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La Trinchera

El kirchnerismo lava más blanco.

Osiris Alonso DAmomio - 12 de septiembre 2008

Artículos Internacionales

La Trincheraescribe Osiris Alonso D’Amomio
Consultora Oximoron, especial
para JorgeAsísDigital

A su pesar, la Argentina se encuentra enchastrada en el lodo de la manoseada trinchera antiimperialista. Junto al dramático estremecimiento de Bolivia, y las petulancias de Venezuela.
El Evo y Chávez le hacen, a La Elegida, un lugarcito en el barro.

En semejante contexto, es una suerte que, al menos hasta hoy, Jorge Taiana, el inadvertido canciller del aislamiento, aún no haya instrumentado la expulsión del embajador Earl Wayne.
Sin embargo, de proseguirse, en el juzgado de Miami, con el ofensivo festival de oralidad, con el intenso pintoresquismo de la telenovelada «vaina» caribeña, Taiana tendrá que imitar la ejemplaridad heroica de sus pares. Nicolás Maduro, de Venezuela, y Choquebianca, de Bolivia. Para recurrir a la salvación gestual del antiimperialismo, en versión escandalosamente grotesca. Aquí, la berretada de las acumulaciones recaudatorias de Uberti, y de Kirchner, suplen el romanticismo perdido de la ideología.

Diferenciaciones

La dinámica autónoma de los acontecimientos mancilló las saludables intenciones diferenciadoras de La Elegida. En oportunidad de su lejana campaña, la pobre muchacha supo desplegar una batería insuficiente de méritos, a los efectos de resultar admisiblemente presentable en los Estados Unidos. Con el propósito de ser exactamente funcional a los intereses del imperio que hoy, desde la irreparable trinchera, se degradan.
Ella planificaba distanciarse de los desastres diplomáticamente seriales del marido.
Tal vez, La Elegida se tomó demasiado en serio el espejismo de la depuración. Cuando suponía que era posible encarar una gestión superadora, de aquella que debía continuar. Al menos, pretendía tomar distancias de la sucesión colosal de irregularidades que se sintetizaban, por comodidad, en la figura recursiva de Julio De Vido.
Era -De Vido- el funcionario habilitado para la sospecha. Oficialmente se permitía denigrarlo, para absolver a la opacidad del resto. Y atenuar, en especial, las responsabilidades de Kirchner.
En el acoso de la epopeya antidevidista, La Elegida no actuaba sola. La acompañaba Alberto Fernández, el poeta justamente olvidado. Autor de los «Sonetos para una paraguaya encantadora», aún inéditos.

Puente aéreo

Aquel entusiasmo modificatorio era completado por el desplazamiento de Timerman. Desde el consulado hacia la embajada. La utilización diplomática del puente aéreo entre Nueva York y Washington. Para que Timerman supliera a Bordón (*).

Mediante la inspiración calva de Timerman, La Elegida decidía introducirse entre los cenáculos pasablemente occidentales. A través de los sectores de relativo poder de la dirigencia americano-ísraelí. Los cuales bastaban para legitimar la coquetería diferenciadora. En el amague de la apertura, para complacer a Washington, la Argentina hizo más deberes de los necesarios. Ofreció gratis hasta aquello que los norteamericanos, los que se desgastaban en Irak, por una cuestión de recato, ni siquiera se atrevían a sugerirle. La delicia de pedir la captura internacional para los iraníes selectivamente desalmados. Acusados de ser los malditos responsables del peor atentado de nuestra historia. Por un jurista contratado por «la casa», un miembro del coro estable que tuvo la audacia de producir el refrito más extraordinario de la literatura tribunalicia.

Banalidad

El proceso de occidentalización acelerada de La Elegida naufragó en las costas de la banalidad.
Pudo percibirse poco después de las derivaciones escandalosas del valijazo de Antonini. Consecuencia involuntaria de las recaudaciones de la dupla Uberti-Kirchner.
Fue cuando D’Elía, un sincero defensor del régimen iraní, el exponente más representativo de la ética (y de la estética) kirchnerista, debió salir a defender a La Elegida. A los trompazos limpios.

Desde el fondo de la trinchera, puede evaluarse que la Elegida sumergió su gobierno, en la banalidad del barro, por el fruto de dos carencias.
Primero, de inteligencia.
Segundo, y fundamental, carencia de suerte.
La impostura de la depuración antidevidista derivó en otro error de lesa ingenuidad. La Elegida compartía, aquí, la responsabilidad con el sonetista romántico. Juntos iban a precipitar el regreso, al primer plano, del desbordado Kirchner, que hoy padece severos arrebatos de desequilibrios, apenas atenuados por el Royal Salute de Chivas Regall. Precipitaron además el fortalecimiento triunfal, en medio de la debacle, del denostado De Vido, quien emergía con mayor indispensabilidad que antes. En un gobierno que agonizaba en medio de la nada, mientras se sepultaba, solo, a inconciencia pura, en el barro.

Utilización de la política

Pero también influyó, en la caída, la falta de suerte. Debe atribuirse a la acción programada por el imperio, para depositar a La Elegida en la trinchera, junto al Evo y Chávez. Sin que pueda rescatarla Lula, pese a sus abnegaciones.
A los dos días de asumir, la pobre muchacha debió convertir, aquel amague diferenciador de la campaña, en mera basura. Al denunciar, precisamente como un «operativo basura», la divulgación de los 800 mil dólares del Gordo Antonini. Falsamente destinados para su campaña electoral.
La delincuencia utilizaba otra vez a la política. Ahora para ocultar las claves de uno de los invariables negocios berreta que signan la administración. Porque Kirchner utilizaba a De Vido, o a Uberti (el que lo puenteaba a De Vido). Elementales peones del ajedrez que implantaba el Sistema Recaudatorio de Acumulación.
La política servía, groseramente, como tacho de basura argumental. Lo que menos falta hacía para la campaña, eran los glucolines. Abundaban los glucolines más que las ideas. Porque la campaña era financiada, en su mayor parte, con fondos propios, ideales para ser blanqueados. Porque el kirchnerismo lava más blanco. Aunque figuraran, como aportantes solidarios, los inescrupulosos que perfectamente podían ser asesinados.

Osiris Alonso D’Amomio
para JorgeAsísDigital

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(*) Bordón, alias El Pilo, volvería precipitadamente a Buenos aires, para disertar en los salones del Movimiento Productivo. En cuanto se quedan sin puesto, los funcionarios kirchneristas suelen entregarse a la faena de la purificación por intermedio de la crítica, al espantoso modelo de gobierno que ayudaron patrióticamente a construir. El ejemplo más alto lo brindó Lavagna. El más módico, Julito Bárbaro. El usual, el standard, lo brindó Bordón.

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