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Ibsen y las retenciones

Enemigos del Pueblo

Carolina Mantegari - 20 de junio 2008

El Asís cultural

Ibsen y las retencionesEn adelante, la problemática ibseniana se apodera del Congreso.
Henrik Ibsen es aquel dramaturgo noruego del Diecinueve. Fondeador de las llamadas «situaciones límite». Con relativamente afortunadas «obras de tesis», que hostigaron bastantes décadas de rescatable literatura.
Ibsen solía elevar las situaciones agotadas por el teleteatro. Hasta alcanzar el extremo perjudicial del moralismo. Alucinación que hoy encarna, con menor suerte, la doctora Carrió.
Las tomas, intensamente decadentes, de conciencia moral, admitían los debates encendidos acerca del destino del hombre. Y de otras circunstancias tan ajenas a la Caja que hoy, para ser sensatos, ya no merecen un tratamiento de quincho de Ámbito Financiero.
Donde mejor puede captarse el maniqueismo dramático de Ibsen es en «El enemigo del Pueblo». Trátase de la pieza clásicamente eterna que aquí supo dirigir Sergio Renan, con incierto rigor artesanal.
Alude a la historia del doctor Stockman, un científico de una ciudad balnearia, que emerge, de manera indirecta, como un antecedente escandinavo de la doctora Carrió.
Un profesional, un visionario de la ecología que descubre, de pronto, que en las aguas del pueblo se instalaron los gérmenes de una peste espantosa, que sus habitantes ocultan.
Si el personaje denuncia la existencia de la peste, ocurre el previsible quebranto del circuito comercial, que componen sus familiares y amigos. Los suyos, los que afectivamente lo contienen. Pero que aguardan la temporada para salvarse. Cual si fueran hoteleros gallegos de Mar del Plata, perduran gracias a los visitantes.
Si el personaje se hace el noruego burro, y omite denunciar la peste, se morirán, en cambio, los turistas. Los desenfadados que se vienen en hojotas, preparados espiritualmente para desenchufarse en el infierno que los espera. Pero con el ropaje del paraíso.

Conciencias

La semana próxima, en un temprano siglo Veintiuno, la problemática ibseniana del Diecinueve estará latente en el Congreso escandinavo de Buenos Aires. En la conciencia moral de cada legislador, que debe someter la estrategia, existencialmente política, en otra «obra de tesis».
Sobre todo para los diputados y senadores que procedan de las geografías discutiblemente paradisíacas. Las que prosperan a través del recurso, naturalmente inmerecido, del campo. Del país que presenta sus riquezas como si fueran obstáculos para la convivencia (anotarla, es una tesis nada descartable, para inspirar el ensayo dominguero de cualquier Ibsen vocacional que intente hacerse el profundo).
El dilema de los legisladores es, sin embargo, antagónicamente similar al del doctor Stockman. Porque aquí, el legislador se convierte en El Enemigo del Pueblo al matar a los suyos. Sobre todo si no denuncia la declamada peste de las retenciones móviles. Las que adquieren una fuerza dramáticamente moral.
En cambio, si el legislador las acepta, si no se opone a ellas, es porque accede a las súplicas reclamatorias del poder que los encuadra. Y al que deben lealtad.
Desde el purgatorio de la eternidad, Ibsen puede sentirse conforme con la inesperada vigencia.
El legislador encuadrado puede aceptar las retenciones apestadas. A los efectos de mostrarse valientemente leal al poder. A pesar de los chacareros, apretadores de conciencias, que les conocen la culpa explotable del origen (otra tesis, la del origen como una culpa, anotar). Los que le brindan, con el sufragio, la legitimidad, que les permite estar sentados en la banca.
En cierto modo, la dinámica parlamentaria puede superar la rigidez conceptual del maniqueismo de Ibsen. Porque los legisladores disponen de recursos intermedios que nunca se le permitieron al doctor Stockman. Como la gestación empastelada del empate consensual. Una chirle reciprocidad en materia de concesiones, que puede permitir, por ejemplo, que por la peste, en todo caso, sólo se mueran la mitad de los perjudicados. Y que los mercaderes se conformen con recaudar la mitad de lo esperado.
De todos modos, aún faltan demasiados cuadros dramáticos para que se baje, despaciosamente, el telón.

Carolina Mantegari
para JorgeAsísDigital

permitida la reproducción, sin citación de fuente.

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