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Parque de Diversiones

KEYNESIANISMO ELECTORAL (III): Reutemann funciona como una máquina niveladora de arrastre.

Oberdan Rocamora - 23 de febrero 2009

Artículos Nacionales

Parque de Diversionesescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

Cada vez que Reutemann se proyecta termina, invariablemente, en el sanatorio.
Cuando no es el colon irritable -vulnerabilidad que lo hermana espiritualmente con Kirchner- es un aneurisma intestinal. En general, somatiza la lucha por la retaguardia.
«Somatizo por el c…» cuentan que le confió Reutemann, según nuestras fuentes, a Maronna, el destacado periodista de Rosario que compone pacientemente su biografía. Hasta hoy, relativamente autorizada.
La somatización de Reutemann contrasta con la erotización de la lucha que caracteriza a la señora Carrió, la buena amiga de Reutemann que comparte la rivalidad con Binner.
Porque Carrió confesó, en el Suplemento Enfoques, que «la lucha la erotiza».
Como Carrió lucha frontalmente contra Kirchner, significa que es Kirchner, precisamente, quien erotiza a la líder inapelable de la oposición. Entonces Kirchner despunta, de acuerdo a la teoría esgrimida por Carrió, como el involuntario objetivo erótico. De manera, al menos que se sepa, ampliamente unilateral. Sin atisbos de reciprocidad.

Primeras damas

Las somatizaciones de Reutemann, siempre ortodoxas en la biografía inédita de Maronna, dictan su presencia dolorosa cuando «va por más», e intensifica la lucha por el poder. En cuanto se moviliza con propósitos de elevación, Reutemann debe internarse.
Los que se jactan de conocer al político menos penetrable, consideran que es el mismo Reutemann el que emerge, con una legión de fantasmas interiores, como su máxima traba. Exclusiva y fundamental. Funciona entonces con la dinámica del obturante interno. Reutemann es su propio contenedor. Cae entonces en una autohostigación que acota el significado de sus proyecciones. Hasta retenerlo.
Sin embargo, los optimistas se inclinan en la actualidad por aceptar que Reutemann ya superó la problemática dramáticamente planteada. Porque hoy recibe, además de la fuerza, los efectos recuperatorios de la ambición saludable de su segunda mujer. La señora Verónica, según nuestras fuentes, dinamitó la totalidad de sus fantasmas interiores, al extremo de imaginarse razonablemente como próxima primera dama. Fantasía envidiable que debería atormentar, con fundamentos similares, a la señora Malala (de Macri). A la señora María Helena (de Solá). O a la señora Karina de Scioli, la titular de la rama femenina de la Línea Aire y Sol.
Damas encantadoras que, acaso a pesar de ellas, comparten las perspectivas de la banda presidencial para el hombre al que acompañan. Quizás para perfeccionar, en algún caso próximo a la patología, si es que prosigue la onda argentina del cesarismo conyugal, la experiencia fracasada de La Elegida. La cual se lamenta insólitamente por los diarios porque El Elegidor nunca le regaló nada. Como si, con el regalo de la presidencia de la república, no hubiera sido suficiente.

Nivelador de arrastre

Pero Reutemann, con la proyección presidencial que lo condujo hacia el último sanatorio, emergió como el nivelador de la política nacional.
Así se imponga el renacimiento de sus trabas, y por los fantasmas demenciales no concrete – a más tardar en el 2011- el sinuoso objetivo de ser el candidato presidencial, con el mero amague Reutemann le produjo, al kirchnerismo que venía descascarado, un golpe políticamente devastador. Puso, en la evidencia del primer plano, la inviable fragilidad que arrastran. Y que ya no puede simularse tan solo con la ampulosidad de las presentaciones escenográficas donde La Elegida se desgasta en trascendentes consejos prácticos a la humanidad.
Porque Reutemann marca el nivel. Como aquella legendaria publicidad de los cigarrillos LM. Aunque, con el simple amague, no sólo marca el nivel que el imaginario le atribuye. Emerge como una máquina niveladora del arrastre de los otros. Es decir, nivela las aspiraciones de los demás.
A través del copamiento del escenario, Reutemann muestra cual es el peso real que registra cada uno de los aventureros que pretenden destacarse en «la hoguera de las vanidades» de Tom Wolfe. O en el permanente Parque de Diversiones de la Argentina. Aplaca a algunos y estimula a otros. Interpone una zaranda necesaria en el panorama político que venía signado por la monotonía y la insustancialidad.

Kirchnerismo vegetal

En célebre carta al tío Plinio, se insinuó en el Portal que Reutemann es Cobos IV. El cuarto y último de la dinastía de los Cobos. Vaya el aporte conceptual para el Parque de Diversiones.
Después de Cobos I, el fundador de la dinastía, surgió Alberto Fernández, el Cobos II. Después Felipe Solá, el Cobos III.
El prólogo sirve para explicar que de ningún modo Romero puede ser el Cobos V.
En realidad Randazzo, ministro del Interior de La Elegida, tuvo razón. Al menos por una vez. Romero no se fue del kirchnerismo porque nunca estuvo adentro.
Significa aceptar que Romero nada tuvo en común con Kirchner. Aunque tampoco, cabe consignarlo, Romero se excedió en el arrojo para confrontarlo. Sobre todo cuando Kirchner exhibía la imagen inalterablemente artificial de la fortaleza.
La excursión de Reutemann, hacia el penúltimo sanatorio, produjo perceptibles desplazamientos en el Parque de Diversiones. Nadie se encuentra preparado, entre las vueltas del carrousel, para que el kirchnerismo se esfume repentinamente. Es necesario que dure, así sea con respirador, un poco más. Pero el presente signado por la intrascendencia y la debilidad legitima el temor. Brotan los peores desatinos conjeturales.
Conste que enumerar a los disidentes del Parque de Diversiones ya tienta a evocar aquella genialidad de Macedonio Fernández. La que alude a los ausentes de determinada fiesta.
«En aquella fiesta había tantos ausentes que, si llegaba a faltar otro más, no tenía sitio».
En versión macedoniana, casi no queda sitio para acomodar honrosamente a la formidable legión de flamantes disidentes que pretenden incorporarse al carrousel de la confrontación. El desafío consiste, en adelante, en identificar a los leales que persisten. Sobre todo si se trata de aquellos que tienen algo para perder. Por ejemplo los minigobernadores del conurbano bonaerense. Ellos son los que sostienen realmente en pie las imposturas prepotentes del kirchnerismo vegetal. O determinados gobernadores que se muestran, cada día, menos entusiastas. Son los que piden generalmente clemencia, desde la confidencialidad del off the record. Pero sin deslizarse por el boludómetro circular, con la sagacidad del inocente señor Biolcatti, quien se llevó -confidencialmente- la totalidad de muñequitos y medallas.

Se explica entonces que, quienes salen a sostener las imposturas, hoy sean los funcionarios que nada tienen para perder. En este aspecto, resulta algo más respetable Fernando Braga Menéndez. Porque en sus defensas frontales pone en la mesa, al menos, el prestigio de una empresa de publicidad, la que tal vez tendrá pronto que cambiar de rubro, o radicarse, para siempre, en Beijing. El único capital que les queda, a los restantes kirchneristas que persisten, es una noción folklórica de la lealtad. La certeza de acompañar a los jefes hasta la antesala del cementerio. A lo sumo, hasta el Requiem.

Por los chicos

En principio Reutemann desubica, en el Parque de Diversiones, a los disidentes de la primera hora. Son los que experimentan que la política, en la Argentina, mantiene los mismos códigos de los bailongos de barrio. El hecho de llegar temprano no garantiza ningún éxito en materia de seducción y lucimiento.
A las cuatro de la madrugada, en el Parque de Diversiones, poco importa quien es el que llegó antes o después, para la ceremonia colectiva de arrojarles dardos degradantes a los Kirchner. Es una cuestión académica.
Uno de los primeros afectados por la vacilación presidencial de Reutemann fue Felipe Solá. Justamente es el que arma, al respecto, una tendenciosa argumentación. Dijo, siempre al Suplemento Enfoques:
«En mi proyecto no quiero disidentes de Kirchner de la primera hora».
Un acierto, porque los eventuales disidentes de la primera hora, los que le arrojaron de entrada dardos a los Kirchner, aunque eran bastante pocos, estaban, ante todo, también en contra de Solá. Porque Solá se lucía entonces al lado de Kirchner. Como tantos gobernadores pragmáticos que necesitaban pagar los sueldos y que no les estallara la provincia. Los que se quedaban con Kirchner con la misma argumentación de aquellos hastiados que no se deciden a abandonar al cónyuge. Aunque no lo soporten. Los que argumentan que se quedan por los chicos, equivalen a aquellos que se quedaban, y aún permanecen, con Kirchner. Por los sueldos.

El incendio y las vísperas

Sin embargo, los peronistas disidentes, los que se quedaron afuera del reparto endemoniado del kirchnerismo, ya lo perdonaron, en bloque, a Solá. Porque hoy no tienen otra alternativa que arrimarse hacia la ventanilla que Solá les abrió. Junto al Niño Macri y el Caudillo De Narváez. Para transformarse en los animadores armónicos del Terceto más selecto que se tenga memoria. La vanguardia que marca el intenso síntoma de superación sociocultural del peronismo. Aquel movimiento que se imaginaba como representante hegemónico de los descamisados.
Ocurre que los tres privilegiados portan marcas indeleblemente identificatorias, culturalmente comunes. En principio, los tres, según nuestras fuentes, son venerables socios del Jockey Club. Se encuentran en magistrales condiciones de saborear las yemitas quemadas del postre, y de saludar respetables aristócratas como Bruno Quintana, o los Yofre. O al noble González Oro.
Finalmente el peronismo, medio siglo después, fue socialmente aceptado. Para serlo, la calificada clase alta debió atravesar un fantástico período de decadencia que reclama por un artesano de la sociología rápida que pueda tratarla, al menos como tema, para proponérselo a Avelutto en Sudamericana. Aquel «incendio y las vísperas» que magistralmente relatara la señora Beatriz Guido, la novelista hoy torpemente olvidada, quedó para siempre, y felizmente, atrás. Porque el peronismo ahora acepta ser conducido por los compañeros venerables del Jockey Club, institución que, en su evolución, los digiere.
Aparte, los tres baluartes residen en Palermo Chico. Lo cual también proporciona un cierto anclaje de identificación básicamente barrial. Tercero y fundamental, los tres son adictos, según nuestras fuentes, a los palitos del sushi. Y frecuentan los rolls de Osaka.

Para concentrar la perversidad del tercer capítulo del «Keynesianismo electoral», debe regresarse a los efectos que promueven las internaciones ortodoxas de Reutemann. Con la máquina niveladora de arrastre. Similar a la maquinaria agrícola que ya nadie más compra. Por el parate extraordinario derivado del conflicto con el campo. Litigio que se llevó puesto al kirchnerismo, como si fuera una bufanda.
Aparte de desplazar a Solá, del centro de la atención (quien acaparaba los medios y se los ponía encima por decisión editorial de Clarín), la niveladora de Reutemann alcanzó a desvalorizar a los otros dos referentes que van a vertebrar próximos capítulos. De la Sota y Rodríguez Saa. Ambos son presidenciables que se destacan por su consolidada resistencia al virus del kirchnerismo.
De la Sota, en primer lugar, lo cuestiona frontalmente a Kirchner desde que dejó el pragmatismo de la gobernación y los sueldos. Pero sobre todo la niveladora de Reutemann colocó, en su justo lugar, al irreconocido artista plástico Alberto Rodriguez Saa. Un contemporáneo de Bertani, Lezcano, Marta Minujín e Iris Speroni. Gobernador, por si no bastara, del Estado Libre Asociado de San Luis.
Solía lucirse, el Alberto, como el principal opositor de peso. Pero porque tenía algo para perder. Ponía el territorio, sembrado de la gloria del «wi fi». Igualmente el Alberto debería ser rescatado porque se resistió a la tentación del pragmatismo. De todos modos, tallaba como un pesado porque se encontraba solo en el escenario de la confrontación delirantemente peronista. En nombre, para colmo, del peronismo extraño que le costaba explicar a una sociedad desinteresada de antiguallas semejantes. Con maneras que culturalmente no podía imponer en la provincia de Buenos Aires. Mercadería, la del Alberto, que no entra. Como tampoco penetra en el mercado la mercadería mejor envuelta de De la Sota.
La irrupción de Reutemann los desplaza, al Alberto y a De la Sota, al lugar más accesorio en la vitrina. Deben compartir, en adelante, la vitrina, con otros dirigentes como Puerta, o Duhalde. O Romero. Con quien De la Sota coincide en la misma precipitación equivocada. La de calificarlo a Kirchner de stalinista. Un requiebro inmerecido que en el fondo incita a ensayar, en lo posible pronto, algún desagravio merecido al inimitable asesino de verdad. Al auténtico padre de los pueblos, faro eterno de la gloriosa Unión Soviética, colosal vanguardia de la humanidad revolucionaria.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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