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En la bolsa

ESMERILAMIENTOS (II): El Cesarismo Conyugal tiene superpoderes cotidianos.

Osiris Alonso DAmomio - 28 de noviembre 2007

Artículos Nacionales

En la bolsapor Osiris Alonso D’Amomio,
informe de Consultora Oximoron, especial
para JorgeAsisDigital

El miserable 55 por ciento cometió el error, ciertamente pecaminoso, de rechazarlos. Decidió resistirse a la hegemonía del Cesarismo Conyugal.
En adelante, los resistentes tienen que someterse, pasivamente, a los rigores de la impotencia. Y adherir a la teoría duhaldista de la espera. O aferrarse, en todo caso, como alternativa estratégica, al culto de la resignación. Hasta que se produzca, en la primera de cambio, el estallido del esquema cesarista. Por implosión.

Ocurre que le cuesta, a la desparramada legión de opositores, asimilar la idea de la dominación.
Por lo tanto, es entendible que los opositores, los culturalmente más radicalizados, se inclinen ante la colección racional de insolvencias estructurales. Y conserven esperanzas en la capacidad de daño de los obstáculos. O simplemente en la incapacidad del oficialismo para superar los problemas que inexorablemente van a conjurarse.
Por ejemplo, abundan los opositores culturales que confían, en demasía, en el accionar, casi pre-revolucionario, de la inflación. O dirigen el optimismo hacia el sinceramiento de las tarifas de servicios, inconteniblemente subsidiados. O ante el colapso, largamente vaticinado, de la estimulante crisis energética. La impotencia ayuda a confiar en la plausible rebelión de los enchufes.

Otros, aún menos atinados, confían en la extendida especulación, que alude a las eventuales diferencias de criterio. A las desavenencias probables, que puedan surgir entre los protagonistas conyugales del vigente cesarismo regresivo.
Cuesta asimilar, en el fondo, que la dupla, precariamente dinástica, conforma, sobre todo, una sociedad políticamente indisoluble.

Bolsa tibia

El oficialismo propone, en definitiva, como modelo, una bolsa tibia, inabarcable. Donde aún sobra el espacio para la contención.
Recíprocamente entibiados, adentro de la bolsa se mezclan los representantes de las fuerzas que en algún momento estuvieron vivas. En especial, se mezclan los empresarios y los sindicalistas. Dispuestos, mientras tanto, a dilatar el recurso del entendimiento pautado. Para los efectos de una versión setentista, debidamente fotocopiada, de aquel Pacto Social.
Cabe, además, en el interior de la bolsa, el conglomerado desorientado de los dirigentes opositores. Resultan, en general, involuntariamente funcionales, al objetivo expreso de la dominación.

Son los opositores externos de la superstición fundamentada del peronismo.
En primer término, la señora Carrió. Marcada, siempre de cerca, por los recursos orales del Alberto. Y por las jactancias de sus imposturas, antagónicamente contradictorias.
O un dirigente inquietantemente más serio, como Binner. Encuadrado en la firme estrategia, racionalmente civilizada, de no confrontar. Para gobernar, y atemperar las diferencias. Al mejor estilo Macri. Aunque Binner llega, a la asunción, sin resquebrajamientos perceptibles.
En cambio, Macri asoma cercado por el pelotón salvaje de denunciadores. Exponen la sistemática sucesión de vulnerabilidades de sus próximos ministros.
Macri, aparte, llega cercado, probablemente, por la burla máxima. Es el esmerilamiento más obsceno. Decidido, según nuestras fuentes, por Kirchner.
Consiste en la artimaña de entregarle aquello que Macri, inconcientemente, le pidió. Personalmente y, con obsesiva frecuencia, desde los medios. El manejo de la Policía.
Ya que tanto Macri lo exige, los perversos esmeriladores del oficialismo le harán caso. Le darán la responsabilidad del manejo de los miles de efectivos policiales. Como si fuera la última bala del revolver, en la ruleta rusa. Para acabar, precisamente, con Macri.

En la bolsa tibia se encuentra, por si no bastara, suficiente espacio para los funcionales opositores internos. Es decir, para los melancólicos que aún adhieren, con relativas convicciones, a la superstición fundamentada del peronismo.
Pueden agruparse, por ejemplo, a través de las aventuras proyectivas de los Rodríguez Saa. Cuando abandonan, en excursión inofensiva, el Estado Libre Asociado de San Luis. Y se anticipan, graciosamente, como en Río Cuarto.
O pueden aglutinarse, los opositores internos, a través de los tanteos anunciados, prudentes en exceso, de Duhalde. El Piloto de Tormentas despunta como el mayor teórico de la venerable espera. Un artesano, en definitiva, en la vocación de demorar.

Superpoderes

Con los superpoderes cotidianos, mientras tanto, se agigantan las dimensiones de la bolsa oficialista.
Hay que aceptar que el Cesarismo Conyugal se adueñó del escenario. Se lo conquistó, por la manifiesta incapacidad de sus pares. Por las formidables concesiones de una sociedad declinante. Por los colaboracionistas que emergen, en la intimidad, como críticos culposos.
Entonces es perfectamente comprensible que se asista a las ceremonias rituales del doble monólogo.
La garantía de la impunidad les brinda, transitoriamente, patente de corsarios. Saben utilizarla para hacer, en el fondo, lo que les plazca. Atributos, arbitrariamente especiales, de la soledad del mando.
Pueden hacer, si se les canta, dibujitos animados con los índices del Indec. O desarmar el papelón, artificialmente conspirativo, del general Montero. O apresar, gratuitamente, al diputado Patti. Y liberarlo, si se les antoja, pasado mañana. Y hasta permitirle jurar.

La línea de sucesión está asegurada. En la bolsa, no olvidarlo, también respira Cobos. El emblema del Radicalismo Kash prácticamente no registra peso que merezca un esfuerzo. El senado real, en la bolsa, queda a cargo de Pampuro. Legitimado por la intrascendencia comprobada de la lealtad.
Diputados queda, en la bolsa, para Fellner. Representa, tibiamente y adentro, la ensoñación federal, a partir del estoicismo de la dependencia.

Por lo tanto, la añorada implosión sólo persiste, para el análisis, en el territorio voluntarioso de la conjetura. De manera que el Cesarismo Conyugal puede disfrutar del país rendido, a su disposición, para lo que se le antoje.
Hasta para banalizar la ética, tenazmente institucional, de las Madres. Y transformarlas en la liviandad mercantil de una constructora, poderosamente rentable.

Por último, para consolidar la gestación del exitoso simulacro, el Cesarismo Conyugal puede brindarse el lujo, casi despótico, de explotar, hasta el hartazgo del aburrimiento, las inagotables reminiscencias del terrorismo de estado.
Después de todo, los excesos de la represión suelen complementarse. Con los excesos de la reparación.

Osiris Alonso D’Amomio
Consultora Oximoron
para JorgeAsisDigital

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