debieron hacerse cargo del estado.
La monotonía del conflicto permanente los llevó a desembocar, con legitimidad democrática, en la playa del terrorismo.
Se lo reprocha, dolorosamente, Recep Erdogan, el primer ministro de Turquía.
Era Turquía, hasta el innecesario colapso, el principal aliado, en la región, de Israel. Pagaba internamente -Turquía- los costos. Por ser el aliado, ante su sociedad menos tolerante, relativamente seducida por el menemismo de la occidentalización. Pedantería que le alcanzó, a Turquía, para ingresar a la OTAN. Aún le resulta insuficiente para entrometerse en la devaluada Unión Europea. Un voluntarismo que despierta, de manera inquietante, de las alucinaciones de grandeza.
«Terrorismo de estado». Clava la sentencia Erdogan.
De sólo pronunciarse, el concepto de «terrorismo de estado», en la Argentina, genera cierta convulsión.

Humillaciones

De haber sido consultados previamente, el cronista menos sensato del Yediot, o del Haaretz, les hubiera recomendado, a sus dirigentes, cuidar, como si fuera una planta mágica, la relación invalorable con Turquía. Pero los asesinos fundamentalistas con ropaje de patriotas, los comandos que patológicamente gobiernan, prefirieron destrozar la geopolítica desde un helicóptero.
Para deslizarse, a través de las sogas, en una proeza que merecía una causa más sublime. En pleno mar abierto. Para caer sobre la nave repleta de sensibles solidarios, pero con la causa palestina. Para disparar sobre ellos. De manera alucinante. Como si fueran piratas de Somalía y ante el testimonio de la televisión.
Deben aceptar, los comandos, que la solidaridad existe, también, para las víctimas de Israel.
Los palestinos de Gaza. Los gazauies, que no tienen motivos racionales para hacerse cargo de las afrentas históricas. Las que les ocasionaran, a sus victimarios, sesenta años atrás. En otro continente.

Concentrados en Gaza, los palestinos gazauies reciben las cotidianas humillaciones de los herederos de los antiguos humillados.
Legitiman los crímenes actuales en virtud de la memoria de aquellos estragos.
Pero la nueva bestialidad es consecuencia, también, de la vigente impunidad conceptual.
La extorsión intelectual suele explicitarse en la imposibilidad moral de emitirles, a los comandos y a quienes los defienden, ni una leve crítica. Sin ser estampillado con el sello del adjetivo despreciable.
Es explicable que les cueste, a los judíos conscientemente sensibles de hoy, asumir el significado de la parábola. Los arrastra, sin escalas.
Desde la cultura reclamatoria de la justa victimización. Hacia el indeseable precepto, fuertemente delictivo, de victimario.

Sin embargo reconforta saber que abunda, en Israel, entre tanta necedad, la sabiduría interpretativa. Desbarata el significado de la ceguera fundamentalista. La ultrarradicalización que sostiene discursos imperdonables. Como el discurso del excelentísimo señor embajador de Israel en -sin ir más lejos- la Argentina.
Es el comando oral que no vacila en faltarle el respeto a la inteligencia del argentino medio. Al decir, por ejemplo, que los «soldados israelíes sólo se defendieron». De aquellos peligrosos que portaban palos y se disponían a colaborar «con el enemigo». O que declare que en Gaza -«donde abundan los restaurantes de lujo»- no falta nada.
La inmunidad diplomática nunca debiera extenderse hacia la barbarie de concepto.

Jorge Asís
para JorgeAsísDigital

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