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El ostracismo de Hugo Wast

Discriminación hacia el discriminador.

Carolina Mantegari - 12 de mayo 2010

El Asís cultural

El ostracismo de Hugo Wastescribe Carolina Mantegari
Editora del AsisCultural,
especial para JorgeAsísDigital

«Si la historia la escriben los que ganan…»
Baglietto-Garré

En otra muestra del provincianismo cultural, se consolida el ostracismo literario del escritor Gustavo Martínez Zuviría. Firmaba sus textos como Hugo Wast.
Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, prestigioso intelectual kirchnerista de redacción diaria, accedió al reclamo del pensamiento culturalmente correcto, para cambiar el nombre del Salón de la Hemeroteca.
De llamarse Gustavo Martínez Zuviría -director de la Biblioteca durante un cuarto de siglo-, la sala pasa a llamarse Ezequiel Martínez Estrada.
La ceremonia de la degradación contó con el marco aprobatorio de los intelectuales Horacio Verbitsky, José Pablo Feinmann. Y también de don León, el padre, aún «zurdito», del maduro Alejandro Rozitchner, el filósofo del macrismo. Contó, además, con la satisfacción reivindicatoria de dirigentes comunitarios de la DAIA.
La tentación contrafáctica incita a sugerir que Ezequiel Martínez Estrada nunca hubiera convalidado tan arbitraria discriminación. Hacia el intelectual sindicado, justamente, como «el gran discriminador». Por el pecado de haber adquirido los espejitos de la superioridad racial de los arios. Y algunos de sus argumentos. Los peores.
Al informar, sin opinar, el diario La Nación, en el oportunismo del retroceso ético, no vacila en lanzar hacia la hoguera, inescrupulosamente, a Gustavo Martínez Zuviría. Hugo Wast. El que fuera su privilegiado colaborador. Un Kovadloff, un Aguinis, un Botana de hoy.

Datos para una biografía

Vivió Hugo Wast entre 1883 y 1962.
Nació en Córdoba. Una casona de San Esteban, en el Valle de Punilla, aún lo recuerda. El periplo de 79 años le sirvió a Wast para publicar más de 70 libros. Para erigirse como el primer antecedente de best seller de la literatura argentina. Y jugar, en el casino de la ideología, la ficha equivocada.
Debió Wast atravesar la carnicería de dos guerras mundiales. La guerra civil española. La caída de un par de imperios como corresponde. Desde el otomano hasta el austro-húngaro. El ascenso del comunismo, y de los fenómenos antagónicos. El fascismo y el nazismo. También asistió, generacionalmente, al desplazamiento de los ingleses, que cedían penosamente la hegemonía hacia los triunfales americanos del norte. Al inicio del desmoronamiento, después de Yalta, de otros imperios medianos. Expansiones de segundo orden. Las colonizaciones de Francia, Bélgica, Portugal. Y asistió, por si no bastara, a la declinación de las pedanterías de la Argentina neutral.
Wast padeció la algarabía autorreferencial, heredada de la Generación del 80. Pero el escritor cargaba, aparte, dos mochilas demasiado pesadas, al menos para la interpretación del progresismo hegemónicamente posterior. La utopía nacionalista, en primer lugar. Y sobre todo la vocación católica. Cóctel sospechosamente imperdonable. Que se sumaba a las adicciones condenablemente autoritarias, en un universo acotado, de restringida circulación informativa. Sin la gloria de los buscadores de google. Canales de cable. Ni miserable fax. Ni spicas.

Tenía 27 años, Wast, durante el fasto del primer centenario, con el centralismo porteño que tanto condiciona al segundo.
47, el grandulón, cuando se obturó el entonces nada respetado orden constitucional. Merced a la revolución -entonces popular- de septiembre de 1930.
Casi 50, cuando el obstinado se emociona con aquella chirinada del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), del 4 junio de 1943. Facto que lo instala, a Wast, en el Ministerio de Educación.
Hasta desvanecerse, poco después, de pesimismo estructural. Algo abrumado ante el fenómeno que emergía. Consecuencia de la exclusiva -y acaso única- genialidad típicamente militar. En realidad, del Ejército. La creación del peronismo.

Fascismo de estación

De los 70 libros de Wast, sólo tres contienen un frontal tinte antisemita. Ineludiblemente despreciable. «El Kahal», «Oro», y «1066». Editados en los años treinta, cuando el fascismo de estación causaba fervores, instalado en Italia desde 1923. Y cuando comenzaba el auge avasallador del nazismo, en la Alemania de 1933. Fueron momentos de colectiva impugnación de la democracia. Entendida, aquí, como una «superstición de la estadística» (Borges). O como una fórmula eficaz para sumergirse en la antesala del humanitarismo solidario de Stalin. Quien conseguía, desde la extinta Unión Soviética, adhesiones calurosamente universales. A través de la aplicación del eficaz estilo represivo que los izquierdistas románticos preferían, patológicamente, negar. O acusar como agentes de la CIA, a quienes lo divulgaban (y acaso lo fueran).
Pero el estilo del encierro ruso servía de ejemplo. Con los campos de reeducación, instalados ya en 1927. Para el modelo autoritario a copiar. Y hasta -por qué no- a perfeccionar.

La movida estéticamente antisemita había prendido en los países centrales. No se trataba de ningún aislado «Mercader de Venecia». Tampoco podía asombrar que llegara, hasta con cierta anticipación, a la Argentina. La que en el 30 ya había sorprendido gratamente al espectro fascista del mundo (ver «Lesca, el fascista irreductible», de Jorge Asís).

Lo que cuesta entenderse, setenta años después, es que lo que entusiasma, y hasta incluso se perdona, sin ir más lejos, en Louis-Ferdinand Celine, no alcance a establecer, siquiera, un manto de compasión interpretativa, de apertura intelectual en Hugo Wast. Sin embargo brotan, en París, las biografías y ediciones celebratorias de Celine. Con la salvedad elegante de las diferenciaciones entre la obra y la idea. Entre la contundencia del «Viaje al fin de la noche», con el panfleto antisemita «Bagatelas para una masacre».
O que se edite, así sea para discutirse, la biografía del aquí desconocido Lucien Rebatet. Es Rebatet el autor de «Los escombros», el texto más antisemita que se tenga memoria.
O que se asista, en Noruega, a la merecida revaloración de Knut Hamsum. Es el novelista que le dedicó el Premio Nobel, precisamente, a Goebbells.

Mientras tanto, en la Argentina recatada, pudorosamente bienpensante, se convierte en una impertinencia, una provocación culturalmente discriminatoria, referirse, por ejemplo, a las decenas de novelas de Hugo Wast. Condenadas, como su autor, a la plancha del olvido. Como «Flor de Durazno» (llevada al cine, en la primera actuación de Carlos Gardel). O «El camino de las llamas» (filmada con el «muchachito» norteamericano de moda, Rory Calhoum), «El desierto de piedra», «Lucía Miranda» o, sobre todo, «La casa de los cuervos». Obras de evaluación vedada, por los desbordes existenciales del autor. Que tuvo irreparablemente sus prejuicios poco originales, y supo deslizarse, en su vida de creador, en el estratégico descrédito de las culpabilidades fáciles. Para cultivar el doble defecto, sistemáticamente pernicioso. Ser nacionalista y católico.
En definitiva, Gustavo Martínez Zuviría, el popularmente consumido Hugo Wast, es otro infortunado que se equivocó de país de nacimiento. Debió haber nacido en Francia, como Pierre Drieu La Rochelle. De ningún modo en un paraje sospechoso como Córdoba, de donde es oriundo también Leopoldo Lugones, otro intelectual para desconfiar, mantenerlo distante. Como al otro apartado, el entrerriano Manuel Gálvez, que nada deja digno de evocarse, cuando la izquierda cultural, como el mar, nunca perdona. Tampoco comprende. Pero discrimina y degrada.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

permitida la reproducción sin citación de fuente.

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