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Aurora vs Carta Abierta

CHORIPANERISMO INTELECTUAL (II): El panfleto de Marcos Aguinis y el brulote de Horacio Verbitsky.

Carolina Mantegari - 5 de agosto 2009

El Asís cultural

Aurora vs Carta Abiertaescribe Carolina Mantegari
Editora del Asis Cultural,
especial para JorgeAsísDigital

En un rincón, Marcos Aguinis, el «pensador más crítico del país», para la revista «Noticias».
Para el analista Rosendo Fraga, Aguinis combina explosivamente «la idea con la acción».
«Emula a los pensadores del siglo XIX, como Sarmiento».

Consagrado autor de «¡Pobre Patria Mía!». Un sumario de inteligentes obviedades, divulgado por Sudamericana.
Texto asumido como «panfleto». Por el éxtasis denunciativo que inmortalizara a Emile Zola, un antecedente, ostensiblemente menor, de Aguinis.
El pensador despunta, en «Pobre Patria», como un crítico implacable, tardíamente demoledor, de Kirchner, «el tirano».
De la patología del kirchnerismo. Transformado, de pronto, en la fragilidad política, que indaga entre los arrabales de la propia autoexterminación.
Emerge Aguinis, valientemente panfletario, como un promotor sustancial del Grupo Aurora.
Trátase del conjunto saludablemente selectivo de patriotas notables. Aurora se propone, tácitamente, como réplica. Antagonista del agrupamiento, también patriótico, de Carta Abierta. Desbordante de paraoficialismo de alta digestión.
De mínima, el Grupo Aurora se dispone a defender las banalizadas «instituciones de la república». Desde la superioridad ética.
En la magna gesta republicana, Aguinis se encuentra acompañado por otros próceres similarmente venerables. En principio, Daniel Sabsay y José Vanossi. Dos infatigables lectores de la inquietante Constitución Nacional, obra literaria sujeta a interpretaciones múltiples. Y por el legendario Félix Luna, el historiador canónico de «El 45», y -especialmente- del delirio novelado «Soy Roca».
Otro baluarte del incipiente aurorismo es don Hipólito Solari Yrigoyen. Emblema radical que iniciara, a través del milagro de la salvación física, la caravana de víctimas de la Triple A.
Y el rector eterno, don Horacio Sanguinetti. Es de esperar que Sanguinetti tenga, con la nobleza de Aurora, más suerte que la obtenida en el catastrofismo perenne del Teatro Colón.

Sin la atmósfera narrativa del penúltimo «panfleto», desde la insigne condición de aurorista precursor, Aguinis produjo otro invalorable opus. «¡Hambre cero, ya!». Para el diario La Nación.
Si con «Pobre Patria», Aguinis se dispuso a atenuar la gloria acusadora de Zola, con «Hambre cero», don Marcos se lanzaba literalmente al abuso. A la trasgresión de superar a Lula. El hegemonizador, hasta la irrupción de Aurora, de la problemática contemporánea del hambre. Abyección -el hambre- descubierta, para el ensayo de auto ayuda, por el justamente olvidado Josué de Castro.

Canejo

La desmesura -implícita en el panfleto de Aguinis-, fue cruzada por la virulencia del brulote del periodista Horacio Verbitsky («escriba del régimen»).
Respondía Verbitsky, al «Hambre cero», de Aguinis y La Nación, desde la Secretaría de Estado de Página 12. En una subnota de domingo, irónicamente intitulada, con énfasis sintáctico, «¡Decencia canejo!».
Menos que la rigurosa estética de Aguinis, el «canejo» de Verbitsky, en la entretela del periodismo ministerial, evoca la extravagancia de Inodoro Pereyra, del memorable Fontanarrosa.

Entre los intelectuales que se aventuran en el sostenimiento imposible del ciclo histórico del «tirano», Verbitsky es de los contados que tiene algo para perder. Una trayectoria de impugnador, de denunciante sólo superado por el doctor Monner Sanz.
Una obra -la de Verbitsky- generosamente reconocida por el choripanerismo cultural, que lo mantiene como referencia permanente. Irreparable. Algo devastado, en la coyuntura, por el acné kirchnerista del último lustro. Por la fascinación del poderío disponible. Que le permite inspeccionar, con lápiz vermellón, hasta el ascenso del menos relevante capitán de navío.
Otro sostenedor del «tirano» es Horacio González. Literato «cartabiertista». Dedicado a pontificar, admonitariamente, desde los ascensores de la Biblioteca Nacional. Con columnas vibrantes, divulgadas en la misma Secretaría de Estado (Página 12). Con colaboraciones esporádicas en la Dirección Nacional de Miradas al Sur.
Otro heroico sostenedor es José Pablo Feinmann. Filósofo graciosamente caricatural, que se propone como un firme epígono de Bernardo Neustadt.

En el eficaz brulote del «canejo», Verbitsky lo masacró a Aguinis.
A través del «arte de la injuria» borgeana. De «El gran deschave», que emula a Sergio De Secco, y no a Sarmiento.
Verbitsky brulotea a Aguinis con una crueldad descalificante. «Destituyente» del pedestal olímpico. Con el «canejo», Verbitsky desplaza, grotescamente, a Aguinis, de la cancha del debate.
Por la miserable berretada de haber utilizado -Aguinis- el auto oficial, para tareas accesorias de la familia. Instancia ochentista en que Aguinis se desempeñaba como funcionario del área de cultura.
Lapso festivamente alfonsinista de la «patota cultural», que comandaba Carlos Gorostiza, aquel Secretario de Cultura que intentó trascender a través del trencito colmado de poetisas sensibles y pintores dipsómanos. Junto al inexpugnable Pacho O’Donnell, el irreconocido precursor del borocotismo, que animaba la cultura de la ciudad. Cuando el intendente, don Saguier, era elegido a dedo.
Con el recio Luis Brandoni, que descubría la potencialidad expresiva de la democracia.
Y con el pre-berlusconiano Javier Torre, que construía la epopeya alfonsinista desde el Centro Cultural San Martín.

Sobre todo Verbitsky descalifica a Aguinis, en el brulote del «¡canejo!», por el choripanerismo de cobrar, desde los ochenta, la denostada «jubilación de privilegio».

Autoponderaciones

En adelante, en vez de asumir el rol inteligente del otario, Aguinis decide dejarse arrastrar por los torpes fundamentos de la egolatría. Para producir, aunque ya sin signos de admiración, «Con pena y sin odio». En la edición dominical de Perfil.
En plena exaltación de las unilaterales autoponderaciones, aquí Aguinis traspasa las fronteras sublimes del error.
Con el objetivo de enternecer al bruloteador, el panfletario exhuma la perdurable amistad. La identificación confesionalmente comunitaria, con don Bernardo Verbitsky.
Bernardo, padre de Horacio, fue el escritor, hoy subvaluado, que compuso «Villa Miseria también es América», la novela evocable. Y un mamotreto improbablemente digerible intitulado «Etiquetas a los hombres» (lo que debiera sobrevivir, entre la literatura de don Bernardo, es a juicio de esta cronista, «Un hombre de papel». Paidós debería reeditarlo).

Exhuma Aguinis, aparte, el sentido utilitario de la obra compuesta, durante el Proceso Militar, para la paisanada institucional.
Los libritos sobre San Martín y Brown, oportunamente donados, entre la violencia de 1977, al Ejército y la Marina.
Según se desprende de «Con pena», entre tantas loas autosatisfactoriamente explicativas, los libritos sirvieron «para salvar muchas vidas».

El debate es, en cierto modo, desparejo. Desigual. Porque el brulotero -Verbitsky- sale en defensa del gobierno que mantiene el prestigio debajo de la lona. Al «tirano» se le anima cualquiera.
En tanto que Aguinis, a pesar de los panfletos utilísimos para recaudar glorias, se encuentra en las proximidades de obtener el Premio Nóbel.
Más cerca, incluso, que Juan Gelman.
Es Aguinis -y no Gelman- el Premio Nóbel que la Argentina se merece.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

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