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Fondo de Olla (I)

Tres cercenamientos en cinco meses. Cobos, Alberto Fernández, Felipe Solá.

Osiris Alonso DAmomio - 19 de noviembre 2008

Miniseries

Fondo de Olla (I)escribe Osiris Alonso D’Amomio
Consultora Oximoron, especial
para JorgeAsísDigital

En su complejidad cultural, a través de cada fracaso el kirchnerismo sistemáticamente se consolida. Hasta la previsible irrupción del fracaso total, que produzca el colapso de la implosión. Por la conspiración, siempre irreparable, de la realidad. Que es, hasta aquí, el frente más adverso.
En menos de cinco meses, Kirchner debió tolerar tres cercenamientos gravitantes. Los que puede, perfectamente, menoscabarlos. Mientras, entre imposturas, se debilita. Y se asiste, con la desaparición de elementales reglas de juego, al desmoronamiento riguroso de la credibilidad.

1.- Cobos

El primer cercenamiento fue del vicepresidente Cobos. Signó el fracaso prematuro del endeble artificio de La Concertación. Apelativo decorativo con que se designó a la colonización de los Radicales Kash.
Cobos marcó, sobretodo, la certeza del síntoma que el kirchnerismo aún no alcanza a digerir. La fácil cotización de la resistencia a su autoridad.
A través de la simbología, meramente decisoria, de un gesto, Cobos supo trepar hasta el más alto nivel de aprobación imaginaria.
Para transformarse, mientras espera, y pone rostro de Cobos, en el colectivo Plan B.

2.- Alberto

El segundo Cobos lo proporcionó la defección -para Kirchner casi inadmisible- del poeta Alberto Fernández (ver Segundo Cobos).
La renuncia del sonetista, aún líricamente irreconocido, signó la demolición abrupta del proyecto emprolijador que encarnaba La Elegida.
La circularidad del grotesco se completa con la explícita capitulación de Kirchner. Quien vuelve, para humillar a Alberto, hacia el regazo parisino de Telerman.
La anécdota indica que Telerman es el enemigo declarado del poeta que supo creerse ingenuamente indispensable.
Alberto debe resignarse, en plausibles versos encendidos, a la ferocidad del desaire.
A través de la denostación de Fernández, el acercamiento Kirchner-Telerman marca una extraordinaria voltereta acrobática que también debería registrarse.
Porque Telerman pasa, del apoyo transitoriamente erróneo de la señora Carrió, a amontonarse dentro de la caja política del considerado -por Carrió-, Jefe de la Asociación Ilícita.
Cabeza, en criollo elemental, de «una banda de ladrones».
Pero nunca hay que desanimarse. Antes de la implosión definitiva, Alberto Fernández aún puede abandonar el «territorio de nadie» (excelente título para un soneto). Y volver, según nuestras fuentes, preferiblemente fragilizado, hacia la turbulencia de la primera fila. Cuando Massa a su vez regrese, sin la menor gloria, al Tigre.

3.- Felipe

El tercer Cobos, del Peloponeso kirchnerista, es Felipe Solá.
Trátase del Alcibiades más simpático que hoy monopoliza la atención de los analistas abrumados por la consistencia de las anécdotas.
Destacado estratega ateniense de lealtades reversibles, Alcibiades merece ser evaluado como el insuperable guía espiritual de los políticos argentinos. Los que flotan en el fondo de la olla.
Por problemáticas internas de la época -siglo quinto antes de Cristo-, Alcibiades debió refugiarse en Esparta. La enemiga, justamente, de Atenas.
Para sorprenderlos pronto, a los atenienses desconcertados. Con Alcibiades al comando de las tropas espartanas.
Alcibiades es el referente helénico que irrumpe al considerar la acrobática felipeada de Solá. Porque pasa, de haber sido cabeza de lista del kirchnerismo, en el 2007, a postularse como cabeza de lista de la resistencia antikirchnerista, en el 2009. Al comando de multiplicadas papas que también esperan en el fondo de la olla, con la riqueza nutritiva de las postergaciones.
El problema es que Solá, como Cobos -y en menor medida como Telerman-, ni siquiera tienen que explicarle a nadie qué demonios les pasó en el medio. Para legitimar la astucia de las magistrales acrobacias. Atraviesan por encima de la indiferencia de una sociedad que se resignó a convivir con el espectáculo circense. Por el raquitismo moral que se apoderó de la dirigencia que la representa. Una sociedad que debiera interpretar, a la política contemporánea, con la ligereza festiva del Baile de la Escoba.

Baile de la Escoba y Los Wawancó

La «aventura de la libertad», que celebra Bernard Henry-Levy, admite la acrobacia intelectual de pasar, desde el helenismo de Alcibiades, hacia las fiestas olvidadas de barrios como Sarandí. Donde se celebraba, en patios que persisten en la memoria, El Baile de La Escoba.
Aquel que no bailaba debía tener la escoba. En cuanto la arrojaba, los danzarines interrumpían los pasos, por ejemplo de la cumbia de Los Wawancó. Para apresurarse y cambiar de pareja. Quien no encontraba compañera (o viceversa), debía tomar la escoba. Para lanzarla y así sucesivamente. Por eso puede perfectamente pasarse de bailar la cumbia de Los Wawancó con Carrió, a bailarla después con cualquiera de los Kirchner. O de bailar con cualquiera de los Kirchner para bailar con cualquiera de los Duhalde, y después con Kirchner y así interminablemente. Lo importante, en El Baile de La Escoba, es bailar con alguien. Para no flotar en el fondo de la olla. A la espera del cucharón providencial que, piadosamente, lo convierta en proyecto.

Osiris Alonso D’Amomio
para JorgeAsísDigital

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Los Wawancó, Villa Cariño (1967)

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