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Fascinación por los Macri

“El Pibe”, oportuna obra de la concejal telermanista Gabriela Cerruti.

Carolina Mantegari - 12 de abril 2010

El Asís cultural

Fascinación por los Macriescribe Carolina Mantegari
Editora del AsisCultural,
especial para JorgeAsísDigital

En el peor sentido de la perentoriedad, el periodismo estropea «El Pibe», obra oportuna de la telermanista Gabriela Cerruti. Actual diputada de la ciudad (jactancia para reconocer hoy a los concejales). Contiene el subtítulo gancho: «negocios, intrigas y secretos de Mauricio Macri, el hombre que quiere ser Presidente».
La precipitación se encuentra legitimada por la coyuntura desagradable que atraviesa el biografiado.
Justamente, Macri le ganó, en el 2007, la disputa por la alcaldía a Jorge Telerman, jefe político de la biógrafa (aquí bastante diluido), al que acompañaba el coalicionista cívico radical Enrique Olivera. Y le ganó además al senador Daniel Filmus, que estuvo acompañado por el cooperativista Carlos Heller, al que Cerruti le atribuye la condición de «miembro del Partido Comunista» (para colmo, el psicobolche también perdió, con Macri, en Boca, siempre de segundo, de cuando acompañó al extinto radical Antonio Alegre).

Centralismo protagónico

Mauricio Macri -El Pibe, para Cerruti- hoy padece el infortunado centralismo protagónico. Se lo advierte en la totalidad de los medios de comunicación. Por crecientes esquirlas del «escándalo», derivaciones de las «escuchas telefónicas», recurso exclusivo -casi único- de la inteligencia, o mejor, del espionaje nacional.
A través del litigioso profesionalismo de Ciro James, el espía inflamado (hoy preso). Del Comisario Jorge Palacios, El Fino, otro preso que complementa la buena mesa de cualquier conspiración que se precie de tal. O una «asociación ilícita», en el país cercado por asociaciones ilícitas ligeramente intratables. A través del técnico educativo Mariano Narodowsky, que conjuga admirablemente la magnífica capacidad para la distracción, con una saludable carencia de perspicacia. Y con la reciedumbre, sin mayor convicción, del ministro Montenegro.
Entre los afectados, la relativa seriedad, en la causa, la aporta Sergio Burstein (quien merecería una biografía para él solo). Mientras tanto, el cuñado Leonardo aporta el encanto esotérico, y la expresiva apertura hacia el conventillo familiar, que inspirara los sainetes de Vaccarezza.
La atmósfera creada, a través de los enchufes cubiertos de Avenida de los Incas, induce a sospechar que los concejales furiosamente antimacristas persiguen el objetivo de vengar, con otra remake, a Aníbal Ibarra. A partir de la preparación escenográfica de otro juicio político. En una revancha que tienda, como objetivo de máxima, a la destitución de Macri. De mínima, a asestarle el golpe sustancial, que lacere definitivamente la ambición presidencial, aludida en el subtítulo. O al contrario, la catapulte.
Hasta los macristas -alucinación sociocultural que tal vez existe-, con temerosa inquietud, consideran que la indagatoria del Juez Norberto Oyarbide implica el inicio del ocaso de El jefe. Es decir, de El Pibe, para la visión chaplinesca de Cerruti.
Para el Portal, puesta de costado la crítica literaria, Macri puede perfectamente aprovechar el centralismo protagónico que le brinda el litigio. Para superarlo. Pasarlo por arriba. E instalar, en la sociedad, las razones que sustenten que se encuentra en condiciones para gestionarla. Lo cual, como alcalde, aún dista de haber logrado. El desafío consiste en convertir, al juez Norberto Oyarbide, el dandy del Fuero Federal, en jefe, metafóricamente indirecto, de su campaña. Pero es una osadía inimaginable. Sobre todo al percibir la magnitud de los escuderos que sepultan con sus recursos a quien se disponen defender. Los que se equivocan más, incluso, que Narodowsky. Desde el carismático Rodríguez Larreta, hasta el benjamín, Marcos Peña. Al lanzarse unánimemente a descalificar al doctor Oyarbide, que emerge como la versión biografiable de un Oscar Wilde autóctono, aunque Oyarbide no escriba novelitas ni piezas teatrales. Pero supo sobrevivir al escarnio colectivo, con mayor suerte, sin ir más lejos, que el propio Wilde. Leer, al respecto, «De profundis».
Atacar al juez implica asumir la actitud desastrosamente errónea. Confronta con la enseñanza emblemática de lo más representativo de la literatura gauchesca. Evocar, aquí, al Viejo Vizcacha. Martín Fierro. José Hernández.
«Hacete amigo del…».

Macrigate

La inclusión, como forma de conclusión, en Cerruti, del capítulo Macrigate, consigue que el texto pierda intensidad estratégica. Para el abordaje de la penosa problemática del «escándalo», basta con el tratamiento dominical de «Miradas al Sur» (debe seguirse, aquí, a la dupla Ragendorfer-Goodbar). O con las producciones tendenciosas de la Secretaría de Estado de Página 12.
La coyuntura entorpece, en Cerruti, una labor minuciosa de facilitada investigación sobre la trayectoria político-empresarial de la familia. Pero que complementa, en realidad, las plácidas conversaciones que la biógrafa mantuvo con los «gentilmente» biografiados. Que son, en el fondo, dos. Franco y Mauricio (el «pibe» que tiene «más de Blanco Villegas que de Macri», según reza el otro lugar común, que fatiga las sobremesas sociales de los countries).
Entre las indulgencias selectivas de la autora, merece constatarse la fascinación ostensiblemente intelectual por la figura parental. Franco Macri también es protagonista, a su pesar, y aunque se ampare en la China, del escándalo que atormenta al hijo. La movida que le acota la proyección política. Hasta el riesgo -incluso- de clausurarla.
El infortunio del título, «El Pibe», tiende a la subestimación cultural de Mauricio. En contraposición a la dimensión de Franco, tomado siempre -por Cerruti- como el paradigma del Padrino. Adicto a la pasión del oficialismo perpetuo. Idealizado desde la primera línea. Al Franco de los «hombros cansados». Que porta «la mirada plagada de secretos como los calabreses, y el gesto suave y galante de los romanos».
La telermanista -fascinada por los Macri-, para terminar, se muestra particularmente ingrata con el jefe que supo proporcionarle identidad. Jorge Telerman aparece, en la página 314, a través de su «cara de pánico». Cuando un enviado del mítico Cristóbal López va «a acordar» el manejo de «la cuestión». Lo que importa, el negocio del juego. Aquí omite Cerruti lo que sabe. Menos que el «pánico», interesa el término del acuerdo. El cuánto, tanto como el qué, de la marroquinería. Tal vez Cerruti no avanza para evitar que el antecesor del temeroso Telerman, el concejal Aníbal Ibarra, alejado compañero de fórmula, o el permanente adversario interno, el presidenciable poeta Alberto Fernández, queden a contrapierna en la historia. Resulta más redituable, para Cerruti, diseminar perversidades, relativas a los 14 millones de dólares de Cristobal (o de Kirchner), sobre los «cardenales» del Newman. Como Torello. «Nicky». Mauricio.
Para las próximas precipitaciones, Cerruti tendría que esmerarse en la aventura del rigor elemental. A los efectos de no reiterar errores equivalentes. Como decir, en «Playboys de la Yerba Mate» (216), que Ramón Puerta y Mauricio «tienen la misma edad y la misma pasión por las niñas jovencitas». Debería informarse. Saber, primero, que Puerta es de 1951, y Mauricio, de 1959. En lo que respecta a las «niñas», sólo debe consignarse que el adjetivo «jovencitas» está de más. Editó Planeta, 353 páginas.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

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