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Tristán Vuelve

Con el nuevo opus, Martiniano Picca Benedictini, el Pensador de La Toscana, completa la tetralogía.

Serenella Cottani - 1 de abril 2008

Artículos Nacionales

Tristán VuelveRIO GALLEGOS (de nuestra corresponsal permanente, Serenella Cottani).- «Esto, con Tristán, no pasaba», sostiene el ensayista Martiniano Picca Benedictini. Estrella filosófica del Portal, pensador oriundo de La Toscana y afincado desde 1969 en la provincia de Buenos Aires. Picca presenta, secretamente, en comidas selectivamente memorables, «Tristán Vuelve», su último opus.
Inspirado por su pasión por el conocimiento, Picca llegó a Río Gallegos con intenciones de entrevistar a Juampi Campillo, el actual ministro de Economía, y el hombre que más sabe sobre el misterioso recorrido de los fondos desaparecidos de Santa Cruz. Arribó además a esta ciudad para empaparse sobre los orígenes de «semejante Monstruo». Como suele llamar a Tristán, su personaje favorito. Al que le atribuye, a propósito, la acumulación más extraordinaria de poder que se haya registrado en la historia argentina.
De ser aquel abogadito indemne, lejanamente usurero de los setenta, el objeto del opus, Tristán, pasó a amasar una fortuna inimaginable.
Un canuto que Picca lo calcula, sin graves riesgos de equivocación, en 30 mil millones de dólares.
Lejos de anotarse en las vulgaridades irrisorias de los vueltos, Tristán -para el abordaje intelectual de Picca-, se lanzó, consagratoriamente, a la gestación estratégica de los negocios estructurales. De manera que Tristán mantiene, en su bolsa insaciable, una colección entera de zonas petrolíferas, una caravana inusitada de bancos con sus multiplicadas sucursales, una infinidad de constructoras. Y hasta se aseguró, como punto de partida, el control del número indeterminado de casinos que pueblan la república, con las decenas de miles de máquinas tragamonedas, que le generan una recaudación cotidianamente millonaria que no podrá, de ningún modo, ser objeto de retenciones, ni móviles ni paralizadas.
Según el polémico Pensador de La Toscana, Tristán superó, ignominiosamente, al Sultán. Al que dejó a la altura de un oportunista de tumulto, y «lo envió a la B». Y hasta humilló espantosamente al Cabezón, para reducirlo en la condición «de simple quinielero de barrio», en eterna zona de promoción.
No obstante, el poderío, de semejante magnitud, generó, en Tristán, para Picca, una ostensible tendencia hacia la locura. Una patología que sólo parcialmente Picca aborda en su nuevo opus.
A través de «Tristán vuelve», el Pensador de La Toscana complementa, de manera altamente inquietante, la aseveración que signa el comienzo de esta crónica. Una sentencia: «Esto, con Tristán, no pasaba».

Para Picca, «esto» no pasaba porque, en su locura, es precisamente Tristán quien arma «esto».
Significa que, para el estudioso, se asiste a la perversidad de la autodestrucción. Un efecto secundario de la patológicamente impenetrable interna conyugal, donde se conjuga la pasión por la absorción, la anulación y la competencia.
«Ella jorobó que quería ser Presidente, reclamaba que le correspondía porque era su turno en la sociedad. ¿Para esto quería ser Presidente? En cien días, La Tristana se estrelló. Chocó la calesita. Se puso el país de sombrero».
Para Picca, cuando La Tristana acentúa las recursivas cuestiones del género femenino, a los efectos de plantear sus dificultades para gobernar, ella abandona la placidez del plano genérico. A su juicio elaborado, el exclusivo destinatario del reproche es Tristán. El Monstruo que no la deja gobernar. Porque es Tristán, exactamente, el máximo obstáculo que tiene La Tristana, para gobernar. Porque se le instala a dos cuadras y les dicta por teléfono las instrucciones a los cuadros que sólo deberían reportarse a ella.

El Monstruo

A criterio del estudioso, Tristán es el principal enemigo de La Tristana. Y ella lo sabe, aunque recíprocamente se obsequien públicas reverencias.
Picca plantea, en «Tristán Vuelve», que era previsible que el Monstruo fulminara a La Tristana. Pero confiesa, en un rapto de larvada autocrítica, que no esperaba que el Monstruo decidiera aniquilarla con tanta premura. Suponía que podía dejarla con la ficción de gobernar un poco más. Hasta legitimarse, al menos, en la jefatura de la corporación del peronismo.
«Cuesta entonces ver años por delante», confirma enigmáticamente Picca, en la osadía noctámbula del bar del Costa Hotel.
«Sólo percibo meses, a lo sumo La Tristana podrá arañar algún año», agrega Picca, mientras se confunde en otras impresiones elitistas, con interlocutores que la cronista no debe identificar, en lenguaje cifrado, excluyente y para muy pocos. Perlas desgranadas entre el asombro del sábado a la noche, en una ciudad donde los interlocutores presentes no pueden ejercitar el lujo del asombro. Porque, por ser de Río Gallegos, y disponer de la totalidad de la información, los interlocutores contienen el asombro definitivamente despojado.

El sonetista

Picca alcanza, en «Tristán Vuelve», el paroxismo reflexivo. Sobre todo cuando enuncia que el Monstruo, con la complicidad del trío que conforman Julito De Vido, el Rudy Ulloa y Moreno, induce el desmoronamiento paulatino del sonetista Alberto Fernández.
Esgrime Picca que el Alberto suele encargarse de propagar la interpretación más ingenuamente favorable respecto a su persona. A los efectos de mantener cautivada a La Paraguaya. Una dama que, según el Pensador de La Toscana, merece ser objeto de estudio en un próximo opus.
La interpretación que propaga El Sonetista sindica, según Picca, al Sonetista, como el baluarte indispensable de la gestión. Sugiere que El Sonetista supone que, sin El Sonetista, el gobierno se cae.
Por lo tanto, al agrandarse excesivamente El Sonetista, fue el Monstruo quien promovió el protagonismo instrumental del comodín D’Elía. A los efectos de dejarlos, a ambos, pegados. Al Sonetista, en primer lugar, y sobre todo a La Tristana.
Con idénticos lineamientos, Picca asocia a otra «genialidad para el mal» del Monstruo las sucesivas convocatorias para las equivocaciones masivas de la Plaza de Mayo. Con el objetivo de movilizar a los adeptos que deben espantar, para siempre, a la clase media de las grandes ciudades, cuestión de dejarla a La Tristana mal adherida, identificada con los vectores menos presentables de la sociedad.

Tetralogía

En «Tristán vuelve», Picca completa la anunciada tetralogía y asume la plenitud de su método expresivo. Insiste con los parámetros anticipados en el inicial opus «Ladris, testas y canutos». Intensificado con la continuación superadora del opus «Proezas de Tristán». Y hasta, acaso, con «Copulaciones tardías», el incunable opus que el ensayista de La Toscana aún mantiene inédito. Es donde Picca enuncia que el fracaso argentino se origina en la inexperiencia para la copulación. Porque, desde 1983 hasta hoy, el 90 por ciento de los funcionarios de relevancia, de la restauración democrática, comenzaron a copular demasiado tarde.
En «Tristán vuelve», Picca certifica que la única alternativa de gobernabilidad en la Argentina reside en el regreso del Monstruo. Aunque Tristán se encuentre, en su exabrupto teórico, clínicamente afectado por las extravagancias de la lucidez. Tan loco como lo estaba, señala, el Alfonso de 1987. Con el poder acumulado pero, infortunadamente en caso del Alfonso, sin una moneda.
«El pobre Alfonso pasó a la historia por decir La Casa está en orden. Tristán lo supera con la acción. Es la Caja la que está en orden».
Desgrana Picca, antes de irse a dormir, otra perla del final. Insiste en que «La Tristana está más pintada de lo que estaba la señora Isabel». Y agrega: «El Monstruo vuelve con todo, el país está hecho para él».
Entre vísperas de bostezos no vacila en calificar a Macri de Joven K, aunque Guelar sostenga que va a ser el próximo presidente.
En cambio, cuando al Pensador de La Toscana se le pregunta por Scioli, toma la requisitoria como una falta de respeto.
Sostiene, ya casi por treparse en el ascensor, que la señora Carrió, a la que llama sin mayor originalidad La Gorda, es la aliada que Moisés Ikonicoff necesita y se merece. A su criterio, La Gorda está destinada para conmover, con su dramatismo intelectual, a la afición televisiva. Pero con la condición excluyente de no tomarla nunca en serio. Y nos amonesta por requerirlo sobre los intrascendentes actores de reparto. «Olvidate, Nena, sólo queda Tristán, El Monstruo, y se acabó».

Serenella Cottani
para JorgeAsisDigital

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