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Segundo Cobos

Alberto Fernández supo retirarse a tiempo.

Osiris Alonso DAmomio - 25 de julio 2008

Artículos Nacionales

Segundo Cobosescribe Osiris Alonso D’Amomio
Consultora Oximoron, especial
para JorgeAsísDigital

Aunque perdió, Alberto Fernández supo retirarse a tiempo. Agotado, fundido, derrotado. Pero se arrojó en el momento oportunamente justo. En medio de la caída, tan vertiginosamente abrupta como desconcertante, del kirchnerismo que ya no lo contenía.
Su partida liberadora magnifica, de pronto, ciertas virtudes, acaso imaginarias, del funcionario. Se exceden en el atributo dialoguista que lo caracterizaba. En la confrontación con los funcionarios arrebatadamente malos. Los «morenitos» que aparecen, en la estampa del Billiken contemporáneo, emblemáticamente desfavorecidos. El Alberto repentinamente brinda la imagen democrática de una apertura, generosamente institucional. Es tratado como si el Alberto fuera, en definitiva, otro Cobos.
Un segundo Cobos. El ejemplar Cobos nuestro de cada jueves.

En un par de días, después de algún otro reportaje tendenciosamente fabricado, de un merecido desplazamiento geográficamente reparador, el irreconocido poeta Alberto Fernández podrá sortear el espesor lícito de una aceptable depresión, previsiblemente pautada. Hasta habituarse a que el celular le vibre, apenas, lo normalmente necesario. Entonces no debiera extrañar que Alberto Fernández también estratégicamente desembarque, en un par de semanas, en las estructuras tácitas del ADEVIK. La Asociación de Víctimas de Kirchner. Con una alocución crítica, tal vez en los salones del Movimiento Productivo. Entre Toma, Brown, Basile y la señora Chiche.
Duhalde y Clarín aguardan, con regocijante beneplácito, los conceptos crípticamente medulares.

Esquemas de negocios

En general, cuando un político decide dar un paso al costado, es porque lo derrotaron.
Debe entonces refugiarse en la necesidad del descanso o de la reflexión. Como las mujeres abandonadas cuando notifican que les gusta «disfrutar de la soledad». Elaboraciones retóricas para legitimar la certeza del desplazamiento. La asunción, en este caso, del triunfo, por goleada, del adversario. De De Vido. Es decir, del esquema de negocios irrenunciablemente vinculado a la persistencia del poder actual. Que lo explica y legitima. Caso contrario, no se entiende nada.
Alberto Fernández pudo percibir, en su lirismo, que perdió la batalla. De manera escandalosamente gráfica. Sobre todo cuando De Vido anunciaba el festejo nacionalizador del cadáver empresarial de Aerolíneas Argentinas. Cuando registró que se hacía, exactamente, lo contrario de lo que Alberto, aquí sí, racionalmente impulsaba. La hegemonía de la responsabilidad española en la debacle. En cambio, con la pedantería estatizante, se blanqueaba la catastrófica gestión del grupo español, que nada tenía para envidiar a los desatinos que legitimaron, en su momento, la privatización. Se le anexaban densidades patrióticas a los escatológicos actos de bandidaje administrativo, para tratar, prometido, en un despacho próximo.
Sería deseable, incluso, que esta versión renovada del galtierismo económico, no contenga cláusulas secretas debajo de la mesa. Con transferencias de dinero, para decirlo en inglés, por izquierda. Pero destinado hacia las arcas enaltecedoras, absolutamente interesadas de los mercaderes casi delictivos, aunque asociados a la magnitud del Rey. Por el honor, o por el horror, de la Madre Patria, los antiguos vástagos merecen saber si don Juan Carlos, por ejemplo, queda estampado, en la estampita, patrióticamente nacionalizadora, como si fuera una especie de De Vido de España. En versión aristocrática.

El jolgorio, televisado en directo, de los adversarios, lo martirizaba, según nuestras fuentes, al poeta. Infinitamente más que la contingencia impertinente del catarro. Por lo tanto el Alberto pudo convencerse, en su soneto fatal, que, quien le ganó la partida, no fue exclusivamente De Vido. Fue el otro Rey. Kirchner.
Era Kirchner quien le desmoronaba, al poeta del verso encendidamente triste, las «ilusiones de importancia personal». Como denominaba Jauretche a semejante infantilismo. Ilusiones que brotaron, patológicamente, cuando el poeta, en su proyectado delirio, se creía que el gobierno, de La Elegida, le pertenecía. Cuando se había tomado demasiado en serio su carácter fundacional de la poética kirchnerista.
Entonces Kirchner no sólo habilitaba el paulatino esmerilamiento que le cultivaba el gobernador Das Neves. Lo vaciaba. Porque ya no lo tenía en cuenta en el rencor implícito de sus oraciones.

Mal de jueves

Inteligentemente, el Alberto decidió arrojarse del colectivo sin rumbo del kirchnerismo.
Con la consolidación expresiva de De Vido y de Jaime, ya no le quedaba al poeta otra alternativa que arrojarse en movimiento, pero con cierta dignidad. Hasta hoy, viernes, la estampida le salió bien.
Como el pescador de «El Viejo y el mar», la novela categórica de Hemingway, el Alberto se había alejado excesivamente. Costaba, en adelante, el regreso a la playa.
Ya estaba convertido, para el matrimonio, en un segundo Cobos.
Ocurre que los jueves, para los Kirchner, amenazan con ser fatídicos.
En una semana, precisamente en la extensión de dos jueves, La Elegida perdía, en la carrera, primero, la confianza hacia el navegante institucionalmente principal, el vicepresidente Cobos. Y segundo, lo decepcionaba el Alberto. El Primer Ministro en versión trucha. Con quien La Elegida había planificado, en la plenitud simultánea del desconocimiento, un gobierno exactamente opuesto al actual.
En medio de tantas pérdidas, no se le podía exigir a La Elegida que arrojara, también, al marido Jefe, por la ventana. Faltan, en todo caso, unos cuantos jueves por delante para decidirlo. Sobre todo si aspira, levemente, a iniciar la faena de la gobernación.

Irrupción del vendedor callejero

Massa irrumpe con la fresca retórica del vendedor callejero. Con la jovial obligación energética de cargarse al hombro la pesadumbre del gobierno malditamente desquiciado. Acotado, incluso, por los peores vaticinios que dispersan, confidencialmente, sus propios integrantes.
Brota, con su saludable desparpajo, el chico Massa. La tercera opción fue la vencida.
La primera alternativa fue la que el Alberto, con la frontal capitulación, salió a obstruir. La jefatura de gabinete para el propio De Vido. El simbólico Vencedor. Mediáticamente, De Vido ejercitó la humillación de llevarse, al chico del Tigre, al vendedor callejero, después del juramento. A los efectos de protagonizar la conferencia de prensa, explicativa del proyecto galtierista para Aerolíneas Argentinas. Lanzado hacia el malecón del Parlamento.
Con su partida, el Alberto se lo quiso llevar puesto también a De Vido. Pero se puso, tan sólo, El.

La segunda opción, según nuestras fuentes, era el gobernador Capitanich. Junto con Scioli y las finanzas destartaladas del país, el montenegrino Capitanich fue el más perjudicado por los desatinos seriales del conflicto agropecuario.
Capitanich percibió que la legislatura chaqueña, de ningún modo, le iba a autorizar la licencia. Ni siquiera, como le suplicaba aquel jueves La Elegida, por tres meses.
Conste que en la Argentina nadie se arriesga al salto al vacío de ninguna renuncia.
Sólo al rebotar con Capitanich, La Elegida recurrió a la astucia de Massa. Probablemente porque La Elegida aún desconocía que Massa, a esa altura, se encontraba rigurosamente crítico con el camino de perdición que había tomado su gobierno. Que admiraba, hasta la exaltación, la actitud valientemente institucional de Cobos. Y que entonces Massa estimulaba los idénticos veredictos sombríos que mantienen, acerca del destino incierto del gobierno, los propios funcionarios. Los que lo abrazaban, fervorosamente, en el juramento.

Osiris Alonso D’Amomio
para JorgeAsísDigital

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