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Posse

El progresismo analfabeto gesta el liderazgo vacante de la derecha.

Carolina Mantegari - 14 de diciembre 2009

El Asís cultural

Posseescribe Carolina Mantegari
Editora del AsísCultural, especial
para JorgeAsísDigital

El analfabetismo estratégico moviliza, otra vez, a los progresistas domésticos.
A través de la unanimidad de sus variantes, gesta el liderazgo vacante. Ocupa el casillero que le faltaba a la derecha. Con el diplomático escritor Abel Posse.
La mera designación, como ministro de Educación de Buenos Aires, le produjo a Posse la repercusión que hubiera merecido, aunque sin los atributos del escándalo, por sus inquietantes libros. Lucen incómodos en el maniqueísmo retardatario de la literatura argentina.
En los ochenta y los noventa podía afirmarse, con relativo sentido del humor, que Posse era un novelista más premiado que leído. Con más cucardas que lectores.
En el epílogo vulgar de la primera década del dos mil, puede afirmarse, sin sentido trágico, que Posse es un intelectual más denigrado que leído.
En adelante, el ministro Posse no se convierte sólo en un problema insoluble para la cultura hegemónica de la izquierda.
Posse se transforma en un problema superior. Pero para Macri. Y de ningún modo por las reticencias confrontacionales que como ministro produce. Al contrario, Posse es un problema para Macri por las adhesiones. Que son asombrosamente múltiples, para congoja del progresismo que no se explica, en el fondo, por qué motivos el mundo no es exactamente como lo prefieren.

Para atenuar la magnitud del fenómeno que se expande, Posse tendrá que recurrir a los atributos de la reconocida inteligencia. Asumirse, desde ya, como el protagonista turbulento de la próxima novela. La que le falta. La novela del poder. En la Argentina, sin elipsis ni metáforas. Total, como diplomático está retirado. Su último destino fue la embajada en España, donde Kirchner supo correr a un pobre secretario para pegarle, ante las miradas perplejas del poeta Alberto Fernández, y del entonces canciller, Rafael Bielsa. Y donde Posse, con una entereza envidiable, soportó las peores humillaciones de un presidente de la república para su embajador. El descrédito de tacharlo. Eliminar su presencia en las reuniones.

En pleno desborde de las felonías esquemáticas, la izquierda prejuiciosamente presentable le reprocha, a Posse, el haber sido funcionario diplomático de la dictadura militar.
Con semejante criterio debió haberse clausurado la cancillería.

Posse es agraviado por los sectores que mayoritariamente produjeron el hartazgo estructural en la sociedad porteña. Deberían, en todo caso, esmerarse en deslegitimar el razonamiento sustancial que signa el discurso de Posse. «Digo lo que la mayoría de la gente piensa».

Políticamente incorrecto

«Gente» que ya, incluso, ni siquiera calla. Es que Posse, con la brillantez reaccionaria del desenfado, comprueba que se desmoronan las razones para aferrarse al recetario de «lo políticamente correcto».
A través de la franqueza brutal, Posse genera identificaciones. Prolonga el segmento que supera, a esta altura, el tradicional «voto seguridad».
Las multitudes, que se sienten desbordadas por el hartazgo, adhieren, en franjas decisorias, a las tesituras menos idílicas de Posse.
Alguna insistencia intensa en los agravios, a través de marchas, de huelgas y hasta de concentraciones de protestas, sólo podrán conseguir, en pocos días, lo menos gravitante. Que Posse sea desplazado del ministerio de Educación. Y el episodio pase a la historia de los ministerios educativos. Como si fuera otro Gustavo Martínez Zuviría, alias Hugo Wast, que fuera designado ministro de Educación después del golpe militar del 4 de junio de 1943. Gestado, entre otros conspiradores, por el GOU, Grupo de Oficiales Unidos que estudió Potash. Chirinada que admitió la máxima creación cultural del Ejército. La única, tal vez, que resultó exitosa. El peronismo.

Liderazgo

Si Posse aguanta la ofensiva colectivamente degradante. Si Posse triplica la apuesta y mantiene firmeza en las colosales provocaciones, podrá pasar, muy pronto, de la pugna por el liderazgo conceptual, típica de los intelectuales comprometidos (un sello apropiado por la izquierda), a la competencia abierta por el liderazgo político.
De todos modos, se asiste al equívoco de una lástima. Porque Posse hubiera preferido, acaso, alcanzar la repercusión intelectual a través de los libros más representativos de su obra. Para esta cronista dista de ser «Cuadernos de Praga». Menos aún las insignes obviedades sobre Evita Perón. Tampoco el engendro epigonal de «Daimon». O el anticomunismo iniciático, implícito en «Los Bogavantes». Posse se asegura el sitial de holgado privilegio en la literatura argentina por «Los demonios ocultos». Sobre todo por «El viajero de Agartha». O por las primeras 80 páginas del libro último. Es el más conmovedor, «Cuando muere el hijo». Donde se narra la innecesaria banalidad de la muerte voluntaria del adolescente, que hoy reposa en el cementerio de Pere Lachaise. Desde donde los protege, probablemente, al ministro Posse, y a Sabine, su mujer. Para terminar la crónica, se insiste con las dolorosamente bellas ochenta páginas. Antes que el texto se diluya en una suerte de guía peuser, ideal para el turismo reparador.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

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