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El caballo del Patriarca

ENIGMAS Y MISTERIOS (Narváez, Reutemann, Menem) -III-: El mito del acuerdo Menem-Kirchner.

Oberdan Rocamora - 27 de abril 2010

Miniseries

El caballo del Patriarcaescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

«Un Caballo. Mi reino por un caballo»
Shakespeare, «Ricardo III»

«Al pactar con Kirchner, Menem rifó su trayectoria» afirma el menemista culposo. «Me da lástima que termine así», agrega. Es de los que fueron funcionarios en los noventa, y rescatan aspectos positivos de aquella década, pero sólo después de recitar, para justificarse, la sucesión de defectos. Una suerte que pueda refugiarse en el peronismo abarcador. Es -el peronismo- la ideología del Poder. La adaptable elasticidad le permite haber sido funcionario de Menem. Pero también -culposamente- de los Kirchner. Mañana de Duhalde, Scioli, Das Neves o Urtubey.

«Menem arregló con Aníbal Fernández», asegura otro informado, y agrega en voz baja: «A Aníbal lo socorrió en los noventa». Como si fuera una infidencia, pero corrobora la interpretación del semanario Noticias.

«Menem arregló en el senado, por intermedio de Pichetto» reflexiona un tercero. Porque Pichetto había trabajado con Menem hasta para la re-reelección. El tercero, que también fue funcionario, no tiene dudas «que Menem cobró».
Adhiere entonces a la tesis usual, incomprobable pero vigente. Indica que Menem siente más desprecio por los disidentes que lo menoscaban, que por los kirchneristas que lo desprecian. Porque todos, en definitiva, «fueron de El». Tropa en algún momento propia. U opositores que crecieron por atacarlo. Por diferenciarse.

Con superior imaginación, otro informado, el cuarto, asegura que Menem se siente admirablemente atraído por Kirchner. Porque Kirchner se atreve a confrontar con Clarín. A despedazarlo. Como si la guerra contra Clarín a Kirchner lo humanizara. Al extremo de perdonarle los agravios. Hasta que tocara, al paso de Menem, madera. O ni lo nombrara.
El éxtasis interpretativo se alcanza con los vaticinios. Los próximos ataques de simulación recíproca. De Kirchner a Menem. Y viceversa.

«A Menem lo mantienen aislado. Entre Zulemita y Ramón. Está inaccesible, hasta para los viejos colaboradores», trata de justificar, por último, el quinto de la antología.
Con el agregado más lunático. Tiende a explicar hasta la triste perfomance de Menem en la emisión televisiva de Mauro Viale. De cuando confundió a los armenios. Arslanián con Melconián. «Le dieron la pastilla cambiada. Tiene que estar Alito», agrega, por el doctor Tfeli, aquel médico inseparable.

Cambiar la contabilidad

La conjetura, en Argentina, suele pasar por información. Se alude al impresionante Acuerdo Menem-Kirchner. A la vigencia del quórum tarifado, en el mercadeo que ni siquiera asombra. A la ausencia -o la presencia de Menem-, a la carta. A la recursiva gastroenteritis, o cualquier otra diarrea. A la abstención siempre conveniente para el oficialismo. A la partida oportuna, acaso hacia el cumpleaños de Luca, el nieto. Surge siempre alguna explicación para ensayar lo inexplicable. Contiene invariablemente el estigma de la excusa.
Cuesta aceptar, ante todo, que Carlos Saúl Menem suele caracterizarse por el derecho, naturalmente soberbio, de no rendirle cuentas a nadie. Pero la justicia lo cerca. Completa el ciclo del desprestigio programado. La soledad política le condiciona hasta el hartazgo.

Hoy, por doquier, cualquier insolente habla de valijas legitimadoras del arreglo que no puede demostrarse.
Del intercambio obsceno de favores políticos. La retribución consiste en atenuarle el acoso judicialmente cruel.
Para complementar la transparencia tenebrosa del cuadro, trasciende que al senador Menem -presidente durante más de una década-, «los amigos ya no pueden llegar». «Lo aíslan».

«¿Quién no puede llegar? ¿Adónde estaban los amigos? Que no digan pavadas ni la manden cambiada».
La Garganta -menemista perpetua- siempre sugería: «Hay que llamarlo». Insistía en que no había que abandonarlo. Ni dejarlo solo, con el martirio literario de los recuerdos bastardeados por el presente.
Para la Garganta, la mayoría de los que cambiaron la contabilidad gracias a Menem, se habían borrado. Algunos se ponían, para colmo, repentinamente críticos. Sin aportar, siquiera, «presencias».
Brota el desfile orgiástico de nombres. Parientes antes estampillados, hoy notoriamente esquivos, huidizos. Obesos simpáticamente cercanos. Bodegueros impertinentes que se abrieron sin pudor. Empresarios que brindan autocríticas confidenciales. Sucesión de lobbystas que evolucionaron económicamente a fuerza de acompañamiento, sistemático humedecimiento de medias, portación de palos de golf. Señores enriquecidos que se caracterizan por la distancia. Por la frialdad de la espalda.

Leales desconcertados

Pero también está el desconcierto de los leales. Por ejemplo cierto Flaco emblemático, del primer cordón del menemismo explícito. Al carecer de suerte con la telefonía se dirigió, directamente, hacia la casa de la calle Echeverría, en Belgrano. «La de Zulemita».
Probablemente, aparte de saludarlo, el Flaco también pretendía saber. Recibir -como si no lo conociera- algún tipo de explicación. Relativo al comportamiento político del Jefe. Hoy Menem los mantiene en estado de perplejidad. Tocó el timbre. Alguien, de la custodia, o del servicio, en la puerta de Echeverría, le dijo que el doctor no estaba.
La Garganta asegura que el Flaco partió con la sensación que El Jefe estaba adentro. Que no había querido recibirlo.

Tampoco un ex ministro tuvo suerte, según nuestras fuentes, con las comunicaciones de larga distancia. Desde París.
Debió llamarlo a Eduardo, el hermano. Con franqueza, Eduardo le dijo que desconocía qué pasaba. Pero salió a despegarse, por algún medio. A decir que nunca hubiera votado como Carlos. Sobre todo, hubiera votado en contra de la designación de la señora Marcó del Pont, la presidente del Banco Central.
Pero el senador, ahora, era Carlos. Y cuando el senador era Eduardo, Carlos nunca se entrometió en sus votaciones.
Menos suerte tuvo algún otro familiar heroico. El que se dispone siempre a salir en defensa del Jefe.
La Garganta cuenta que, con un llamado, Menem lo desautorizó. «Nadie habla por mí», le dijo.

Información. Decisión. Sorpresa.

A Ramón Hernández tratan de «lopezreguisarlo». Transformarlo en la reencarnación riojana de López Rega, el elemento aislante de Perón.
Ramón siente que, los que dicen que no pueden llegar a Carlos Menem, exageran. O distorsionan. Y lo peor, le «hacen operaciones de prensa».
«Trabajo para Carlos Menem, y hago lo que Carlos Menem me pide que haga», suele decir Ramón. Antes de agregar: «¿Vos te creés que existe alguien en el mundo que pueda aislarlo a Menem?».

La evaluación índica, sin modestia, que si hubo algún acuerdo, si existe un mero arreglo, con el kirchnerismo, sólo lo sabe Carlos Menem.
Quien continúa, en la ostensible declinación, con el mismo accionar que le deparó réditos políticamente extraordinarios. Mecanismo inspirado en tres pasos.
a) El manejo total de la información.
b) La toma de la decisión.
c) El efecto sorpresa.

La fórmula le permitió, en la frontera de los 80 años, recuperar la centralidad protagónica. Justo cuando comenzaban a olvidarse de él. A devaluarlo. Faltarle el respeto. Cuando ya lo tomaban como parte del inventario. Sin trascendencia en medio de la «contemporaneidad» que lo hartaba. Generada -la contemporaneidad- por los oficialistas y los disidentes que, diez años atrás, lo celebraban o degradaban. Sumido en la persecución judicial que le hostigaba los movimientos. Que le impedía el menor manejo de dinero personal. Mientras se le distanciaban los aventureros que supieron favorecerse con aquel «clima de negocios».
Pudo perfectamente desear: «Mi reino por un Caballo».
El Caballo, tal vez, misteriosamente apareció.

Final del Patriarca

Cuesta aceptar que Menem, de pronto, no quiera hablar con nadie que le evoque la representación del pasado. Más allá de Zulemita, que le llega siempre con Luca, el nieto, que emerge como la continuidad de la historia.
Cuesta aceptar que rife extraordinariamente aquel pasado que no le sirve, en la práctica, para nada. Y que se guarde, el semejante, la posteridad.
Cuesta aceptar que Carlos Menem, en definitiva, le ordene al Ramón, en el probable comienzo de otra novela sobre el Patriarca:
«No me pases con nadie que me recuerde quien soy. Ni quien fui».

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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