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La Renuncia

Un Kirchner brotado. Herido de guerra absurda.

Osiris Alonso DAmomio - 18 de julio 2008

Artículos Nacionales

La renunciaescribe Osiris Alonso D’Amomio
Consultora Oximoron, especial
para JorgeAsísDigital

«Cristina, nos vamos, renunciá. Esta gente a nosotros no nos entiende. No se merece la revolución que les proponemos».
Las Gargantas confirman sentencias similares. Magnifican la desolación del estado de ánimo.
Desbordado. Brotado. Furiosamente depresivo. En la lona moral.
Kirchner se encargaba, en la tarde del jueves, de dispersar la decisión de la renuncia.
Con la que no había podido convencer, en la patética mañana, a su mujer.
La Elegida parecía, según nuestras fuentes, hasta más aliviada. Podía afirmarse incluso que, en la Casa de Gobierno, se la veía radiantemente feliz. Liberada de un cargamento denso.
Como si se le abriera, de repente, la generosidad de las perspectivas.
Menos que en renunciar, como le insistía el esposo angustiado, La Elegida debía pensar, criteriosamente, en su gobierno. En el cambio sustancial del gabinete, que se avecina.
En sacarlo, para empezar, al gastado Alberto. Que se quedó sin glóbulos rojos. Ni blancos.
Para ponerlo, en su lugar, según nuestras fuentes, al Eriquito Calcagno.
«Marche otro Lousteau».

Orson Welles

Pero Kirchner desparramaba, desde Olivos, que se iban. Basta, ingratos.
Al trascender, en el circuito elitista de la información, se combinaban los efectos ambiguos de la conmoción y de la incredulidad.
Conste que, en caso de abandonar las tutelas de las cajas, el destino más viable, para Kirchner, lo representa el riesgo, casi compulsivo, del encierro.
Una de dos. O se estaba ante las tribulaciones del estadista insensatamente desesperado, que pretendía rescatar, del infierno gestionarlo, a su mujer. O había que rendirse definitivamente ante el talento del actor más sofisticado. Como si Kirchner fuera una especie patagónica de Orson Welles que generaba, a partir de los enternecedores pucheritos, y deplorables lamentaciones, la reacción programada.
Manifestaciones efusivas de lealtad, del arco global. Pero, sobre todo, previsiblemente populares. Expresiones afectuosas hacia los líderes conyugales. Los que fueron ensuciados por el estigma parlamentario de la traición.
Se asistía, en el fondo, al epílogo del gobierno que implacablemente se desmoronaba. A la gestación de otro serial 17 de Octubre. Pero de entrecasa. Reducido por los jíbaros de la racionalidad.

Cuesta abajo

Telefónicamente, en su cuesta abajo, Kirchner transmitió la «melodía de arrabal».
La decisión de la renuncia, según nuestras fuentes, transmitida a dos reconocidos dirigentes sociales. A los leales probados. Pérsico y De Petris.
Cultores de la eficacia decadente de la movilización. Gestores de la cultura numeraria del piqueterismo.
Pero Zannini, según Gargantas, el otro instrumentador real, le hizo caso técnico al delirio.
Zannini obedeció, en su encuadramiento ideológico, la instrucción de Kirchner. Preparó nomás el texto doliente con la renuncia. El que La Elegida, felizmente, nunca va a firmar.
Hay quienes hablan, incluso, de la encargada existencia de un decreto respectivo.
El solemne dramatismo también atormentaba al señor Icazuriaga, el jefe nominal de la Secretaria de Inteligencia.
La capitulación, a esa altura de la tarde, se comentaba en cualquier pasillo.
«Todo se terminó», se decían, telefónicamente, los intendentes, en sigilosa búsqueda de reposicionamiento.

Aire y Sol

Fue Scioli quien se apresuró, según nuestras fuentes, a transmitirle el aliento principal a La Elegida:
«No hay que aflojar, Cristina», le dijo Scioli. «Estamos todos con vos, te vamos a ayudar».
Tal vez, Scioli presentía acertadamente que, si La Elegida renunciaba, podía llevárselo puesto, también, arrastrado, a El.
Probablemente Scioli reiteró, enfático, desde el celular, el alicaído recetario de «la fe, la esperanza, siempre para adelante». En el marco del Estado Social Activo.
En esta instancia, Scioli debiera sorprender a los Kirchner. Por los efectos inmerecidos de la lealtad casi obligada.
El líder de la Línea Aire y Sol fue, junto a Capitanich, el más perjudicado por la estrategia suicidaria de la confrontación. Conste que Kirchner recurrió, justamente a Scioli, hasta para que le pusiera el rostro, y las deshilvanadas palabras, en el acto más horrible de la civilización kirchnerista en extinción. El del martes. Que concluyó, oficialmente, con una descompensación arterial de Kirchner.
Una manera, elegantemente retórica, de ocultar las morosidades del habitual rebrote sicótico.

La amargura espiritual de Kirchner podrá apaciguarse, al fin y al cabo, con los programados 17 de Octubre, en versión precaria, que se avecinan.
Con las producciones sistemáticas de «cobofobia».
El amorosismo de los seguidores podrá mediáticamente evitar, por el momento, junto a la cobofobia, que en su condición de Jefe Político, Kirchner le imponga, a La Elegida, la idea de la renuncia. «Porque este país de ingratos no entiende, ni se merece, la revolución que propone el kirchnerismo».

Osiris Alonso D’Amomio
para JorgeAsísDigital

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