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El crimen de Domínguez

La glasnost (transparencia) en Santiago del Estero.

Serenella Cottani - 14 de agosto 2009

Artículos Nacionales

El crimen de Domínguezescribe Serenella Cottani
Interior-Provincias, especial
para JorgeAsísDigital

SANTIAGO DEL ESTERO (de nuestra corresponsal itinerante, Serenella Cottani).- ¿Quién mató a Raúl Domínguez? Las respuestas, conjeturalmente impublicables, se despliegan en el bar del Hotel Carlos Quinto.
Entre las mesas aún persiste la previsible conmoción. Derivaciones de las totalizadoras corruptelas que, de manera inquietante, trascienden. Sobre todo después del apresamiento del Gran Inversor. El intendente Alegre, de la capital, Santiago.
Se asiste a las vísperas de la necesaria «glasnost» santiagueña. Alude, la glasnost, a la necesidad de clarificar, como en los tramos finales de la extinta Unión Soviética. La transparencia alcanza, también, a la necesidad de iluminar el espantoso crimen de Domínguez.
Las consecuencias de la glasnost santiagueña son insospechadas. La tensión se incentiva a partir del pedido de juicio político, para el juez del Crimen de Primera Instancia, Abelardo Basbus. Con «remoción y destitución». Es el el subrogante que intervino en las dilataciones de la causa. Hoy promovido a Camarista.
El juicio es formulado por el doctor Carlos Weyenbergh, y elevado al presidente del Consejo de la Magistratura.

Vinalar

El pobre Domínguez, en mayo del 2008, apareció descuartizado.
En un descampado del Barrio Vinalar. Entre los vinales, arbustos nativos. Plaga con espinas agresivas, de treinta centímetros.
Los pedazos que pertenecieron al cuerpo de Domínguez, fueron encontrados a 300 metros de su casa. Donde vivía con su segunda mujer, y dos hijos. En la casa austera de otro barrio. El Smart. Desde donde Domínguez había salido, diez días antes, el 13 de mayo, a los efectos de cumplir con la faena del segundo trabajo. En la zapatería. La changa que le permitía llegar al final del mes, con algunos atisbos de aire.
Complementaba, con la changa, la levedad del salario que Domínguez recibía en la Dirección de Rentas.
El origen fatal -Rentas- de la desgracia próxima. Del cuerpo severamente fragmentado por los asesinos. En la tétrica labor completada, acaso, por los perros de la zona.

Timbres y sellos

Raúl Domínguez era tucumano. Empleado de la Dirección de Rentas. 51 años.
Había cometido «la osadía». El desatino de denunciar un fraude, sistemáticamente colosal. Descubierto, de pronto, por él. Cuando un contribuyente fue a quejarse por las falencias del trámite más vulgar. El 08. Transferencia de automotor.
A través de la adulteración de los timbrados y los sellos, la gran parte del dinero de los impuestos iba hacia otras arcas. De particulares. Se privatizaba, en la práctica, la recaudación. Una estaba letal para las arcas impositivas de la provincia.
En Santiago del Estero se traspasaron los límites de los códigos imaginarios.
En la civilización santiagueña desaparecieron, de pronto, los principios morales básicos. La sociedad presentable, en el marco de pobreza, parecía haberse mayoritariamente resignado a convivir, en silencio, con el latrocinio.
Por lo tanto Domínguez pagó la trasgresión de impugnar, con una mera denuncia, a la mafia. La organización que supo apoderarse de los sustanciales pilares. Los que sostienen la funcionalidad de la provincia. Interpretada, patológicamente, como un botín. Objetivo de expoliación al que se aferran los piratas protegidos de la democracia. Los que construyeron, en Santiago, una versión tristemente latinoamericana de Somalía. Pero sin mar.
Pagó Domínguez, ante la mafia, su aventura de hombre de honor. Con la estricta ceremonia de la carnicería. Complementada por la acción -horriblemente devastadora- de los perros.

Cáscaras

Sólo varias semanas después, por los restos de ropas, pudo identificarse el cadáver mutilado. Ante la desesperada incertidumbre de la mujer. De los hijos. Uno, con cierta afectación congénita.
Domínguez residía en Santiago desde hacía 30 años. Trabajaba en Rentas desde hacía 20. Experto en la monotonía de los timbrados y los sellos. Hasta que cayó en el error de advertir, por el sello falso del 08, la existencia del mecanismo paralelo. Los timbrados truchos. La privatización mafiosamente impositiva. El desvío, hacia arriba.
Después de la denuncia, hubo amenazas anunciadas. Anticipatorias del turno del crimen. Complementado por la complicidad, posteriormente aberrante, del silencio. La cáscara protectora de la impunidad que se cae. Como el temor.

Radical Kash

De todos modos, en Santiago persisten las reservas de resistencia. Útiles para iniciar la Glasnost. Sobre todo al desatarse el paquete de la abrumadora corrupción municipal. Los pormenores se comentaban, con rabiosos detalles, casi admirablemente, en la perplejidad de los bares. En el Carlos Quinto todo se sabía. De la nada, Alegre se elevaba a millonario. Incluso, solía festejarse la reflexión del joven empresario, también bastante adicto a la hipocresía del silencio. El que le dijo al alcalde, aquel Alegre aún no desbaratado. En las instancias progresivas de Gran Inversor:
– A todos nos gusta el dulce de leche, pero no te lo comas todo. A cucharadas. Se nota. Dejá algo.

La caída de Alegre no arrastra, en apariencias, al gobernador Zamora. El Radical Kash.
«Nada tiene que ver, el gobernador, con las irregularidades», dice una Garganta. Irónica.
«Porque en el gobernador Zamora se conjugan los máximos atributos del demócrata radical», continúa.
Valores morales que lo hacen merecedor del afecto. De la distinción que le prodigan, en tanto Radical Kash, otros seres igualmente venerables. Los Kirchner. Los que perciben, en Zamora, que La Concertación es aún una aventura posible. Ningún fracaso total.
Como en «los amores de estudiante», la esperanza se alterna con la traición.
La traición representa el lugar sombrío, que los Kirchner le reservan a Cobos.
A Zamora le cabe, tan luego, la esperanza.
«Flores de un día son».

Pedazos

«Nadie vio nada, nadie sabía nada, como en los delitos cometidos por el intendente de esta capital, que ahora salen a la luz», dice el texto de Weyenbergh.
Alude, además, a «la torpeza con que se manejó la instrucción policial y judicial».
El llamado «crimen de la dársena», que fue (¿injustamente?) letal para el dominio de los Juárez, comparativamente, en intensidad, empalidece.
El juez Basbus, aunque haya sido promovido consagratoriamente a Camarista, tal vez tendría que preocuparse. Porque el crimen de Domínguez adquiere cierta trascendencia nacional. Perfora el silencio eficazmente provinciano.
«Tendría que preocuparse también, Serenella, cierto comisario», insinúa la Garganta.
Es el que ostenta el apellido del vigente director técnico de fútbol.
Es de esperar, aparte, que los abogados de vanguardia, los osados que van al frente en pos del esclarecimiento, de la glasnost, puedan mantener, el cuerpo, en estado de integridad. Sin el riesgo patético del despedazamiento, como el cuerpo de Domínguez. Por la asociación mafiosa, de los asesinos transitoriamente amparados, con los perros, los más hambrientos de Santiago.

Serenella Cottani
para JorgeAsísDigital

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