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La Muzza

Erotismo colectivo en General Villegas, el pueblo literario de Manuel Puig.

Serenella Cottani - 18 de mayo 2010

Artículos Nacionales

La Muzzaescribe Serenella Cottani
Interior-Provincias, especial
para JorgeAsísDigital

GENERAL VILLEGAS (de nuestra corresponsal itinerante, S.C.).- «De a dos, de a dos, a ver», instruye uno de los Tres Tristes Cretinos.
Es la voz del «Negro» Magallanes, tal vez del «Potro» Narpe, o de Piñero, el «Papa frita».
Debe aceptarse un dato nada menor, pero que no los justifica, en absoluto, a los cretinos. Dista de percibirse, en La Muzza, la niña filmada, La Rapidita, algún gesto de disgusto en la faena emprendida. Obedece la instrucción. Sin compulsiones. Como si fuera lo que es, un divertimento peligroso.
En los años 60, un prosista de vanguardia, tal vez epigonal de Henry Miller, o de Dalmiro Saenz, podía haber descripto la escena así:
«Con cada mano, La Muzza toma un sexo erguido. El erotismo de sus manos trasciende por las uñas esmaltadas, de color carmesí. Hacen juego, los dedos hábiles, con el color de la bombacha mínima. La Muzza succiona, simultáneamente, los dos sexos. Sin refinamiento estilístico, pero con firme actitud de entrega. Con destreza casi bestial. Con el objetivo de encantar a los dueños de los sexos que reciben la sabiduría de su boca amplia. Como si La Muzza deseara que, los celebrados, alcanzaran, demasiado pronto, el tributo del final».
Se ven, por último, los rostros satisfechos de los dos grandulones. Acabaron.
El tercer grandulón, con seguridad, es el director del despreciable film. Treinta segundos.

Calenturas

La Muzza, como apodo, procede de la muzzarella. Porque los padres tienen, en Villegas, una pizzería.
Desde muy chica, La Muzza, nos cuentan, venía prematuramente enferma de las calenturas.
Los vecinos que indirectamente pretenden atenuar la culpa de los cretinos tristes, cuentan que a La Muzza, a los 12 años, se la cargó un camionero. Que se la levantó en la ruta como si La Muzza fuera una gatita habitual. «La usó», nos dice la Garganta, y «la devolvió». Cerca de la estación de servicio.
«Es para tratarla», confirma el intendente de General Villegas, Gilberto Alegre, con compasión evaluativa. Como si tuviera intenciones de tomar distancia del calificativo desacertado. El de «Rapidita», que fuera tan destacado en los medios de la capital.
Téngase en cuenta que Alegre es uno de los baluartes más promisorios del justicialismo provincial. Tiene la dimensión territorial de Monzó -hoy adscripto a la innovación etérea de Narváez-, o de Domínguez, el ministro de Agricultura de Kirchner. Incluso, pudo haberse considerado un par del devaluado Randazzo.
Lleva Alegre varios períodos aprobatorios como intendente. Planifica, según nuestras fuentes, saltar hacia el plano nacional. O protagónicamente provincial. La trascendencia, a través del escándalo de las felaciones abusivas, no parece favorecerlo en su proyecto.

«Los padres son gente de bien. De trabajo. No tienen la culpa que La Muzza sea una zorrita» confirma otra Garganta.
Participó -la Garganta- de la marcha reivindicatoria de los cretinos. Sostiene que, si los detienen, como lo pide el fiscal de Trenque Lauquen, van a circular las listas con otros vecinos respetables. Los que también habrían sido condecorados por las excitantes virtudes de La Muzza. Comparables, acaso, a los atributos para la oralidad de la reina Cleopatra.
«Es adicta, la nena, naturalmente al desenfreno» confirma un sabio intelectual. Es en La Victoriana, el café central, de onda.
El estupor quedó atrás. Como los magníficos lugares comunes que emiten los opinadores. Especialistas presuntos que distan de entender las tendencias secretas de la perversidad. Del placer banal de las humillaciones.
Todos, en Villegas, pudieron introducirse entre las felaciones rápidas del video. «El que dice que no lo vio es simplemente porque miente. O porque no lo quiso ver».
Parte de la sociedad de Villegas condena la trascendencia que tuvo el episodio. El erotismo colectivo de la situación. El peor delito, en realidad, consistió en la chiquilinada de haber filmado la pecaminosa trasgresión. Para después filtrarla, irresponsablemente. Hasta acabar con los prestigios. Y temerse, en adelante, por el desmoronamiento de otros. Aunque no fueran filmados.

Pueblo literario

General Villegas es el pueblo literario creado por Manuel Puig. Para algunos, aún, Puig es «el Coco». El desamorado que se fue de Villegas y contó. Pueden remitirse a la novela «Boquitas pintadas», título anticipatorio de La Muzza. U otro libro metafóricamente peor. «El beso de la mujer araña».
Es también, General Villegas, aquel pueblo que emergió como pretexto para catapultar al superior Antonio Carrizo. Es el máximo comunicador, que extrañan sus amigos de La Biela. Debe leer esta crónica. Pero imposibilitado, desdichadamente, del atributo natural de la palabra, para comentarla.
Resulta extraño cómo, en un pueblo donde nunca pasa nada, de repente parece estallar todo. Solía afirmarlo Mario Piacentini, el periodista orgánico que dirigía el diario Actualidad, y animaba las mañanas de la radio homónima, también de su pertenencia. Piacentini era exactamente feliz en Villegas. Dejaba las llaves del auto puesta, las puertas siempre abiertas, pese a que una vez lo habían asaltado. Lo enorgullecía hasta el teatro de la ciudad, que tenía 120 años.
Pasaba tan poco en Villegas que, acaso para que aconteciera algo, de repente Piacentini se murió. Fue en el último diciembre. Paro cardíaco.
«Aquí nunca pasa nada y de pronto se te viene todo».
Como ahora. Como consecuencia de la boca prematuramente transformadora de La Muzza. Por la irresponsabilidad de los Tres Tristes Cretinos que la filmaron. Por ellos, aquí, en Villegas, estamos todos. Los medios, en primer lugar, que tanto tiene que ver con la cultura anónimamente subterránea.
Canta presente, también, la hipocresía. Como la indignación.

Serenella Cottani
para JorgeAsísDigital

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