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Vallenatos

Junto a Reyes, murió Julián Conrado, El Guerrillero-Cantor, ídolo de las FARC.

Carolina Mantegari - 10 de marzo 2008

El Asís cultural

Vallenatosescribe Carolina Mantegari
Editora del JorgeAsisDigital
y de «Oximoron, el Blog»

Entre los 17 guerrilleros de las FARC, que fueron ajusticiados en el campamento del Putumayo (provincia de Sucumbíos, Ecuador), figuran dos muertos que son, para la formación armada, tan gravitantes, al menos, como Raúl Reyes. Sin embargo Reyes, El Canciller, emerge, ante la distracción del mundo, como el muerto más relevante de la carnicería. Por su condición de número 2. De un colectivo en retroceso, las FARC. Formación que mantiene, agonizantemente oculto, acaso, al suegro de Reyes. O sea, a Marulanda, el 1. En la guerrilla -como en el kirchnerismo- todo queda entre las fronteras de la familia.
Por la fervorosa pasión del desconocimiento, la prensa internacional omite, en general, que Reyes, aunque en versión revolucionaria, era yerno del septuagenario Manuel Marulanda Vélez.El temible Tirofijo, obsesionado más por el índice del colesterol que por la irreparable dictadura del proletariado. Porque Reyes se encontraba enredado con Olga Marín, la hija -obviamente guerrillera- de Tirofijo.
Por si no bastara, la señora Olga Marín, también fue ajusticiada en aquel costado del Putumayo. Bajo la caudalosa balacera del «uribismo». Por tropas consolidadas, como refiere el colega Osiris Alonso D’Amomio, por una inteligencia de última generación. La cual no debiera facturarse, necesariamente, al Comando Sur.
Por otra parte, aunque aún algunos lo desmientan, se registró, según fuentes, otra muerte sensiblemente simbólica. Y que acaso supere, en simbolismo revolucionario, las muertes de la dupla conyugal Reyes-Marín.
Porque fue ajusticiado también Enrique Torres Cueter. Conocido, entre la militancia, como Julián Conrado. El artista popular que asumió el compromiso combatiente hasta las últimas consecuencias. Como ofrendar, cotidianamente, la vida. A los efectos residuales de eternizarse como objeto inspirador de versos previsibles de otros poetas. Los cuales no ponen, en general, el cuerpo.

El Guerrillero Cantor

Julián Conrado, 53 años. El Cantor de las FARC. Calificado como El guerrillero cantor. Ídolo inexorable de la insurgencia que entonaba, para el esparcimiento selvático de los combatientes, la cordialidad pegadiza de los vallenatos.
Un género, el vallenato, destinado a ponerse de moda entre los melancólicos exponentes de la izquierda latinoamericana. Aún en la versión inofensivamente progresista. Procede de Valledupar. De la parte macondiana de Colombia, que sirviera de escenario a la prosa costumbrista de García Márquez.
Según apocados musicólogos de Padilla, el ritmo vallenato hace bailar, incluso, hasta a los muertos. Circunstancia improbable. Llama la atención, incluso, que el narrador argentino Washington Cucurto, en la provocación rescatable de su narrativa, frecuente, al vallenato, con menor intensidad que a la cumbia.
Ritmo cordial de picnic disipado. Suele conseguirse a través de la percusión combinada de la Caja y la Guacharaca. Con el europeísmo agregado del «acordeón diatónico».
Entre los aires musicales del vallenato figura el merengue. Melosidad subyugante que suele fascinar al presidente Chávez. Hasta atreverse a entonarlos, al mejor estilo González Oro, en la plenitud integral de sus papelones. Como el viernes, en Santo Domingo, ante los colegas presidentes. Irresponsablemente transmitido, en directo, por la CNN.
En aquel entrevero «diatónico», a propósito, nuestra articulada Cristina Kirchner creyó descubrir la filosofía hegeliana de la pólvora. Al desarrollar, con sobreactuaciones terminales de género, el concepto de la unilateralidad. Resulta conveniente, entonces, cambiar de aire de este vallenato. Cambiar el merengue, por ejemplo, por el son. O por el «paseo». Aunque lo cante un González Oro.
Lo importante es que Julián Conrado, con el epílogo del vallenato de su peripecia guerrillera, pudo cristalizar el proyecto de cualquier artista comprometido con la alucinación revolucionaria.
Que lo tomen, con el emblema del fusil y su guitarra, en serio. En carácter de ideólogo, valientemente capacitado para la sangre fría de la acción.
Conste que los norteamericanos ofrecieron, por informaciones que pudieran originar su captura, dos millones y medio de dólares.
Al cierre del merengue de esta crónica, se desconoce si en la cartelizada «Constructora Madres de Playa de Mayo», ya tomaron conocimiento de la muerte del guerrillero de excepción. Aunque tal vez la organización se encuentra abocada, apenas, a la faena neoliberal de la facturación recaudatoria.
En todo caso, al leer el «merengue», conjuntamente con los otros aventureros de las organizaciones sociales -y políticas-, que marcharon hacia la embajada de Colombia, tendrían que programar, en lo inmediato, un festival solidario en homenaje a Julián Conrado, el Guerrillero Cantor. Para promover el desfile de los titánicos sexagenarios del coro estable. Los mojadores de medialunas musicales que, sin poner jamás un solo huevo, se las ingeniaron para hegemonizar el merengue decadente de la protesta.

Minutos de gloria

La obra de Julián Conrado conforma 15 CDs con vallenatos estéticamente comprometidos.
Destacaba, entre sus preferidos, «Arando la Paz». Lo compuso Conrado para celebrar al máximo líder, Manuel Marulanda Vélez. El artista pudo contener sus minutos de gloria universal en el principio del nuevo siglo, cuando ofreció un concierto en San Vicente de Caguán. Antes que comenzaran las deliberaciones de paz, entre Marulanda Vélez y el Presidente Pastrana, el antecesor de Uribe con inferior grado de suerte. Tiempos dicharacheros en los que Pastrana adhería a la ilusión del diálogo con las FARC. Para conquistar el espejismo de la paz. Pero un lustro más tarde Uribe se dispone, racionalmente, a aniquilarlos. Y es exactamente al tomar, en el alto mando de las FARC, conciencia de la aniquilación, cuando comienza a intensificarse el merengue humanitario de las liberaciones. Pero es tema del área geopolítica, del colega Osiris.
Para esta crónica del Asís Cultural basta con evocar la noche del Putumayo. Provincia de Sucumbíos. Ecuador. Cuando Julián Conrado, el Guerrillero Cantor, no tuvo tiempo siquiera para recitarle, a los matadores, sus versos de referencia:
«Soldados, abran los ojos/ que están cayendo sus mismos hermanos».

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Idealizaciones

Pese al maniqueísmo de los códigos, y el soberbio analfabetismo conceptual, la izquierda en ebullición del subcontinente no debiera perderse la posibilidad de idealizar, post mortem, a Julián Conrado, El Guerrillero Cantor.
Como supo idealizar, en su oportunidad, a aquel chileno nostálgico, Victor Jara. Al que se celebró como si fuera Federico García Lorca.
Jara fue un artista comprometido del montón. Inadvertido, en vida, en aquellos setenta que persisten en las memorias de los obsesivos. Los que ajustan cuentas interminables con los pasados.
Victor Jara, el autor de «Amanda», fue masacrado, en «la calle mojada», por la insensible estética de las fuerzas de Pinochet. Las que construían, violentamente, su derrota estratégica.
Pero nadie debería disponer forzadas simetrías entre un democrático Uribe y un factuoso Pinochet. Los aproximan, tan sólo, la caracterología idealizable de las víctimas.

Carolina Mantegari
Consultora Oximoron,
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