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Majul, Morales y González Oro

Literatura de locutores.

Carolina Mantegari - 18 de diciembre 2009

El Asís cultural

Majul, Morales y González Oroescribe Carolina Mantegari
Editora del AsísCultural, especial
para JorgeAsísDigital

«Qué negrito pintón que sos vos» le dijo Perón a González Oro. Página 48. Inicio del capítulo II de «Radiografía de mi país», de Oscar González Oro. Obra que contiene un subtítulo «La Argentina que me duele».

Tres locutores-comunicadores, que disponen de varias horas matinales de radio por día, sorprenden, en el estribo del año, con respectivos libros. Para integrar la lista de los más comprados. La que ya mantiene, como invariable inquilino, al par Ari Paluch. Con el «combustible espiritual» que nos desborda. Sigue la huella epigonal de Víctor Sueyro.
Son tres comunicadores distintos entre sí. Como los libros que produjeron.
Luis Majul, Víctor Hugo Morales, y Oscar González Oro.

Majul

El mérito unánime de Kirchner, en apariencias, consistió en sacarlo al doctor Nazareno, para poner al doctor Zaffaroni. Escasos datos positivos que se registran. Los «cambios en la Corte» y la política humanitaria. Lo sostuvo Majul, para aludir, acaso, al primer encantamiento con Kirchner. Compartido, en realidad, por los mayoritarios comunicadores afectados al progresismo. Los que denigran, hoy, de aquello que apoyaron. El kirchnerismo.
Pero Majul despega, definitivamente, con «El Dueño». El título remite a la serie anterior del autor. Esta es la «historia secreta de Kirchner, el hombre que maneja los negocios públicos y privados de la Argentina».
Majul compone, o se hace cargo, la obra mayor que agota la problemática. Que fuera iniciada, de manera artesanal, en Santa Cruz. Con aquel texto que emerge como fuente inagotable. «El amo del feudo», de Daniel Gatti.
En El Dueño se asiste al desborde de excelente información sobre el protagonista principal -Kirchner- y sus literarios márgenes. Los ya familiares Lázaro, Rudy, Cristóbal, Jaime. La garantía, sin desmerecerlo a Majul, la ofrece el equipo de «colaboración periodística». Sobre todo, Marcelo López Masía. Es López Masía el investigador ineludible, que se especializa minuciosamente en Kirchner desde que fuera, como movilero del Canal 9, a Río Gallegos, en el 2003. Para la emisión Hora Clave, del Profesor Grondona.
Majul despega, en El Dueño, con profesionalismo y acierto. Al margen de las abundantes reiteraciones, que reflejan las precipitaciones comerciales de la edición, «El Dueño» se impone como un libro de lectura casi obligada. Ideal para consolidar, durante el verano, la distancia con los Kirchner. La cercanía del «largo adiós», diría Chandler.

En adelante, no habrá otra alternativa que utilizarlo, a Majul, de fuente.
517 páginas. Editó Planeta.

Víctor Hugo

Por Víctor Hugo. Aquí Morales aprovecha la homonimia explícita del poeta para brindar la limpieza del texto honesto. La carencia de ambición trascendental funciona, aquí, como mérito. La sinceridad se nota en el formato. Se asiste a la perceptible sucesión de desgrabaciones. Pero como Morales habla muy bien, el texto luce aceptablemente bien escrito.
Los momentos más felices de «Víctor Hugo» aluden a la infancia del locutor en el pueblo de Cardona, Uruguay. La narración es cinematográfica, como los relatos donde Morales recrea los partidos de fútbol. Es la temática que Morales mejor domina. Casi con tanta precisión como la música clásica.
Para quien le interese, Morales se extiende módicamente en sus impresiones políticas. Domésticas, pero también internacionales. Signadas, en general, por la desertificación en materia de originalidad. Características, en definitiva, del pensamiento políticamente correcto. Aferrado a los aspectos relativamente inofensivos, que contiene la concepción primaria de la izquierda.
Desfila entonces el apasionamiento de Morales por Israel. O por el discutible acierto de Kirchner, al proclamar que «somos hijos de las Madres de Plaza de Mayo». O exhibe la franca perplejidad ante la existencia de intelectuales en el peronismo. Magnifica a los demócratas que proceden de la Unión Cívica Radical. En especial a los vinculados al ochentismo alfonsinista. O las denostaciones al menemismo, que mantienen los códigos que pueden encontrarse por doquier.
Resulta más auspicioso, y relevante, eso sí, cuando Morales se refiere a Maria Callas. O a Julio Sosa. O al Beto Alonso.
252 páginas. Editó Sudamericana.

González Oro

Debe ser creíble el elogio cariñoso de Perón.
Con Smokey, su caballo, el narrador evoca, en la página 51, que transmitía «una elegancia arrolladora». Tenía «el pelo largo», «para atrás», y un «bigote verdaderamente imponente».
Para perplejidad de los biógrafos, y el horror asegurado de don Enrique Pavón Pereira, en la página 52, «viejito, muy viejito», Perón también le dice a González Oro:
«Gracias por el saludo, Negrito lindo».

Cuando se atraviesa las fronteras ficcionales, la egolatría deja de ser patológica. Se torna graciosamente convivencial.
En «Radiografía de mi país», con el subtítulo «La Argentina que me duele», Oscar González Oro reconstruye las peripecias sorprendentes que signan su trayectoria. Desde que llega de Mendoza, hasta consagrarse con la perdurable majestuosidad de ser el número uno de la mañana. En la radio, su especialidad. Pero sólo después de haber peregrinado por la centralidad cultural de Europa, y también por Bolivia y Perú, donde transcurren los momentos más interesantes del texto. O en Pinamar.
González Oro demuestra, en vida, que mantuvo demasiada suerte con los muertos.
Lo prueba, aparte de los mimos de Perón, el episodio con Borges, de la página 173.
«En diez frases», Borges le contó la «historia de Los Oro en la Argentina». De «Domingo Oro, maestro de Sarmiento».

También tuvo suerte el narrador en la página 84. Cuando tenía barba. En el vuelo de línea de Aero-Perú, le tocó, como compañero, el Brigadier General Agosti, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea. Plena «dictadura». El narrador le dijo:
«Brigadier, me llegan rumores de muertos, de gente que desaparece».
Pero Agosti se mantuvo en silencio. Hasta que en la página 85, Agosti le aconsejó que, para evitar problemas, fuera al baño y se afeitara.

El esplendor del positivismo de González Oro se alcanza con el episodio Cortázar.
«Poco después de la muerte de Perón», o sea 1974, el narrador parte para Londres. Después se desplaza hacia París, donde telefonea al admirado Cortázar. Tuvo la suerte que Cortázar lo invitara a desayunar.
«Le comenté mi fascinación por <Un tal Lucas>, un libro extraño que me había impactado profundamente» (pág. 65). Y eso que Cortázar, aún, no lo había publicado. Porque «Un tal Lucas» es de 1979. Se explica, por la asombrosa capacidad de anticipación, que Cortázar lo invitara, también, a almorzar.
363 páginas. Editó Planeta.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

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