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Esmeralda

EL CRIMEN DE MITRE (XIII): Roban la esmeralda de la gargantilla de oro que Bartolomé Mitre, el iniciador de la dinastía, le obsequiara a Delfina Vedia.

Oberdan Rocamora - 14 de noviembre 2008

Miniseries

Esmeraldaescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

Entre la antología de irregularidades, que signa la investigación del crimen de Mitre, hay espacio hasta para las profanaciones del pasado, posiblemente más honorable.
Alguien, sigilosamente, se robó la gran esmeralda, ajustada por 17 grifas. Engarzada en la gargantilla de oro que Bartolomé Mitre, el iniciador de la dinastía, le obsequió a la señora Delfina Vedia. Su «amada». Fue a mediados del siglo diecinueve. Al convertirse en reliquia, la joya derivó en un símbolo de representación familiar. Hoy ultrajado.

Escalas

La esmeralda es una piedra preciosa que abunda, sobretodo, en Colombia. En menor medida, se la encuentra en el Brasil. También en Ecuador. Pero procede de Persia, la fuente básica del Irán. Minuciosos europeos, de los que suelen repartirse los siglos, prefieren hablar del Antiguo Egipto. Porque desde las proximidades del Mar Rojo, según el mito, existieron, tres mil años atrás, las minas fascinantes de piedras cristalinas. Piedras verdes. Fascinarían, dos mil años después, a la Reina Cleopatra.
La gemística indica que la dureza de la esmeralda es de 8, en la Escala de Mohs. Aportación científica aportada por el geólogo alemán Friedrich Mohs, entre los siglos dieciocho y diecinueve. Dureza 8 es equivalente al topacio. Sólo superado, por su capacidad de ralladura, por el rubí, 9, y por el diamante, 10.

La gargantilla de oro, con la gran esmeralda incrustada, el inspirado Bartolomé Mitre se la regaló a Delfina de Vedia, entre 1840 y 1850.
María Luisa de Vedia Pérez era uruguaya. Un «ángel descendido de los cielos», escribió el encendido poeta Bartolomé Mitre. Lo evoca Felipe Pigna, en su biografía de web.
Bartolomé conoció a Delfina en 1838. Se casaron en 1841. Delfina tenía 19, era dos años mayor que Bartolomé. El marco de la historia de amor lo proporciona el Montevideo del exilio antirrosista.
Tienen cuatro hijos. Bartolomé, entretanto, se hace escritor, traductor, historiador, militar, político. Gobernador de la provincia de Buenos Aires, presidente de la república. Funda el diario actual de Los Saguier. La valoración de la figura de Mitre excede el ámbito acotado de esta crónica extrañamente policial.
Delfina muere en 1882. Bartolomé la sobrevive durante 24 años más. Por lo tanto fue el primer depositario, hasta 1906, de aquella gargantilla de oro, con la esmeralda que hubiera ensoberbecido a Cleopatra. Sujetada, según nuestras fuentes, por 17 grifas.

Caja 53

Durante el siglo veinte, desfilaron explicables generaciones de Mitres y de Vedias.
El último depositario de la gargantilla fue Luis Emilio Mitre. Asesinado en la penúltima noche del 2005. Al crimen, tan colmado de silencios equiparables a los misterios, se le debe incorporar, ahora, el enigma de la esmeralda perdida.
La joya se encontraba depositada, según nuestras fuentes, en una caja de seguridad del Banco Santander Río. Sucursal de Quintana. Recoleta. Para ser exactos, en la caja número 53, del Sector 4. Dentro de una bolsa de plástico transparente.
Después del asesinato por encargo, en casi tres años de dilaciones, la gargantilla fue objeto de sistemáticos inventarios.
Sin embargo, quince días atrás, acompañados del escribano, pudorosamente responsable, F.Y., se presentaron, en el Banco Santander Río, delegados de los tres hermanos Mitre. Los herederos de Luis Emilio. Respectivos abogados, en nombre de las dos mujeres. El doctor A.H., alias El Inglés, por la señora María Elisa. Y el doctor E.M., ex fiscal de trascendencia, por la señora María Elena del Rosario, alias Kinucha. Es importante consignar que, en representación del hermano varón, Bartolomé, estuvo presente el hijo. También llamado Bartolomé. El último Bartolomé de los Mitre.

Cuentan que el honorable escribano, F.Y., ingresó a la sala herméticamente aséptica de las cajas. Con autorización judicial. Acompañado del funcionario del banco, abrieron la caja 53, cuyo titular fuera Luis Emilio Mitre. El escribano retiró la bolsa de plástico transparente que contenía la gargantilla legendaria. Y constaba la presencia de un reloj. Para ser exactos, un Must, de Cartier.
Con el envoltorio simbólicamente histórico, con la solemnidad del caso, los representantes de los tres hermanos Mitre se encaminaron hacia el reducto, relativamente espiritual, de la Joyería Escasany. Especializada en reliquias de familia, también desde el Diecinueve. En Recoleta, siempre.

Bifurcaciones

«Jardín» donde se «bifurcan» las interpretaciones de los senderos. Borges auxilia.
Están quienes afirman que el grupo solemne se dirigía, hacia la joyería Escasany, con el interés meramente pecuniario de subastar lo poco que quedaba, aún sin vender, del legado.
El producto invalorablemente moral, situado dentro de la bolsa transparente, y arrastrado por el peso de la historia. Y un cuadro de Xul Solar, que improbablemente pudiera interesarle a Ignacio Gutiérrez Zaldivar.
Ya habían vendido, según nuestras fuentes, hasta el departamento de Posadas. El escenario del impresionante crimen. Y distribuido, dolorosamente, entre los hermanos, valores por alrededor de 14 millones de dólares (ver «El dolor del reparto»).
Otras fuentes, en cambio, aluden al entrecruzamiento fraternal de las sospechas. Porque Luis Emilio tenía, sin sembrar insidias, mucho más. En cuentas secretas, radicadas en sedes menos violables del exterior. En alguna off shore. Calcúlase que faltan contabilizar entre 10 y 15 millones de dólares. Sospechas regadas.
Suerte que, entre las interpretaciones bifurcadas, seres razonables sostienen que sólo los movilizaba, a los representantes, la idea de la valoración. La cotización, en el mercado, de ambas joyas.
Según alguna Garganta, el indemne especialista de la Joyería Escasany tendió el paño oscuro sobre una mesa de cristal. A los efectos de analizar las reliquias.
Por el Must de Cartier, nunca podría conseguirse, al menos en Escasany, más de dos mil quinientos. A lo sumo, tres mil dólares.
Pero ánimo, porque venía la pieza fuerte. La significativa gargantilla de oro, con la esmeralda altanera y rutilante, encriptada por 17 grifas. Que luciera, en su cuello, el «ángel descendido de los cielos». Delfina Vedia.
Menos poético, el especialista de Escasany extendió, sobre el paño, la gargantilla de oro. Convertida en una apreciable bijouterie de colección. Miró sin pasión a sus interlocutores. El collar tenía las grifas violentadas. Faltaba, simplemente, la esmeralda de Cleopatra.
La esmeralda que figuraba, con destacada presencia, en el inventario de abril del 2006.

Molestias

La humillación del secreto coincide, aquí, con el entrecruzamiento incómodo de las sospechas fraternales. Genera, irremediablemente, una situación molesta para el escribano. El profesional vive angustiado por su idea estricta de la responsabilidad. Conmovido, aparte, por su amistad generacional con los Mitre, iniciada por sus ancestros. La situación comienza a ser molesta, también, para los funcionarios judiciales que participaron de la expresa confección del inventario. Y para el Banco Santander Río. Que tiene quebrantado su principal producto. La inviolabilidad.
Porque, que desaparezcan los 23 relojes del escenario, vaya y pase. Pasan a la categoría descartable de cacharros que solía coleccionar Luis Emilio. Pero la desaparición de la esmeralda de Delfina conduce, invariablemente, a pensar, en algo más punible que la profanación. En un robo.
Al trascender el continente de esta crónica policial sin policías, va a alborotarse, con seguridad, el Juzgado Criminal de Instrucción 32. Donde hoy se radica la causa 1255/ 2006.
La esmeralda esfumada podrá generar un interés superior al del propio crimen. El que fue violentamente horripilante. Contiene un destino manifiesto de olvido. Por los «senderos bifurcados» que conducen hacia el objetivo de la impunidad. La estación terminal.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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