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Lo verosímil y lo real

Mariano Puig asegura ser hijo de Ernestina de Noble.

Jorge Asis - 10 de mayo 2010

Miniseries

Lo verosímil y lo realescribe Jorge de Arimetea
Historia Contemporánea, especial
para JorgeAsísDigital

«Mi Vieja», dice Mariano Puig. Alude a la señora Laura Ernestina Herrera de Noble. Directora nominal de Clarín. Acosada por graves dilemas de identidad.
Mariano Puig suele dedicarse a la ornamentación de eventos. Reside en Ramos Mejía. Tiene, aparte, una florería, en la Avenida de Mayo al 1500. Participa de la clase media que aún respira. Tiene un auto moderno. Cada cinco minutos le suena el celular. Sus amistades conocen el secreto que deja de serlo.
Dista -debe aceptarse- de parecer un mitómano. Es demasiado normal.
Casado con Edit. Tienen cuatro hijos. De ser cierta la historia, ellos serían los nietos de Ernestina. Originales.
Mariana tiene 24 años. Estudia odontología, y trabaja, según Gargantas, con una odontóloga paquetísima del barrio norte. Calle Junín.
Tamara, de 21, trabaja en el aeropuerto. Se luce en el «free shop». Es Tamara, acaso, la más parecida a «la abuela Ernestina».
Javier es futbolista. De las inferiores de Tigre, tiene 19. Suele bromear con su padre. Y tal vez hasta en el vestuario.
«Si Ernestina es mi abuela podré comprarme un mini cuper».
Sofía tiene 14.
«Los nietos, a mi vieja, podrían alegrarle la vida», asegura Mariano Puig.

Para la señora Magdalena

51 años. Mariano nació en 1958. Cuando Ernestina tenía 33.
Conste que la biografía oficial de Ernestina recién comienza en 1967. A los 42 años, cuando se casa con un estragado Roberto Noble.
Demasiados años quedan, irresponsablemente, en blanco para una mujer emblemáticamente poderosa. Sobre todo después de la muerte de Noble, en 1969, en la Quinta La Loma, El Totoral, Córdoba.
Habría que construirle, a Ernestina, a los efectos de interrumpir la aparición de hijos súbitos, una biografía autorizada. Similar a la que el servicial José Ignacio López compuso para favorecer, ante la posteridad, a Héctor Magnetto.

La historia, cuando se la reconstruye, sorprende. Es, incluso, hasta verosímil.
Téngase en cuenta que el adjetivo «verosímil» difiere, ostensiblemente, del adjetivo «real».
Coberturas profesionales.

La madre de Mariano era la señora Alba García. Esposa de Ernesto Puig, el padre de Mariano. Especialista en carpintería de obras. Nacido en el 21, cuatro años antes que Ernestina.
Por más que con Ernesto lo intentaran, Alba no podía tener hijos.
Ernesto era un empresario relativamente próspero. Bohemio, manosuelta con el dinero, bastante ponedor, clandestinamente infiel.
Murió a principios de los noventa. Cuando Javier, el crack potencial de Tigre, tenía un año.

De ser cierto, el secreto (que deja de serlo) de la familia Puig, perfectamente podría despertar el interés de la señora Magdalena Ruíz Guiñazú. Especialista en la referencia.
En sus últimos años, Alba, ya viuda de Ernesto, se encontraba cercada por el alemán que desplazó, en materia de memoria, a Freud. Hasta superarlo. Es Alzheimer.
Alternaba Alba la cotidianeidad del extravío, con los momentos de estricta lucidez.
Hablaba Alba bastante con Edit, la mujer de Mariano, a la que solía confundir con una prima. Sabia y confidente. Le dijo.
«A Mariano, acordate, lo compramos».

Los tíos, para colmo, como los pocos testigos que supuestamente sabían, se dedicaban a la paulatina tarea de morirse.
Cuando comenzó a crecer la sospecha que Mariano era un hijo adoptado (o peor, comprado), uno de los tíos refirió que Ernesto lo puso, al bebé Mariano, en el centro de la cama. Para decirles:
«Este es tan Puig como todos nosotros».

El romance del Ernesto y la Ernestina

Lo que pasó, en la versión verosímil armada por Puig, es que don Ernesto tenía una amante.
Esplendorosamente bella, una muchacha de 30, de Flores. Como las «chicas de Flores» que emocionaban al poeta Oliverio Girondo.
El guión certifica que, como consecuencia de los ardorosos encuentros, la amante, Ernestina, quedó embarazada.
En los cincuenta, así fuera en el segundo lustro, un embarazo era infinitamente más problemático que en la vulgaridad del presente.
La amante -en la versión que circula por salas de espera, tés sociales y vestuarios-, pretendió que Ernesto abandonara a Alba. La mujer legal que no podía darle hijos. Para quedarse con ella, que se los daba.
Pero Ernesto, el ponedor, no estaba dispuesto a separarse. Habitualidad que por entonces, también, era dificultosa.
Pero el embarazo avanzaba. ¿Qué iban a hacer?
«Tenelo», le dijo Ernesto. «Yo me lo quedo».

El melodrama, que se perdió Alberto Migré, señala la existencia del acuerdo económico. Buena cifra de dinero por la gestación. Inmediata desaparición de la mujer después del nacimiento.
Cierra la versión iniciada por Alba, que en paz descanse, lanzada en la lucidez del desvarío. A Mariano, al que crió como hijo, lo habían comprado.
Pero Alba partió sin saber que Mariano era hijo de Ernesto.

El secreto de la familia Puig trasciende. Es colectivo. Se expande.
La madre de Mariano se volvió después una mujer inabordablemente rica, poderosa.
Lo saben ya los nietos. Los que leen el Clarín que dirige la abuelita. Y miran el 13 y TN, los canales de la abuela. Crece, mientras tanto, la incredulidad de los profanos.
«¿A vos te parece que puede ser verdad?».
Los irascibles desconfiados que suponen, con lícito derecho, que se asiste al golpe perfecto de un genial cazador de fortunas. Que persuadió, para legitimar el golpe, hasta a su familia. O que se trata de un crédulo, un fantasioso que cree verdaderamente en los espejitos de su propia historia. Con el dato decisivo, confirmado por cierto personaje misterioso.

«A mi Vieja no la quiero jorobar», suele decir Mariano. «Y menos ahora, que la ataca tanto el gobierno. La tienen de punto. Yo se que si salgo a hablar ahora, en medio de los reclamos, puedo hacerle mucho daño. Pero de ningún modo voy a pedir judicialmente un ADN. Sólo lo haré si es que ella me lo pide. Quiero que sea mi vieja la que quiera verme».

Alguna vez, cuenta Mariano, intentó verla, en la casa de San Isidro.  «La que se parece a un aeropuerto».
Pero Mariano sostiene que nunca pudo llegar más allá de la Ama de llaves. O La Gobernanta. Y sólo a través del teléfono.
Es alguien que dice llamarse Adelina. A veces, a Mariano le parece, o acaso quiere creer, que Ernestina, su «vieja», escucha las conversaciones.
Sugiere Mariano, según otras Gargantas, que es Marcela, la hija adoptada, quien se encarga de cerrarle los caminos.
«No es lo mismo, llegado el caso, dividir por dos que dividir por tres», confirma otra Garganta, que suele distribuir la atractiva historia.
El otro hijo, en cambio, el paraguayo, no cuenta. Ni siquiera se entromete. El problema, según Mariano, siempre es Marcela.

Jorge de Arimetea
para JorgeAsísDigital

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