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La Elegida (I)

Epopeya admirable de una mujer golpeada.

Carolina Mantegari - 6 de julio 2007

Artículos Nacionales

laelegida.jpgpor Carolina Mantegari
especial para JorgeAsisDigital

RIO GALLEGOS

Ella, La Elegida es, aunque le cueste creerlo, una mujer golpeada.
Desconozco si El continúa con la practica, antiquísima pero deleznable, del castigo. Francamente, no creo. Seguro, eso si, a menudo debe humillarla. Pero por patológica necesidad.
Por lo tanto, Carolina, perfectamente Ella puede convertirse en victimaria, aunque sin golpear. Ejecutar los hostigamientos morales, vagamente diferentes, a los que debió, la pobre, padecer.
Ella, Carolina, por incontrolable es peligrosa. Incontenible, por momentos. Con frecuencia, le sobrevienen fuertes arrebatos de rencor. Un celo irracional, pero generalmente fundamentado, que la instiga a exigir la expulsión de cualquier dama, sea de un palco, o de un empleo.
Y mantiene una tendencia, casi natural, hacia la expresa negatividad del resentimiento. Cuando logra superarlo, La Elegida se transforma en una mujer mejor. Magnánima, le diría.

Pánico

Contiene una oscilante combinación de altivez e inseguridad.
Cóctel previsible que la instiga, Carolina, a escudarse. A protegerse con la construcción permanente del personaje ficticio. El personaje que parsimoniosamente dibuja. El personaje del que depende.
Un esfuerzo intelectualmente cotidiano, Carolina. La agota.
Puede que también le cueste aceptarlo, pero La Elegida tiene que superar su versión del pánico, más fóbico que escénico. El pánico que se apodera de ella, a veces, ante la gente. Aunque no conforme una multitud.
Con decirle que le disgusta, incluso, que hasta la miren demasiado. Algo similar le pasa a Madonna. La artista estipula, en sus contratos, que ningún operario, de los que trasladan cables y aparatos, puede siquiera mirarla de frente. Así sea con la vibración de los ojos envidiables. Miradas que denotan admiración.
Entonces La Elegida le impone, al prójimo, distancias genuinas. Dato, Carolina, sustancialmente clave, para tenerlo siempre en cuenta. Antes de diseñar la formulación de cualquier campaña.
Acá, en Gallegos, quienes la conocen, pueden asegurarle que Ella entraba, con frecuencia, en cuadros antológicos de crisis. A veces cada tres horas. De las que resurgía con una soberbia intolerable.

Puerta equivocada

Ahora, aquel morboso que intente introducirse, en materia meramente informativa, en las amarillentas aventuras eróticas, golpea la puerta equivocada.
De existir algo, si existió, porque tengo mis dudas, y no lo digo por defenderla, debió haber sido, ante todo, histéricamente desprolijo. Y lejos.
Pero siempre debería entenderse, en todo caso, como una manera directa de lastimarlo a El. Jamás como una búsqueda relajada de placer. Posiblemente, con frontales intenciones de hacer daño. De vengarse. Aunque después la castiguen, de la manera más banal.

La abuela blindada

Ella nunca se destacó, Carolina, en el esmero para atender, sin ir más lejos, a los hijos.
El varón sufrió mucho. Ocurre que La Elegida se encuentra casi incapacitada para expresar afecto. Para amar, acaso. Su prestancia dura, de mujer glacial, parece no permitírselo.
El hijo varón, un muy buen chico, solía tener, desde el principio, graves problemas de adaptación. Y por lo tanto, de conducta. Sumatoria de litigios crecientes, que más tarde neutralizó, pero con tentaciones que le costó superar.
Fue la abuela paterna, Carolina, quien los crió. A los nietos.
Una mujer invulnerable, severamente blindada, la madre de EL. A prueba de padecimientos, como tantas ponderables señoras que puede encontrar en el sur.
Ella perdió varios embarazos hasta tener lo que más ansiaba. La hija mujer, como una prolongación que debe testimoniar su triunfo.

Su jefe, Asís, sostiene, por lo que leí, que debe desconfiarse de todo aquel que carezca de amigos. Parámetro que puede aplicarse, justamente, a La Elegida.
Porque Ella nunca, Carolina, tuvo amigas que le duraran.
Porque La Elegida es, irreparablemente, generadora de conflictos.
Y si los conflictos no existen, con sus arrebatos, ella se dedica a construirlos. Los crea, los repuja. Hasta lograr, que en una sala, terminen todos enfrentados.

El Chino

Con El Chino es de los pocos que La Elegida se lleva bien.
Ambos, por portación de inteligencia, revisan los discursos. Los corrigen, a través del intercambio de correos electrónicos.
El, en realidad, instruye al Chino para que la mantenga intelectualmente ocupada.
A Ella le fascina que la consideren. Y El Chino, que a esta altura las pasó todas, mantiene la virtud de tomarla como una interlocutora lúcida. Y hasta desarrolla, en su entregado heroísmo, alguno de sus aportes, como si fueran ideas.

Seducir para someter

A La Elegida le encanta, en definitiva, seducir, pero simultáneamente castigar al seducido. Para luego, en tercera instancia, someterlo.
La estructura del sometimiento también puede interpretarse como una reparación del género. En las relaciones humanas, por el sur, el recurso del sometimiento se encuentra fuertemente vinculado con la presencia cultural de los prostíbulos. Aquí abunda una casi aceptable cultura prostibularia. Hay hombres que salen a comer y terminan, como si fuera una parte del menú, en la tristeza atractiva del prostíbulo.
Ella, por consiguiente, en cada sometimiento pareciera que se vengara. Por extrañas culpabilidades.
Aunque Ella no tenga el menor motivo para tratar, a cualquier semejante, como si fuera un ser inferior. Una caterva, que no merece cinco minutos de su calificado tiempo.

El Cuadro

La Elegida, Carolina, dice que lee mucho más de lo que verdaderamente lee.
Ni es tan culta, como la magnifican quienes equivocadamente la toman, para hacer méritos, como el mejor cuadro. Ni es portadora de una cultura de contratapas. Como sostiene su jefe, Asís. Con el objetivo injusto de minimizarla.
Lo que sí, Ella estudia minuciosamente cualquier tema exclusivo para alguna presentación. Dele tiempo, no la apuren. Sobre todo le gusta hasta ensayar las pausas. Para el calculado academicismo que practica, preferiblemente, en París, o en Nueva York.
No le pida nunca, Carolina, que practique las pausas para la Universidad de Lomas de Zamora. O de La Matanza. Aunque, si usted lo escribe, le aseguro que va a ir. A pausear, como si fuera el presidente Sanguinetti, pero acariciándose, gestualmente, el pelo.
Pero si de pronto, por ejemplo, le hacen una pregunta, que pueda desarmar su discurso memorizado, la descolocan. Se incomoda. Se pone repentinamente agresiva.
Como si le costara conciliar, pese a sus progresos y proyecciones, la violencia interior que la desborda.

Fragilidad

Entonces el carácter, temperamentalmente fuerte, se transforma, Carolina, en su principal fragilidad.
Desbordarla, es decir, sacarla de los bordes que la contienen, es, para los especialistas, un juego infantil. Con decirle que si trasciende este testimonio, para colmo en la antesala del feriado largo, se le asegura un arrebato de cólera.
Por lo tanto, por su fragilidad superlativa, en sus presentaciones, minuciosamente programadas, de campaña, deben evitarle, a La Elegida, la irrupción de cualquier imprevisto.

La meticulosidad, tan calculada, tiene que ver con el culto de sus formas.
Ella pasa horas frente al espejo. Tal vez pasa, algunos días, más horas en el baño, frente al universo del espejo, que en la cama.
Nadie, en ocasiones ni siquiera El, puede verla, a La Elegida, sin la producción del maquillaje. Ante el espejo donde dibuja, con intolerable paciencia, su personaje.
Aparte, Ella habla muy fuerte, en un tono ordinariamente alto. Es ruidosa.
Suele burlarse, Carolina, de aquel que le teme.
Nada deja, La Elegida, librado al azar.

Obsesiones

Cuando supera su afán por la indolencia, Ella muestra una extraordinaria capacidad de trabajo.
Es una obsesiva del perfeccionismo. Y una obsesiva múltiple, por desconfiada, como ninguna.
Cuesta entonces, por su frialdad, encontrar alguien que sienta algo de placer por trabajar con La Elegida. Pero ahora le van a sobrar voluntarios, predispuestos al sometimiento de cualquier arbitrariedad.
Su secretario privado, incluso, le renunció varias veces. Pero vuelve. Ella sabe cual es, precisamente, la sutil debilidad del secretario. Porque siempre, con la cabeza en el piso, el chico vuelve, al pie. Para acumular orgánicas humillaciones, hasta que ni pesen.

Pero las características, que parecen defectos, Carolina, La Elegida supo transformarlas, con astucia, en virtudes.
Para llegar tan alto, se ve, al fin y al cabo, que las características le sirvieron.
No es sólo suerte. Tampoco es sólo la cuñada, otra mujer blindada que se preocupa, anticipadamente, por el próximo comportamiento, cuando La Elegida se ubique del otro lado. Y se distancie aún más. Y ya nadie pueda golpearla, tampoco humillarla.
Cuando se instale, sin ir más lejos, en el lugar del mármol. En el pináculo del Poder, donde va a ser más complejo contenerla.
A lo mejor, quien le dice, La Elegida nos sorprende. Y despliega, porque le brotan, atributos potenciales. Los que mantiene, aún, ocultos. Al acecho de la irrupción de la oportunidad.
Pero la verdad, Carolina, los sureños que conocemos a La Elegida, los blindados que no le dispensamos la menor envidia, estamos bastante perplejos. Inmovilizados, le diría, como la cuñada, ante la incertidumbre.

desgrabación de Carolina Mantegari
especial para JorgeAsisDigital

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