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Minigobernadores del conurbano

KEYNESIANISMO ELECTORAL (IV): Primera y Tercera Sección Electoral. Salvación del kirchnerismo. O caída final.

Oberdan Rocamora - 25 de febrero 2009

Miniseries

Minigobernadores del conurbanoescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

Avellaneda, solemnidad del Teatro Roma. Kirchner se luce, junto al minigobernador Cacho, Baldomero Álvarez de Oliveira. Y Scioli. Siempre Scioli. Como se lució también en Adrogué, el jardín perteneciente a la minigobernación de Almirante Brown. Donde el promisorio Giustozzi sorprende, favorablemente, al matrimonio. Giustozzi lo entusiasma, a Kirchner, infinitamente más que Massa. Al que La Elegida tomó en préstamo, de la minigobernación del Tigre, sólo para que el Elegidor, con rencorosas celosías, aspire a desplazarlo, con justificable elegancia, desde el Gabinete a la fila de diputados.

Ocurre que Giustozzi representa el arquetipo del alcalde que «va por más». Gracias al Killer Randazzo, y desde que venció al duhaldista Villaverde, Giustozzi asciende en la escala de la consideración conyugal. Recibe, separadamente, al Elegidor, a los efectos de agitar las masas televisivas. Y después recibe a La Elegida, para que se dedique a la faena grata de inaugurar las «obras». Con un formidable manejo escénico. Aparte de ser Locutora, La Elegida se destaca también como Maestra de Ceremonias. Con De Vido al lado. Y hasta con Cameron, el desteñido Secretario de Energía, que se mantiene vigente a partir de su intrascendencia gestionaria. Cameron calza, sobre su cabezota, para darle color al acto, el casco innecesariamente grotesco. Clava con el casco la idea del gobierno sensible en acción.

Lipotimias

O Kirchner, en San Fernando. Junto al minigobernador Amieiro. Es Amieiro un astuto sexagenario que se deslizó inexplicablemente en el error de obsequiar tristes anteojitos con su nombre. En claro homenaje, torpemente inmerecido, hacia aquellas zapatillas del desperdiciado Ruckauf.
O La Elegida, en Malvinas Argentinas. Donde supo conmover, junto al minigobernador Cariglino, con aquellos robots hospitalarios que se dedican a la magia quirúrgica.
Como conmueven ambos, Elegida y Elegidor, a menudo, en el reiterado José C. Paz. Donde otra estrella consagrada por María O’Donnell, como el opulento minigobernador Ishi, suele especializarse en la monotonía de juntarle gente. Para que los aplaudan. Así sea en los actos más espeluznantemente catastróficos de la historia del peronismo banalizado.
Como en La Plata, donde el minigobernador Bruera también supo anotarse en las ceremonias rituales del keynesianismo electoral. Después de desalojarlo, de la minigobernación, a Julio Alak. Al Turco que Kirchner, por su afán de valorizarlo, lo preparaba con impaciencia para que asumiera la presidencia de Racing. Para devaluarlo, al final, como a Massa. Y conformarlo, a Alak, con la presidencia de la inviable Aerolíneas Argentinas.
Como en la minigobernación de Florencio Varela, donde impera, más que en la minigobernación de Berazategui, el kirchnerismo de avanzada. El Gran Pereira.
En Varela, a propósito, fue donde reapareció Kirchner. Como si lo sacaran de la heladera, a los efectos de iniciar la campaña, en su condición de candidato potencialmente insuperable. Fue durante la noche fatídica de aquella lipotimia histórica de La Elegida. La que inspiró un artículo fatal del doctor Nelson Castro, en un texto de Perfil que lo dejó sin el aire de Del Plata. Pero, según nuestras fuentes, fue por indicación de Kirchner. Ya que las críticas tenues de Castro, a los sobreprecios estremecedores de Electroingeniería, la propietaria de la radio, les molestaban muy poco. Nada, en realidad. Porque Castro iba, en el ranking, quinto cómodo (El pobrecito Castro dejó de quejarse cuando, con extraordinaria perversidad, lo suplantaron por Liliana López Foressi. Para tratar en la lipotimia de otro despacho).

Alteraciones, desplazamientos

O en Lanús, donde el minigobernador Darío Díaz Pérez produjo, al barrer al legendario Manolo Quindimil -que en paz descanse-, un fenómeno similar al generado en la minigobernación de Quilmes, con el triunfo del Barba Gutiérrez sobre Villordo.
Desplazamientos que sólo generacionalmente fueron distintos. Sacarlos a los integrados Villordo y Quindimil, para que se instalara la otra versión, acaso renovada, del esquizofrénico kirchnerismo.
En la minigobernación de San Miguel también se produjeron alteraciones. El kirchnerista improvisado De la Torre desalojó al exponente independizado, fotocopia del riquismo. Pero para que el kirchnerismo conquistara después, entre tanta severa patología, a Aldo Rico, el caudillo original, para algarabía de los imitadores radiales y estupor de los consumidores del cuento del progresismo. Y en desmedro, ahora, del minimísimo minigobernador De la Torre. Se lo coloniza a Rico, que venía atemperado por la graduación sistemática de las causas judiciales, gracias a los desbordes sentimentales de Kunkel. Quién despuntó, al final, como un tierno. Un caliente montito querendón.

O como en la minigobernación de Tres de Febrero, donde el minigobernador Curto jamás sacó a pasear ningún perro muerto.
Al contrario. Porque aquel perro muerto, Kirchner, los doblegó. Hasta convertirse en El Jefe.
Quedan decenas de minigobernaciones que aguardan el turno de las serpentinas para La Elegida, y para los gritos del Elegidor. Esteban Echeverría, la Ezeiza zurdita de los Graneros, el Merlo progresista del minigobernador Othacehe, en su quinto mandato revolucionario.
O en la minigobernación de San Isidro, por qué no, donde el keynesianismo también cabe. Con énfasis, como en Vicente López. Donde los colonizados Radicales Kash contemplan, como los peronistas del aparato de alquiler, el reloj de la historia.
Coinciden, los minigobernadores, en preguntarse:
¿Hasta cuando seguir la farsa del líder sin liderazgo?
Peor aún. ¿Hasta cuando poner la cara? A los efectos de asociarse a la dinámica de las promesas.
Después de todo, los Radicales Kash son tan especulativamente caros como los sospechados peronistas que contienen la mala prensa. Menos efusivos, casi reticentes para la organización de concentraciones. Con el lema de cobrar, sin amontonar.

Rehenes

Aburren los pretextos para emitir los mismos alaridos semanales. En cualquiera de las tres decenas de minigobernaciones prioritarias. Para los remates orales, con ojos de iluminado.
Los minigobernadores conocen, a esta altura, la tonalidad del discurso, de memoria.
«No le aten las manos a Cristina». «Que los empresarios ganen un poco menos, ya ganaron mucho».
Con Scioli, titular de la Línea Aire y Sol, inalterablemente, al lado. Dispuesto a darle, al Jefe, el primer abrazo televisivo de felicitación. A lo sumo, el segundo. Si es que se adelanta, protocolarmente, el minigobernador respectivo. Vieja costumbre primereadora de Pereira, el minigobernador vanguardista de Florencio Varela, titular de la Federación de Municipios, la FAM. Minigobernador del primer tipo. Par del minigobernador Descalzo, de Ituzaingo, ya en su cuarta gestión.
Si por cada abrazo que Scioli le dio a Kirchner, le dieran, por ejemplo, cien dólares, el titular de la Línea Aire y Sol no tendría que desesperarse, en adelante, por la pasión recaudatoria.
«Muéstrenlo a Duhalde, no lo oculten». «El que traiciona una vez vuelve a traicionar».
Junto al otro socio rehén, Hugo Moyano, Scioli debe participar del maltrato, colectivamente moral, hacia Cobos. Pero Cobos ya no se encuentra solo para la degradación. Comparte denostaciones con el Terceto del peronismo paquete. El que promueve inquietantemente Clarín y anima Felipe Solá, el peronista que más hizo, acaso, para que Kirchner le perforara la provincia a Duhalde, hasta desplazarlo. Para conquistar el sitial de Jefe, de Padrino de la Provincia donde se juega «la madre de todas las batallas».
Hoy Kirchner lo descalifica a Solá, como a De Narváez. Porque se sientan en la mesa del enemigo. O sea el paraperonista Mauricio Macri. El hijo de Franco, el empresario propia tropa, un portador sano del vicio del kirchnerismo. Franco, adoptó, culturalmente, y aunque las ignore, las teorías olvidadas del doctor Rascovsky. Sobre «el filicidio».

Pasistas

Más allá, Balestrini, que dista de ser rehen, también suele acercarse, siempre, educadamente, para felicitar a Kirchner. Es Balestrini el actual vicegobernador. Ex minigobernador de La Matanza, poderoso reino que aún le responde. Es la máxima autoridad, en la provincia, de la superstición del peronismo.
En su notable crecimiento, Balestrini ya puede testimoniar sobre el desfile de Cafiero. En una comparsa que contuvo también a Pierri. Junto a pasistas fabulosos como Menem, y menos rítmicos, como Duhalde. Intenta Balestrini ahora, mientras desfila la rutina del pasista Kirchner, controlar inútilmente su expresivo rostro de abatimiento. Indisimulablemente intenso, como su incomodidad. Con una incierta vergüenza interna que se propaga. Y que se transmite, contagiosamente, entre las dudas de los minigobernadores.
De todos modos, mientras se extingue implacablemente, el kirchnerismo atrae. Desde el bunker desenfrenado de la provincia, último bastión que resiste la tentación de la caída.
El kirchnerismo, además, aún cautiva. A través de la zanahoria fosforescente de la caja. Zanahoria, en realidad, que es, tal como temen los minigobernadores, de material plástico.
Porque sospechan que la plata que se promete, según nuestras fuentes, no está, aún, disponible.

Para concluir este capítulo del «keynesianismo», basta con afirmar que nunca, en la historia argentina, un gobierno nacional dependió tanto, para sostenerse, de las dos fundamentales secciones electorales de la provincia de Buenos Aires.
La Primera y la Tercera. Primer y segundo cordón industrial que se multiplica, desde el tiempo inmemorial en que había estratégicas industrias. Entre los padecimientos violentos del conurbano.
Sin mayor entusiasmo, los minigobernadores, a cambio de la zanahoria fosforescente, suelen proporcionarle al Elegidor, el transitorio jefe político, y a La Elegida, la escenografía para las semanales presentaciones. Cotillones especialmente programados para los noticieros de la televisión. Con la sucesión de los anuncios prolongadamente anunciados. Legitimadores de la teoría del keynesianismo electoral. Acerca de la redituable obra pública que brinda trabajo. Que permite el primario crecimiento en los distritos que proporcionan millones de votos. Para la contabilidad del hombre fuerte que debe repartir, hasta, incluso, lo que ya no tiene.
Así las obras anunciadas, y a anunciarse, contengan, al menos hasta la desmesura del hoy, más palabras, más cámaras, que esperanzas de ladrillos.
Más consignas que cemento culminado.
Con iniciaciones orales que superan, en intensidad, las terminaciones de lo oralmente anunciado. Son decenas de miles de viviendas las que aguardan ser útiles para cobijar desesperados. Y no para servir, tan solo, como pretexto de discurso, para mantener aferrados a los leales y maltratar a los enemigos que se expanden, que prosperan.
Pero Kirchner, como sea, con los prioritarios minigobernadores del conurbano tiene que cumplir. Sin que se le insolente ninguno. Ni le manifiesten, en público, por favor, el hartazgo que también se extiende. Como los deseos, aún contenidos, de abandonarlo. Para, paradójicamente, permanecer en sus feudos. Hasta el desfile del próximo pasista.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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