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La guerra de Chávez y Uribe

Brasil, elegida para intermediar, mientras Argentina sigue ausente.

Osiris Alonso DAmomio - 10 de noviembre 2009

Artículos Internacionales

La guerra de Chávez y Uribeescribe Osiris Alonso D’Amomio
Consultora Oximoron, Área Geopolítica
especial para JorgeAsísDigital

Hasta que Antonini Wilson lo arrastrara a la desgracia, Claudio Uberti -en sintonía con Julio De Vido- manejaba, para la Argentina de Kirchner -en el estricto sentido del término-, la relación bilateral con Venezuela.
Al respecto, la cancillería se transformó en el adorno prescindente. El aplique pintado. El apasionamiento del bilateralismo se basamentaba, en exclusiva, en la irrisoria precariedad espiritual de los negocios.

Pudo descubrirlo el embajador Sadous. Tarde, como en el tango «Tarde». Cuando se encontraba formalmente acreditado ante los desbordes del gobierno bolivariano.
Al confirmar por escrito, hacia el aplique de la cancillería, sobre la desaparición fiduciaria de decenas de respetables millones de dólares, el digno Sadous signó la decapitación profesional de su destino. Desde Caracas, hacia Buenos Aires. A los efectos de ser suplantado por la menos problemática señora Nilda Garré. Y después por la señora Alicia Castro, al ser designada Garré ministro de Defensa, a los efectos de ocuparse de la intrascendencia de los menores temas militares. La (falta de) diplomacia kirchnerista se consolidaba en Caracas. En adelante, el embajador podía ser tratado como otro revolucionario bolivariano más.

Para tratar las enfáticas corruptelas, pronto habrá tiempo excesivo de jueces federales.
El problema, en la actualidad, supera los entretelones de las atrocidades económicas. Las que signaron la repartija del intercambio. Instrumentada a través de la marroquinería, transportada en los aviones misteriosos. Ceremonias que mostraban que lo más rescatable era la geopolítica de los negocios.
El verdadero problema consiste en determinar quién mantiene, hoy, desde la Argentina, el manejo de la relación política con Venezuela.
Ante el escenario prebélico, la cancillería exhibe, hasta aquí, la magnífica coherencia del país diplomáticamente ausente.

Impertinencias

Vaya la impertinencia del planteo. En las vísperas, sobre todo, de otra habitual excursión del presidente Chávez. Por la colapsada Buenos Aires.
Es el aliado principal, y acaso el único, que va a llegar después de la declaración impertinente de guerra. Lanzada -hay que aceptarlo-, a través del formato mediático de la advertencia.
Amenazas reiteradas hacia el vecino Colombia, que emerge como foco propagador del conflicto. Presentada Colombia, en los ámbitos transformadores, como «la Israel de América Latina».
Un país virtualmente «intervenido». «Anexado por los Estados Unidos».
Concepto, el último, que marca la magnitud del pensamiento estratégico de Fidel Castro. Fue emitido desde la impunidad de la convalecencia literaria. Impulsada por los divertículos que manipula la reacción.

Maniceros

De tanto denunciar magnicidios estremecedores, o de aventurarse entre la sucesión de las invasiones imaginarias, nadie le va a creer, al presidente Chávez, cuando se descubra, de pronto, que algún grupo comando se disponga a ejecutarlo, de verdad.
Es probable que, para la última andanada, Chávez mantenga -incluso-, fundamentaciones racionales. Al menos para enviar, hacia las zonas fronterizas con Colombia, la extorsiva disuasión de 15 mil milicianos. Pertenecen a la Guardia Nacional. Es el ejército a su servicio.
Aparte de las tradicionales imposturas, de las sentencias de efectivo sarcasmo, sin embargo existen, esta vez, una serie de cadáveres frescos. Merecen ser investigados.
Ocho «espías colombianos, paramilitares». Fueron asesinados en Chururú, departamento de Táchira. Para Colombia se trata, en cambio, de indefensos vendedores de maní.
Inocentes «maniceros» que pululaban en búsqueda de transacciones. Entre los riesgos combinados de los paramilitares, en simultaneidad pavorosa con los guerrilleros y narcotraficantes.
Los maniceros fueron masacrados, junto a otro peruano. También adicto, el peruano, al tráfico de los maníes.

La DAS

Deben hablar, también, otros cadáveres. Para los tendenciosos investigadores, los cuerpos muertos de dos guardias venezolanos.
Masacrados, según Chávez, por los paramilitares colombianos. Los que mantienen «una alianza de confabulación con el Presidente Uribe».
Muertes instrumentadas, para el chavismo, por la «temible DAS».
Trátase del Departamento de Administración y Seguridad. En el camino, hoy, de la profiláctica extinción, por la acumulación interminable de escándalos.
La DAS se funde, o se confunde, en estos días, con una nueva central de inteligencia.
Precisamente, es la DAS colombiana la agencia que le brinda a Chávez, en la actualidad, los fundamentos primordiales para la nueva embestida violentamente oral. Desde el surrealismo comunicacional de «Aló Presidente». Emisión dominical donde Chávez suele desplegar los atributos profesionales que le copiara al argentino Sergio Velazco Ferrero.

Mediadores

Chávez clama, en el fondo, por la presencia de los mediadores externos. Los que le impidan ejecutar aquello con que amenaza. Suplica, para Consultora Oximoron, por la postulación de los mediadores dotados de una neutralidad reconocida. Que puedan facilitar el acercamiento, a esta altura casi imposible, o por lo menos el diálogo entre Venezuela y Colombia.
Para hablar de negocios, Chávez lo tiene presente siempre, según nuestras fuentes, a Kirchner. Como así también lo tuvo en cuenta para la ornamentación de sus memorables papelones internacionales. Como aquel de la selva de Villavicencio.
Sin embargo, para tratar seriamente de mediaciones de conflictos, Chávez no tiene otra alternativa que reportarse a Lula. Es más, pareciera provocar los conflictos nada más que para llamar la atención de Lula.
Es la estrella del continente que aspira -Lula- a liderar. Son entonces permanentes los contactos con Marco Antonio García. Es el asesor internacional de Lula, que apenas supera el nivel intelectual del poeta Alberto Fernández.
Otro que se destaca, para las ilusiones escenográficas de la mediación, es Zapatero.
El presidente español le lleva bastante el apunte, como corresponde, al canciller Moratinos. Aunque Moratinos, alias Desatinos, sea bastante menos presentable que el silencioso canciller Taiana. Quien sigue, inadvertidamente, junto al Tojo y su cuñada, el conflicto Colombia-Venezuela por los diarios. O, en adelante, por el AsísDigital.

Es una lástima, además, que como consecuencia de los compartimentos estancos, Chávez tampoco piense, para mediar, en La Elegida.
La señora Cristina mantuvo, sin ir más lejos, en la última reunión de Bariloche, un desempeño casi valorable. No dio cátedra ni produjo papelones.
Fue cuando trataron, con el marco delirante de la UNASUR, el tema patrióticamente inflamado de «las bases militares americanas, en Colombia». Para superior complejidad del cuadro.

Paranoia legitimada

Antes de la masacre de los maniceros colombianos de Chururú, se había registrado la polvorienta entrevista a Rafael García. Es el ex director de informática de la DAS.
A mediados de septiembre, para Noticias UNO, García legitimó, en palabras, la paranoia de Chávez. Explosivamente declaró que el presidente Uribe mantenía pleno conocimiento del plan orquestado por Jorge Noguera. El «niño mimado de Uribe», según García.
Noguera era, aparte, el hombre fuerte del DAS. El Montesinos colombiano.
El plan, para colmo denominado «Jorge», consistía en el envío, hacia Caracas, del comando paramilitar. Con el objetivo de ajusticiarlo. A Chávez (El reportaje a García puede consultarse en youtube).

Las palabras de García fueron, para la Venezuela Bolivariana, definitivamente esclarecedoras. Armonizaban, a la perfección, con las declaraciones del otro paramilitar, acaso contratado. Giovanni Velazquez. Quien incriminó, con relativa dosis de irresponsabilidad, desde el canal Al Jazeera, al gobernador del Zulia, Manuel Rosales. El político que cometió la osadía de desafiar electoralmente a Chávez. Y que hoy persiste exiliado, en Perú.
Supuestamente, según Velázquez, el opositor Rosales habría colaborado. Para la contratación de los paramilitares colombianos que llegaban a Caracas, con el expreso propósito de asesinarlo a Chávez.
Autorizado, según Velázquez, por el presidente Uribe.

Juegos peligrosos

Para Consultora Oximoron, a los dos, Uribe y Chávez, por mutua conveniencia interna, les resulta de magnífica utilidad el juego recíproco de la confrontación. Aunque puede, en cualquier momento, convertirse en real. Y derivar en la guerra.
Los personajes, Uribe y Chávez, se comportan, para Consultora Oximoron, exactamente de acuerdo a la conveniencia específica de los intereses del otro.

Para la lectura chavista, Uribe debe entonces ser la cabecera de puente. Para la invasión de los Estados Unidos. Hacia la Venezuela heroicamente bolivariana que, después de todo, va a resistir. Y Chávez se lo hace saber, con el estilo Velazco Ferrero, y a través de los televisores del mundo, al embocado Obama.
El «amo de Uribe».

Para la lectura uribista, la generosidad interesada del territorio de Venezuela sirve como santuario de la guerrilla enemiga. A los efectos de favorecer la tercera elección de Uribe, los comandos de las FARC se recuperan de las heridas en Venezuela. Desde donde planifican las próximas acciones. Tendientes a aniquilar el Estado de Colombia.
Lo peor del juego tan peligroso, reside en que ambas lecturas reflejan la copia exacta de la maldita realidad.
Por lo tanto, Lula tendrá que esmerarse para atenuar la virulencia. Sobre todo si aspira hacer, de la inflamación artesanal del Brasil, la potencia hegemónica del subcontinente. Única interlocutora de los Estados Unidos. Ambición acentuada, sobre todo, por la incompetencia proverbial, por la insolvencia estructural de una dirigencia argentina que se consume entre el goce de la propia autodestrucción.

Osiris Alonso D’Amomio
para JorgeAsísDigital

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