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Desde Manta a Palanquero

Bases militares. Estados Unidos en Colombia.

Osiris Alonso DAmomio - 12 de agosto 2009

Artículos Internacionales

Desde Manta a Palanqueroescribe Osiris Alonso D’Amomio
Consultora Oximoron, especial
para JorgeAsísDigital

Hay que poner, primero, las bases en claro.
No «son siete las bases norteamericanas que van a instalarse en Colombia».
Porque las bases, en principio, ya están. Son colombianas, como las respectivas comandancias. Es decir, Colombia mantiene, en el acuerdo aún no suscripto, la soberanía.
Entre las tensiones del Festival de la Locuacidad, celebrado en Quito, lo aseguró la señora Forero. Es la vicecanciller de Colombia. Asistió a la reunión de UNASUR que debió estar a su nivel. Significa afirmar que Argentina debió estar representada, a lo sumo, por el embajador Tachetti, o por el embajador Chiaradía.
Sin embargo la vicecanciller Forero debió aclarar la obviedad ante un conjunto de presidentes enfáticos. Los que se predisponían para representar las majestuosas escenas del patrioterismo latinoamericano. Delirios psicóticos, en la patología de Chávez, que aludían a los «vientos de guerra». O a patetismos estremecedores, como los producidos por la presidente argentina. La señora Cristina Kirchner. La Elegida.
Mientras oscilaba entre Caracas y Brasilia, La Elegida aprovechó la bolada para culpar a los norteamericanos maléficos. Por haber «exportado la crisis económica internacional». Y, para completarla, «no conformes», también la Gripe A.
Felizmente, para amortiguar las alucinaciones de la diplomacia, se encontraba Lula. Eventualmente el único perjudicado por las bases hipotéticas. La racionalidad del principal afectado -Lula-, por la paranoia de las bases militares, bastó para atenuar las barbaridades del jocundo venezolano. Los exabruptos, también, de la sobreactuación argentina.

Manta

Entonces no se trata de instalar siete bases en Colombia, similares a  la base de Manta. La que Estados Unidos debe abandonar, el próximo 15 de septiembre, en la efervescencia del Ecuador que acaba electoralmente de legitimar, por otros cuatro años, a Correa.
El interior de la base de Manta, hasta que dejó de operarse el 17 de julio, era parte ineludiblemente del territorio americano. Donde los «gringos» deshacían a su antojo. Desde donde pudieron -Manta- recopilar la información más sensible relativa a las amplificadas bondades estratégicas del reservorio de la Amazonia. La región que Brasil pretende resguardar con un celo admirable. Se trata de una civilización con visiones alucinantes de la geopolítica. Especialidad ausente en la Argentina carente de estrategia. Ampliamente superada, en la materia, por Chile. Y ni hablar del Perú, acaso el único país del subcontinente favorecido por los entresijos sutiles de esta historia.
Las bases tampoco son, para colmo, siete.
A propósito, son los colombianos los que quisieran que las bases militares fueran catorce. Las que se dispondrían, en todo caso, abiertas de corazones y de piernas, a recibir los glucolines del carísimo sistema de la cooperación americana. En materia de infraestructura, de tecnología e inteligencia.

Palanquero

La única base colombiana que les interesa a los «gringos» del Pentágono es, en realidad, de acuerdo a la evaluación de Consultora Oximoron, la base de Palanquero.
Situada en la región de Cundinamarca. Para ser precisos, en el Puerto Salgar, sobre el Pacífico. El océano ideal, que los narcotraficantes utilizan lo más panchos. Como si se tratara del patio, o del jardín, de sus casas. Con la sofisticación de buques sumergibles, imperceptiblemente cargados de cocaína destinada a la suciedad moral del imperio. Triangulada, en general, hacia la decadencia de Europa.
De ningún modo Colombia se encuentra en condiciones de detectarlos. Menos aún, de capturarlos. Sin la ayuda -y sobre todo la decisión política- de los Estados Unidos.
La base de Palanquero, en Puerto Salgar, mantiene una pista, perfectamente utilizable, de 3.200 metros. Cuenta con hangares para hospedar más de cien aviones. Con instalaciones de infraestructura, confortables para albergar poco menos de tres mil hombres.
Si les daban a elegir, si se trataba del surtido de catálogo, los gringos indeseables del Pentágono hubieran preferido «cooperar» en la sustantiva zona de Calí.
De acuerdo al relevamiento informativo de Consultora Oximoron, Cali resultó imposible. Porque la única base, posible, o mejor, disponible, se encuentra instalada en Cali, la ciudad violentamente fascinante que contiene, como inigualable atributo, las mujeres más bellas de Colombia.
A los colombianos les interesa que los «gringos» inviertan, en tecnología indispensable. Como lo hacen, en la práctica, en virtud del vigente Plan Colombia, destinado a combatir, oficialmente, la cultura del narcotráfico.
A la base Palanquero, en plan triangular, para la encerrona podría sumarse la base de Apiay. En los Llanos Orientales. Y sobre todo la base Malambo, próxima a La Guajira. Casi fronteriza con el estado venezolano de Zulía, y recostada en el departamento Atlántico.
Desde otras bases, como la de Larandia, o de Tres Esquinas, operan, desde hace tiempo -y siempre en virtud del Plan Colombia- los aviones capitalizados con la tecnología aportada por los malditos del Pentágono. En las bases restantes, Colombia aprovecha la bolada geopolítica. Para renovarlas, con los fondos del tesoro americano. Producto del impuesto a los «plomeros».

Maremoto en el florero

La cooperación siempre fue, a lo sumo, un formidable negocio.
Con el pretexto legitimado por dos cuestiones irreprochables. La doble lucha, contra el terrorismo y el narcotráfico. La imperiosa necesidad de contar con la inteligencia suficiente para atenuar, en los papeles, la magnitud multiplicada de sus actos.
El aporte en dólares, aparte, no es nada desdeñable. Seis mil quinientos millones de glucolines verdes se recibieron, en Colombia, en carácter de ayuda militar. En cinco años.

Por las consecuencias del alboroto, el acuerdo de cooperación, para la utilización de las bases, se encuentra lejos, aún, de ser firmado.
En reuniones confidenciales de Washington comenzaron a discutirse, en febrero de este año, las claves del acuerdo. Se desconocen, según nuestra evaluación, los detalles de la letra chica.
De todos modos, la excesiva susceptibilidad de los vecinos pintorescos, produce, diplomáticamente, un maremoto en un florero.
La tormenta resulta ideal para la algarabía expresionista de Chávez. Con provocativa alegría, Chávez entra en el juego. En cierto modo, con una justa preocupación que le permite atenuar las perceptibles calamidades de su administración.
Correa, desde Ecuador, también aprovecha las bases para sobreactuar, payasescamente, la indignación. Circunstancia que le permite esquivar las acusaciones aún más previsibles.
Porque si el motivo principal de la cooperación tiene que ver, en realidad, con la lucha frontal contra el narcotráfico, ambos -Chávez y Correa- se encuentran en problemas. Como Butch Cassidy y Sundance Kid, en la antesala del final. Deberían cuidarse ante el acoso que los encierra. Conste que está ampliamente comprobado que ciertos territorios de Venezuela y Ecuador suelen ser sindicados como santuarios. Para los narcos. Para la guerrilla. Para la narcoguerrilla.

Amazonia

Sin embargo, el dato más inquietante no tiene mayor relación con el bandidaje. Ni con la picaresca latinoamericana. Atraviesa el costado estratégico de la geopolítica.
El riesgo principal del acuerdo no le concierne a la estabilidad de Venezuela. Es un problema, en realidad, para las ambiciones del Brasil.
Por la hipersensibilidad. Por el temor a ser espiado por el «gigante americano». Que por supuesto ya sabe, sobre Brasil, infinitamente más de lo que necesita, en todo caso, saber.
Pero ocurre que Brasil aspira, en la práctica, a representar, al gigante indeseable, en el sur del continente. Por lo tanto, lo que no quiere es tenerlo, a su representado, nunca cerca.
La inquietud de Brasil por ser espiado, a través de los poderosos aviones Awac, es tardía. De rigurosa inutilidad. Porque los Awac, aviones de alcance milagrosamente ilimitado, sobrevolaban, sin reparos mayores, desde la base de Manta, en Ecuador.
Cuentan los «gringos» con el relevamiento minuciosamente fotográfico de todos aquellos movimientos que pudiera eventualmente interesarles.
Para Consultora Oximoron, el litigio de las bases se reduce al desplazamiento desde Manta (Ecuador) hacia Palanquero (Colombia). Para la profundización del Plan que admite -según fuentes de la cancillería colombiana- hasta la presencia de 600 militares, inhabilitados para entrar en operaciones directas.  Pero los que preocupan más son los 800 contratados. En general, se trata de civiles, de militares retirados, en funciones junto a los mercenarios de la aventura que suelen beneficiarse con los atributos de la inmunidad. Adictos a la cerveza. Consumidores de aquello que supuestamente combaten. Protagonistas de escenas de maltratos. Aunque se encuentren, igual que los militares, inhabilitados para entrar en acción. Para asomarse y recibir, en la frente, los «vientos de la guerra». Anunciados por Chávez, en la amenización del show.

Osiris Alonso D’Amomio
para JorgeAsísDigital

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