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Eyecciones

Capitán Fernando Juan Casado, héroe de Malvinas, la guerra que nunca existió.

Oberdan Rocamora - 15 de septiembre 2008

Artículos Nacionales

Eyeccionesescribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsísDigital

Un sueltito, a lo sumo para un recuadro.
Hoy, lunes 15, a las 11.30, pero postergado para las 15, en el sector militar del Aeroparque, se le tributa el austero homenaje al capitán Fernando Juan Casado. Ascendido, post mortem, a mayor.
Luego van a trasladarse los huesos de Casado hacia Carlos Paz, Córdoba. En el paraíso serrano, el mayor dejó una mujer y tres hijos.
A Casado lo espera, en Carlos Paz, una plazoleta con su nombre.
Plaza Capitán Casado. Muerto en Malvinas.

Huesos

Durante 26 años, en alguna conservadora de Puerto Argentino, aún Puerto Stanley, los ingleses mantuvieron los huesos del capitán Casado. Los que fueron devueltos por el mar.
Casado fue uno de los dos últimos aviadores argentinos que se atrevieron a la pedantería patriótica de bombardear a los ingleses. El 13 de junio de 1982. Cuando la guerra, literalmente perdida, expiraba.
En terminología técnica, aquel muchacho de 37 años tendría que ser considerado un héroe de guerra. Debería recibir colectivos reconocimientos de los compatriotas.
Pero como se trata de un militar, es preciso ser prudente y recurrir al perfil bajo. Homenajearlo, pero hasta por ahí nomás. Con recatada culposidad. Con incierta vergüenza. En un ámbito estrictamente reservado. A ver si la emoción genera confusiones.
Conste que, aunque algunos hayan ofrendado su vida por semejante causa nacional, los militares deben, en bloque, ser estampillados con la tipología impuesta. Sin posibles espacios para el reconocimiento de los fastidiosos actos de heroicidad. Nada que ver con la exaltación del arrojo. Cuidadito con equivocarse.
Explícase entonces que los huesos del capitán Casado se conviertan en una indeseable impertinencia. En el pretexto para que la temible señora Pando, una agitadora peligrosamente profesional, aparezca con el severo armamento de su vozarrón. Indignada hasta los dientes.

El último Canberra

El capitán Casado no tuvo la suerte discutiblemente relativa de eyectarse. Le falló, infortunadamente, el asiento del navegante. El mecanismo de expulsión que permite, en situaciones límites, salvar las vidas de los pilotos y navegantes, que tripulen aviones de combate. Es decir, con el mecanismo de eyección se autoexpulsan del aparato. Se eyectan. Y el sillón, cinematográficamente, se convierte en un paracaídas.
El piloto, Roberto Pastrán, pudo eyectarse. Cuando los ingleses los habían alcanzado con un misil, y estaban a cuatro mil metros. A Pastrán se le abrió hasta el paracaídas y logró sobrevivir. Aunque fue tomado prisionero por los enemigos. Los que triunfaban.
Dos o tres años atrás, Pastrán también se murió. Pero fue como consecuencia de un tumor en la cabeza. Epílogo bastante usual, entre los desesperados que providencialmente lograron la hazaña de eyectarse.
Casado, en cambio, debió estrellarse con aquel avión Canberra. En el mar.
Conste que la rendición se imponía. La Guerra de Malvinas estaba tan jugada como ellos. Perdida. Como la moral de los que no peleaban, y necesitaban imperiosamente olvidar a los que combatieron.
Sin embargo, Pastrán y Casado despegaron igualmente con el Canberra. Desde Río Gallegos. Con cuatro bombas poderosas, con sus respectivas espoletas. Encararon la última misión aérea del conflicto.
De acuerdo al pragmatismo de cualquier relevamiento, la misión de Pastrán y Casado fue un suicidio formal. Con la irracionalidad de la abnegación. Un exceso.

Todo por nada

«Los muchachos dieron todo a cambio de nada», nos confía un allegado a otro militar. También muerto.
A los efectos de recibir la colosal indiferencia de la posteridad. Que decidió, concientemente, eyectarlos. Para siempre.
Es la sociedad argentina que los eyecta. La sociedad que rinde tanto tributo compulsivo a la memoria. Los eyecta al no registrar, por ejemplo, un sólo apellido de los setecientos que se inmolaron en Malvinas. La Guerra que nunca existió. Excusa para aprovechar un feriado. Y condenar la dipsomanía.
También despierta una colosal indiferencia que algunos otros sobrevivientes de Malvinas sucumban con parsimoniosa lentitud. En el escarnio del olvido. O de otra prisión.
Al estrellarse, después de todo, el capitán Casado tuvo un poco más de suerte. Queda registrado, al menos, en una plaza. De la sospechosa villa de Carlos Paz.

Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

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