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Desembarco en Normandía

GUERRA DE CONVALECIENTES (III): Mujica deja a Kirchner en "orsay". La artillería humanitaria responde a la artillería de la SIP de Clarín.

Jorge Asis - 26 de marzo 2010

Miniseries

Desembarco en Normandíaescribe Oberdan Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

No es Duhalde, que propone la limpieza democrática del plebiscito.
Tampoco es Abel Posse, que plantea la frontalidad de la amnistía.
Es José Mujica, el presidente del Uruguay (Minguito, para el Portal), el que lo deja, a Kirchner, por segunda vez, en posición adelantada. En «orsay». Como el «alma» del tango inmortal de Homero Manzi. Che Bandoneón.
La primera vez fue cuando Mujica ofreció la calma contenida en un churrasco. Ante empresarios y Buscapinas que se desplazaron hacia el enclave semi argentino de Punta del Este.

Con hidalguía casi demagógica, en el segundo orsay, Mujica le amplifica a Kirchner el rigor de su impostura fotocopiada. La radicalización de su causa de alquiler.
Bastantes años de prisiones con tormentos le brindan, al combatiente José Mujica, afectuosamente Minguito, la legitimidad revolucionaria que a Kirchner le falta.

Entonces Mujica se distancia de Kirchner (del que jamás estuvo cerca). A través de la economía, y en el tratamiento de la problemática represiva. Padecida, en los dos países, que sin embargo se encuentran irreparablemente unidos, en la actualidad, sólo por la fraternidad geográfica del Río de la Plata. O del Río Uruguay, la escenografía del conflicto que generó uno de los dos actos más desastrosos en la acelerada casuística del kirchnerismo. El del corsódromo de Gualeguaychú.
(El otro espanto fue la contracumbre de Mar del Plata, cuando se lo convocó a Bush para degradarlo, en un corsódromo similar).

Propone Mujica, para el Uruguay, el lineamiento expuesto, para la Argentina, por Diego Guelar.
A los efectos de clausurar el ciclo deplorable de la historia perniciosa. Y para enviar, en lo inmediato, hacia sus domicilios, a los militares condenados que hubieran atravesado la frontera de los 70 años. Justamente cuando, por los arrebatos de la sensibilidad selectivamente humanitaria, por la regulación del dolor aplicado a la coyuntura política, en el desborde justiciero de Buenos Aires se decidía detener al coronel de 85 años. Un minusválido que se desliza en silla de ruedas, y se encuentra afectado, por si no bastara, por el Parkinson.
Las imágenes, de por sí, inducían a las comparaciones fáciles.
En el punto más alto del prestigio que arriesga, Mujica se improvisa como el estadista admirable que sorprende. Que pugna por mantener, al menos, la grandeza de la mirada estratégica.
A su pesar, Mujica comienza a ser valorado por aquellos que fueron sus adversarios. Situados a la derecha (que existe).
Tardíamente Mujica descubre que el adversario no es el cretino al que se debe aniquilar.
Lo que clausura es la épica de la confrontación. Basta, con muy poco, casi nada, para diferenciarse gestualmente de la artificialidad de Kirchner. Que representa -como confidenció un sabio radical- la exacta medida de aquello que no se debe hacer. Al que se debe seguir, tan solo, con acciones opuestas.
Por lo tanto Mujica, en la Argentina que destrata, es ejemplarmente sobrevalorado. En especial por los sectores agobiados por el autismo arbitrario del máximo impostor.
Fascina -Mujica- a los enemigos multiplicados de Kirchner.

Mientras tanto, en la desesperada pugna por la sobrevivencia, y ya sin la menor noción estratégica, Kirchner siente que, a esta altura, no puede retroceder. La alternativa consiste en sobreactuar las imposturas. Radicalizar el humanitarismo relativamente redituable. El que sólo cultivó desde la presidencia.
Le resta apostar, en todo caso, a Kirchner, por la fascinación de los izquierdistas desencantados del Uruguay. La nutrida banda de zurditos, progresistas voluntariamente perplejos. Los que interpretan el deslizamiento menemista del Líder, el Pepe, como una voltereta que los desorienta. O, en el peor de los casos, como el anticipo de una traición.
Mujica dista de evocar la reflexión que atormentaba de dudas existenciales al poeta Paul Edward:

«En algo debo equivocarme/ para que los burgueses me aplaudan tanto».

Simulacros, apropiaciones

En su impresionante debilidad, Los Kirchner, «apropiadores» de los derechos humanos, plantean la ofensiva final contra Clarín.
A los efectos de desenmascarar a La Apropiadora (la concepción pertenece a la señora de Carlotto, que está en el frente).
La Apropiadora, en el esquema, es la directora de Clarín, la señora Ernestina Laura Herrera de Noble. La Pity. La apropiación, en el discurso, alude a la adopción desprolijamente concretada de la señora Marcela y de Felipe Herrera Noble. Niños que pueden considerarse grandecitos. Bordean los 34 años.
Con el acaparamiento hegemónico del humanitarismo, y con la ayuda inexorable de la televisión, los Kirchner producen el decisivo desembarco en Normandía. A través del único valor presentable que les queda como nave. La defensa de los derechos humanos. De la identidad. El tráfico de la memoria. Las condenas a «los militares genocidas». Único país ejemplar que los encierra, como enunció la señora Hebe de Bonafini.
Una concatenación de molotovs éticos, que son utilitarios, en el festival, para conseguir el objetivo político. Acabar con el enemigo en la Guerra de Convalecientes. Clarín.
La Apropiadora, La Pity, es el camino que lleva para acabar con el estragado Magnetto.
Con «el poder extorsivo». «Casi mafioso». Epidemias y abyecciones que los Kirchner descubren después de cinco años de relaciones más que cordiales. De complicidad recíproca. Ampliaremos (si hace falta).

Es la máxima exaltación del simulacro. La explotación de la «identidad fotocopiada». Aferrada a la «causa de alquiler». Tomada en préstamo, pero asumida como patológicamente propia. Con tanta convicción que, en el esplendor del simulacro, la causa parece transformarse en propiedad real.
Significa que los Kirchner decidieron, con la última ofensiva, en la antesala del ataque final, en una jornada plagada de simbolismos, y con la pólvora mojada de la historia, pulverizar para siempre el prestigio de Clarín. En un escenario de agresiva emotividad de festival, con los artistas del elenco estable, que participan de la nomenklatura de la solidaridad.
A partir de la explotación medular de la efeméride fatídica. El 24 de marzo.

Dominio del peronismo ausente

El 24 de marzo de 1976, y aunque no parezca, se derrocó un gobierno peronista. El de la Primera Mujer Presidente. La señora Isabel Martínez de Perón. Fue electa en 1973, junto a su marido, el General que, para los Kirchner, hasta hace pocos meses, estaba injustamente -si no olvidado- omitido.
Pero el 24 de marzo también fue «apropiado». Por los herederos ideológicos de las miles de víctimas. Muchos de ellos colaboraron, tan indirecta como irresponsablemente, en la faena cívico-militar del derrocamiento.
Pero son discusiones irrelevantes en el peronismo ausente.
Por la incapacidad para asumir el pasado cercano. Por administrar selectivamente sólo los datos que convengan. El peronismo -es decir, sus dirigentes- prefiere callar. Tolerar los desaguisados de Kirchner, que conduce al peronismo, y sobre todo al país, al desfiladero que lleva al vacío.
Sin sacar los pies del plato, aunque ya ni siquiera exista plato. Para amoldarse con destreza a las distintas imposturas. Así fuera la neoliberal (Menem). La neodesarrollista (Duhalde). O neomontonera (Kirchner).
El secreto para persistir consiste en ceder y conceder. Incluso, hasta para ausentarse conceptualmente de la escena. Para dejarles el centro a las valientes viejas, cada vez -pobrecitas- más viejas. Pertenecientes a organismos donde nunca más debiera registrarse el recambio generacional.
34 años después de la ocultada Isabel, la Argentina sigue administrada por un gobierno que se autodenomina, también, peronista. Podrá ser sucedido por otro peronismo felizmente opuesto. Representado por Reutemann. O por Duhalde, Das Neves, o Narváez (Ampliaremos, sólo si hace falta).

Memoria de Museo

La plenitud de la virulencia anti Clarín se alcanzó en el acto central del Museo de la Memoria.
Con la vibrantemente calculada alocución de La Elegida. Reiterada, en horario de privilegio, por la Cadena Nacional. La Elegida se lució ante el auditorio unánimemente adicto. Colmado de funcionarios que competían, a los efectos de demostrar quien sacaba más chispas entre las manos, de tanto que aplaudían.
La ocasión fue propicia, también, para inaugurar el Centro Cultural Haroldo Conti.
Trátase del escritor superior. Merece, lejos del patético usufructo, un despacho por si solo. Alejado, por su jerarquía intelectual, por su espesura humana, de la utilización coyuntural que hizo que su nombre sirviera de decorado. Fondo de una batalla menor. Indigna de Mascaró.
Batalla, para los Kirchner, que resulta decididamente sustancial en la guerra. Un desembarco en Normandía para avanzar sobre La Apropiadora de Clarín. Con semejante envoltorio surcado por la conmoción, en el momento de máxima vulnerabilidad, con las tropas estropeadas. En una interlocución melodramática, emitida en la Cadena, de La Elegida, con la señora de Carlotto. Entregadas, ambas, a la ceremonia de la posteridad.
A través de la altiva crueldad del dolor regulado. De la identidad de Felipe y Marcela, los dos grandulones de 34 años. Sendas víctimas, probablemente, de una segunda guerra. La Guerra de Convalecientes.

(De bebitos, los grandulones fueron «adoptados». Sin intenciones que vuelva a citarnos el doctor Bergesio, quien aún no levantó el pedido de «averiguación de paradero» de nuestro director, puede afirmarse que la adopción transcurrió por inducción de los altos dirigentes desarrollistas de la época. Muertos, todos muertos. Los que controlaban la ideología del diario. Los que eran considerados como pares, por los políticos que tenían votos, y que adoraban salir, como hoy, en el diario, ya multiplicado por radio y la televisión. Eran pares sólo por manejar -y muy mal- aquel poder. Tales desarrollistas muertos subestimaban, según nuestras fuentes, a «la viuda». A la que llamaban La Vieja, cuando apenas pasaba los 50 años. Para colmo, a la señora se le daba por inventar editoriales, iba a diario, quería saber. Para que la directora metereta los fastidiara menos, decidieron hacerla, de pronto, madre. Representaba un apasionamiento mucho más fuerte y movilizador que enviarla, sin ir más lejos, a La Pity, a hacer los reiterados cruceritos por el Egeo, o por el Adriático. Ampliaremos, sólo -también- si viene al caso).

Internacionalismo

Para finalizar el capítulo, cabe consignar que la internacionalización de la Guerra de Convalecientes complica la producción fílmica de la miniserie. La encarece. Produce el freno de los inversores de riesgo.
Kirchner siente que Magnetto lo ataca desde los pronunciamientos de la Sociedad Interamericana de Prensa, la SIP. Como si fuera un Chávez cualquiera. Hasta le sugirieron, desde la cumbre de Aruba, retroceder con la Ley de Medios. Justamente el instrumento fundamental de la Guerra. Como las sistemáticas presiones, que acusan extorsiones. Fuego cruzado.
A través de La Elegida, Kirchner decide responder con la potencia del estado, a la guerrilla cotidiana de Clarín.
Utiliza, en el frente, la artillería humanitaria. Coloca de escuderos a los emblemáticos defensores. Son mujeres, veteranas para el desembarco. Pero leales.
Si es que les va mal con los jueces argentinos, el kirchnerismo respeta tanto la justicia que produce que va a recurrir a los Tribunales Internacionales, tal como le prometió La Elegida a la señora de Carlotto.
Con la justicia internacional, a los Kirchner, no suele irles bien. Dista de ser aconsejable el intento en otro corsódromo. Es la antesala del Botnia Dos.
Se asiste al manoseo más explícito de la problemática humanitaria. Legitimado con la concepción tan vulgar como discutible. Indica que en la Guerra -Sucia- de Convalecientes, vale todo.
Acciones para analizar, con seguridad, en próximos estamentos judiciales. De otra instancia política.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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