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SOBERANIZADOS (II): El conflicto de Kirchner con Techint sirve para que no sólo empresarios se despeguen.

Oberdan Rocamora - 27 de mayo 2009

Miniseries

Cadenasescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

«Yo lo sabía», confió La Elegida, ayer, separadamente, a los interlocutores confidencialmente seleccionados.

Fue antes que se le saliera la cadena. Y maltratara, en Berazategui, a Techint.
Antes, incluso, a que se conociera el flamante papelón internacional de Chávez. Al decirle a Lula, en Salvador, Bahía, en un descuido informático, que en la volteada soberanizadora no iban a sucumbir las empresas brasileñas.
«Pero también sabían, en Techint, que Chávez los iba a estatizar» continuó La Elegida.
Con un extraño rictus, que exhibía, según nuestras fuentes, diversos planos de amargura. De bronca contenida. Dulce tristeza y decepción.

Palabras dibujadas. Útiles para ilustrar que, según La Elegida, don Paolo Rocca, El Cientista, y Luis Betnaza, estaban al tanto de las arbitrariedades bolivarianas que se venían.
Mientras brotaban, por doquier, los pronunciamientos de condena, La Elegida transmitía a los interlocutores confidenciales, la evaluación voluntariamente tendenciosa. Basamentada en informaciones probables, rigurosamente imprecisas. Conducía hacia la sospecha fundamentada de la conspiración.
Unificaba, en la fantasía relativa del encono, a Techint y Clarín.
O sea, a Paolo Rocca y Héctor Magnetto.
Faltaba Duhalde para repetir, en interpretación del kirchnerismo, la epopeya del 2001.

Pose de combate

Las agrupaciones empresariales se encuentran en pose de combate.
El estado de rebelión se originaba en la UIA.
Para el gobierno, la Unión de Industriales Argentinos es, según nuestras fuentes, un engendro manipulado según los arbitrios de Techint.
Para el maniqueismo de la evaluación, Techint movilizaba a los argentinos profesionales (que afirman ser empresarios). Mientras Clarín, a través de su multiplicidad de ecos, retroalimentaba la instalación del alboroto. Hasta llegar, con las condenas, al paroxismo combativo. E instalar otro «maremoto en el florero».

Costaba entender que la UIA, desde el reingreso de Méndez, alias El Gordo, se radicalizara institucionalmente en la frontalidad. Que Méndez se reinventara como una suerte de Alfredo De Angelis de la industria. Y les reclamara, desde el plenario nacional, eufóricamente improvisado en la sede de la Avenida de Mayo, que se vetara el ingreso de Venezuela, al Mercosur. Y que la UIA convocara, por su cuenta, una reunión del Consejo, en el Uruguay.

Incomodidades

La situación, por la hipocresía imperante, era crecientemente incómoda.
La Elegida no podía decir, en público, lo que aceptaba en privado. Que sabía de las nacionalizaciones bolivarianas. Desde antes de la estancia de Chávez, en El Calafate.
Sobre todo ella no podía oficialmente aceptarlo después que Randazzo, El Killer transformado en Boy Scout, alegara, con su abnegación disciplinada, por los medios, exactamente lo opuesto. Que «La Presidenta» no sabía nada.
Era preferible pasar por tontos, y no por incompetentes.
Al extremo de no poder controlar la situación que, inducido por el oportunismo de la propia dinámica, crecía. Hasta convertirse en la bola de nieve que aplastaba, de pronto, la unánime mediocridad del gobierno.

«Rocca y Betnaza sabían», según La Elegida.
Media verdad, razón relativa. Ellos, según nuestras fuentes, nunca contemplaron la idea plausible de la estatización. Se había conversado, en Caracas, acerca de la posibilidad de una asociación.
Una especie de «joint venture», entre los caños de Tabsa. Pero que les aseguraba, a los argentinos, el control de gestión. La ilusión del management.
La componenda mixta derivó en una nacionalización unilateral. Los tomó, a los ejecutivos, por sorpresa. A Paolo, El Cientista, a punto de embarcarse hacia Milán, donde se encuentra, nos cuentan, en la actualidad. Convertido en el desencadenante de las protestas que colocaron, a los industriales de la UIA, en estado de barra brava.
A Paolo y Magnetto los instalaron, definitivamente, en el banquillo de los degradados. Sin embargo Paolo no está preparado, según nuestras fuentes, para escaparle al rigor de la pelea.
«Es un fighter», dice una Garganta.

Sin embargo, en el bochinche se incorporaron la totalidad de las siglas y sellos. Sólo falta, a esta altura, el Automóvil Club y la AFA. Protesta, incluso, hasta la antigua propia tropa de IDEA. O las asociaciones de bancos, las que rivalizaban entre sí para estar más cerca. Como ABA y ADEBA. Pero unificadas para reprobar la usurpación de los bolivarianos.
Una manera de advertir, en definitiva, a las tentaciones invasoras del gobierno argentino. Si es que no lo acompaña, en exceso, la desgracia electoral.

Despegues

Méndez, el ex gordo, hoy Alias Alfredito, propone un liderazgo que difiere del Méndez del ciclo anterior.
El exquisito erudito del cine italiano regresó al organismo con ínfulas. Renovado, después de la pausa inadvertida, casi olvidable, de Lascurain. El que sí fue puesto con la dedocracia de Techint.

Más que el cambio de Méndez, lo que les cuesta asumir, a los Kirchner, es la pérdida, significativamente sistemática, del poder.
La fragilidad del presente, que los diluye.
Desde el conflicto inconcebible del campo, hasta aquí, los Kirchner derrocharon girones de prestigio y legitimidad.
Más grave que la pérdida del respeto, lo que se les desvanece, y tal vez lo sienten, es aquel temor que generaban.

El atropello soberanizador de Chávez ofrecía una excelente oportunidad para tomar distancia. Para despegarse.
Desde el señor Cornide, en el aspecto menos gravitante, hasta don Jorge Brito. El titán Brito que sigue el ejemplo del otro titán que trata, con suerte relativa, y desde hace meses, de despegarse.
Es Daniel Hadad, alias El Fenicio.
Kirchner, según nuestras fuentes, tomó nota de la producción del domingo, en C5N. Destinada a evaluar la década -oficialmente denostable- del menemismo. Aquí El Fenicio cruzó la frontera. Al permitir que se divulgaran las imágenes del Kirchner real de los noventa.
El próximo Elegidor que, acompañado de la próxima Elegida, le decía a Menem:
«Santa Cruz acompaña el proceso de grandes transformaciones».
Encabezado por el líder que- según aquel Kirchner- favoreció, como nadie, su provincia.

Moyano, en cambio, prefirió, para despegarse, ampararse en el recursivo Perón.
Justo después que Piumatto, candidato en tercer lugar por el humo del kirchnerismo, le sugiriera, acaso por pedido de Heller, a Moyano, que se solidarizara con las estatizaciones de Chávez.
Moyano hizo lo contrario.
Logró incentivar, en el gobierno, la desconfianza.
Primero, por la eventual consolidación de la alianza -anticipada por el Portal- entre Moyano y Magnetto.
Segundo, por la proyección, políticamente alucinada, de Moyano. Porque se siente capacitado, de mínima, para gobernar Buenos Aires. De máxima, persiste la imitación de Lula.

A Kirchner, otra vez, por culpa de Chávez, se le puede salir la cadena.
Por sentir la bilis de la traición. Por el despegue de aquellos que mantienen las manos encallecidas de tanto aplaudir en el Salón Blanco. O en Olivos, con La Elegida adelante de los jardines.
Sintomatologías de la propia debilidad.
Para la campaña electoral, es desaconsejable que a Kirchner se le suelte la cadena.
«Con lo que costó convencerlo a que hiciera la plancha», nos confiesa una Garganta.
Al bajar un cambio, la Garganta indica que Kirchner pudo crecer.
Y hasta aprovechar el amesetamiento de De Narváez, al que apodan, con más desdén que desprecio, «Casa Tía».

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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